Las mil máscaras de la asesina Ana Julia

El máximo dolor expresado con lágrimas durante el juicio y la indiferencia en la lectura del veredicto se combinan con el rostro serio y calmado de los días de búsqueda

Las mil máscaras de la asesina Ana Julia
Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Cuando se lee el veredicto del jurado popular, Ana Julia Quezada, asesina del niño Gabriel, ya no llora. Tiene un rictus de hartazgo en la boca, los dedos cruzados entre los muslos, la mirada activa entre la carpeta fucsia de su abogada y la mesa de los jueces y los jurados. Vestida con el pantalón roto en la rodilla y chaqueta vaquera, mira al techo, sacude sin fuerza el cabello, tan alisado como el primer día. Esa es su máscara actual, la de la lectura del veredicto. No se inmuta en cada una de las sentencias de «culpable» del jurado. Máxima frialdad.

El rostro del primer día

Ensayado y doliente para una actuación de dolor desgarrado

Dista de otros rostros de Quezada. El mejor ensayado fue el del primer día del juicio, el 9 de septiembre, el de las disculpas, el del arrepentimiento, el de jugar todo a la carta de la casualidad para ganarse el beneficio de la duda de los miembros del jurado popular. Aquella actuación de la que se habló hasta el hartazgo. Hubo lágrimas y voz desgarrada. También la mirada fija a cámara. Sus pupilas cazaban cada movimiento de la lente. El cuerpo se preparaba para saltar cuando fuera enfocada. Dejaba que las lágrimas corrieran por la mejilla. No las atajaba en el lagrimal. Más bien en las mejillas, con el anverso de la mano, con los dedos o con el pañuelo blanco. Breves erupciones del pecho, que hacían énfasis en el «no quería hacerle daño al niño». Cierta desesperación en su tono. El rostro, como una actriz, no se cubría. Se mostraba.

El último día del juicio

Vestimenta menos agresiva, llanto y sin maquillaje

La máscara del dolor la repitió el último día del juicio. Tenía una vestimenta menos agresiva. Sin maquillaje. Repitió el llanto. Lo secaba otra vez por debajo del pómulo. Pero su testimonio revestido de tristeza y estupor no convenció. Como tampoco despistó el disfraz de los días de la búsqueda del niño Gabriel, cuando sembraba pistas falsas y consolaba al padre, su entonces pareja, mirando de reojo a las cámaras. Entonces con gafas y otro peinado. El rostro no era de completo de dolor. Una mueca de represión, no se sabe si de una sonrisa, o de una frase. Algo que no salía. Pero no era llanto, según se comparan sus caras al verla actuar de plañidera en el tribunal. Más bien de seriedad. Se jugaba la absolución en este papel.

Búsqueda de Gabriel

Del antifaz de la calma durante la búsqueda al desdén cuando oyó el veredicto del jurado

Ese rostro calmoso era la máscara para las declaraciones a la prensa en los días de marzo cuando se buscaba a Gabriel. Otro antifaz. Detrás del disfraz está el rostro más fiel, el que puede mostrar a la verdadera Quezada. El de la sorpresa cuando es detenida, cuando tiene el capó del coche como escudo y nadie la escruta. No hay cámaras a la vista, sólo una mala toma cenital. No existe un primer plano. Se puede imaginar la mueca que despoja de máscaras en el grito «no he sido yo». El mismo con el que se daba ánimos en el coche cuando movía el cuerpo del niño. El de la crueldad, el de la ira.

El día que se lee el veredicto, Ana Julia Quezada tiene una máscara de desdén. Incluso de aburrimiento. Es el rostro de la indiferencia. Pareciera que un dolor de cuello importa más que la resolución de su destino. Acabó la función. Las máscaras en el bolsillo.

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