«Mi primera pareja me transmitió el VIH a los 15 años»

Un extremeño cuenta cómo convive con esta enfermedad cuya medicación se reduce hoy en día a una pastilla diaria | Tras detectarle el virus, se convirtió en uno de los infectados más jóvenes de la región y hoy sigue luchando contra el estigma que rodea al sida

Este joven de Badajoz, que actualmente tiene 22 años, tomándose la medicación. :: /HOY
Este joven de Badajoz, que actualmente tiene 22 años, tomándose la medicación. :: / HOY
Álvaro Rubio
ÁLVARO RUBIOCáceres

Primero se enteró su madre. El médico llamó a su casa para comunicarle que su hijo era seropositivo. Por aquel entonces esa noticia lo convertía en una de las personas más jóvenes de Extremadura infectada por el VIH. Una sombra le perseguiría de por vida. «Tuve una relación con un chico y al poco tiempo de dejarme me salió un papiloma. Fui al centro de salud acompañado por una amiga y me comentaron que me tenía que hacer unos análisis más completos para descartar otro tipo de enfermedad de transmisión sexual», recuerda un joven de Badajoz. Tiene 22 años y prefiere no desvelar su identidad. Solo sus padres, su pareja y un grupo muy reducido de personas elegidas por él saben que convive con el virus de la inmunodeficiencia humana.

«Soy seropositivo desde los 15 años. Mi primera pareja me transmitió el VIH. Cuando me lo diagnosticaron fue horrible. En ese momento no pensaba lo que me podía pasar; sólo veía el sufrimiento que provocaba en mi familia. El primer pensamiento de mis padres fue que me iba a morir», comenta.

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De este modo resume el desconocimiento y el miedo que han acompañado a esta enfermedad durante décadas. Atrás quedaron los años de la peste rosa, el cáncer gay o los denominados grupos de riesgo a los que muchos, por miedo, ni se acercaban. Hoy, aunque sin esos términos, aún queda parte de aquello. «A no ser que tengas un caso cercano no te informas. Gran parte de la sociedad sigue anclada en los ochenta. La gente piensa que las personas con VIH hemos llevado una mala vida o somos unos degenerados», matiza antes de contar cómo quedó obligado para siempre a tomar una medicación.

«El doctor fue un ángel de la guarda para mis padres, cuando tuvimos la primera consulta les tranquilizó», comenta sonriente. Les explicó la situación y a partir de ese momento empezó a tomarse una pastilla todos los días a la misma hora. «Solo recuerdo una noche con una fiebre de 41,5 grados. Tuve hasta delirios».

El tratamiento paró las consecuencias que se manifiestan con esta enfermedad como tos seca prolongada, sudores nocturnos, dolor en todo el cuerpo, cansancio y pérdida de peso. «Con el paso del tiempo he ido reforzando la coraza y hoy esa pastilla se ha convertido en algo automático. Cuando te dicen que es crónico de nada sirve regocijarse en la pena. El VIH me lo estoy tomando como el que tiene problemas de azúcar y se tiene que pinchar insulina diariamente», confiesa.

En su caso, la medicación con antirretrovirales ha conseguido reducir la carga viral en sangre hasta el punto de ser indetectable e impedir su transmisión a otras personas, aunque el virus no desaparece. «Cuando el médico me dijo que era indetectable me puse a llorar de la emoción como un loco. Hasta que llega ese día vas acumulando mucha tensión, escuchas como una noche se acuesta llorando tu madre y otra tu padre. Lo que más me dolía eran los daños colaterales de mi enfermedad. Era mucho más duro que lo que me causaba a mí físicamente», se sincera.

A él se lo detectaron pronto. Eso, junto la evolución de la medicina para tratar esta patología, ha sido clave, tal y como detalla Santiago Pérez, presidente del Comité Antisida de Extremadura (CAEX) desde hace más de 20 años. «Al principio había mucho desconocimiento y miedo. Un diagnóstico de VIH era casi una sentencia de muerte. Esos momentos fueron muy duros. A partir de 1996, comienzan a aparecer los primeros tratamientos antirretrovirales de alta eficacia y, aunque ya no se moría tanta gente, empezamos a ver sus efectos secundarios», recuerda Pérez. Habla de pérdida de grasa en la cara y acumulación en otras zonas del cuerpo. «La gente no se reconocía en el espejo», añade.

En 2002, en la XIX Conferencia Internacional del Sida celebrada en Barcelona, se empezó a hablar de las primeras vacunas. «Los fármacos ya eran menos tóxicos y no había que tomar unas 30 pastillas al día, como en la década de los 90. Era inhumano. De hecho, había fármacos que necesitaban unas condiciones especiales. Tenían que estar en un frigorífico y había que ir con la nevera a cualquier sitio», explica Santiago.

Hoy eso ha cambiado. Una pastilla diaria es suficiente y la esperanza de vida de estos pacientes es similar a la de cualquier persona sin la enfermedad. Los saben los 1.300 extremeños que reciben tratamiento con antirretrovirales.

El miedo de muchos es transmitir el VIH a otros. «Cuando me dijeron que eso ya no podía pasar respiré muy tranquilo. No quiero ser esclavo del VIH y tener que contarlo el primer día», asegura el joven pacense que desde los 15 años convive con este virus. Dice que ya no tiene miedos aunque reconoce que ha pasado por momentos complicados. «Los primeros meses pensé que era un foco de infección, que a cualquier persona que besara le transmitiría la enfermedad. Luego no sabes si alguien te querrá con esta lacra, si se enamorarán de ti algún día».

La vida en pareja

Hoy esas dudas ya no sobrevuelan su mente. Actualmente comparte su vida con una persona. Sin embargo, desde los 15 hasta los 21 ha estado sin pareja. «Me han rechazado y eso es lo que más me ha hecho sufrir. Cuando creas algo con alguien y nacen sentimientos llega el momento de contarlo, es algo de tu vida que te apetece compartir para que te entiendan mejor», dice.

Él ha sentido lo que significa pronunciar tres letras y que se eche todo a perder. «Conocí a un chico, estuvimos cinco meses viéndonos, se lo conté y no volví a saber de él nunca más», afirma.

Con el paso del tiempo ese miedo se ha ido haciendo más pequeño y se ha acostumbrado a vivir con ello. Hace lo mismo que cualquier chico de su edad. Viaja, estudia, practica deporte, sale con los amigos... «Con este tipo de enfermedades pensamos que nunca nos va tocar a nosotros. La pena es que no estamos acostumbrados a ver ejemplos sociales con un perfil diferente, con una vida normal».

Lo cuenta con la esperanza puesta en que encuentren la cura para estas personas. Confía en que eso sucederá. Sin embargo, no se muestra tan optimista con el fin del estigma social que rodea a los que padecen esta enfermedad. Es consciente de que para eso aún queda mucho por hacer. «Solo espero que algún día el VIH no pese más que lo que yo puedo aportar, que desaparezca el miedo a contarlo sin que me señalen, que este virus no me haga sombra. En definitiva, que no apague todo lo que soy».

Los modos de transmisión

El primer caso de VIH en España se diagnosticó en octubre de 1981 en el hospital Vall d'Hebron de Barcelona. En los ochenta se puso el foco sobre los llamados grupos de riesgo: homosexuales y heroinómanos. Incluso se habló de castigos divinos.

Desde entonces se ha especulado mucho sobre los modos de transmisión. Se llegó a decir que lo transmitían los mosquitos, un simple estornudo de una persona seropositiva o la saliva. Antes se utilizaba con más frecuencia que ahora la palabra contagio. Sin embargo, los expertos huyen de ella porque las actividades de la vida cotidiana no conllevan ningún tipo de riesgo. Lo correcto es transmisión y los únicos fluidos corporales que transmiten el virus son la sangre, el semen, el fluido vaginal y la leche materna de una madre con VIH.

También se ha confundido a menudo VIH y sida. Lo primero supone tener el virus y ser portador asintomático. Lo segundo se refiere a la etapa más grave de la infección.