Los cementerios también son para los vivos

El premiado de Montánchez, el alemán de Cuacos, el de las tres tumbas de Villa de Arco... La región está llena de camposantos singulares

El cementerio de Montánchez se sitúa en la ladera del castillo de origen árabe:: /
El cementerio de Montánchez se sitúa en la ladera del castillo de origen árabe::
ANTONIO J. ARMEROCáceres

Hay en Extremadura muchos muertos con honores. Los de Montánchez pueden proclamar que vigilan el mundo desde un balcón que ha recibido un premio nacional. Los del cementerio alemán de Cuacos de Yuste son todos militares, que comparten espacio bajo tierra con sus compañeros caídos en suelo español en la Primera y sobre todo, la Segunda Guerra Mundial. No hay otro sitio igual en el país, como tampoco se conoce en la región una historia como la de El Capi, que se construyó su propia tumba, lápida incluida, y un asiento de piedra frente a ella.

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Esa sepultura única está en Granadilla, el pueblo desalojado a finales de los años cincuenta para dejar sitio al embalse de Gabriel y Galán, en el norte de la región. Hoy se volverán a juntar allí quienes vivieron en esas calles antes de que les obligaran a irse. Es 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, y quizás alguien abra la puerta del camposanto de Villa del Arco conocido por la mayoría como El Arquillo, otro pueblo abandonado, tres kilómetros arriba de Cañaveral. Su cementerio tiene solo tres tumbas. Las tres blancas, protegidas por paredes de piedra y un portalón metálico con cuatro letras y un número: ET 1907 RS. Junto a ellas hay más vecinos enterrados en el suelo, aseguran desde la Asociación de Amigos de Villa del Arco. Pero no hay nada que los identifique. Ni una cruz ni un ramo de flores. Nada. Solo esos tres sarcófagos blancos, cada uno de un tamaño diferente, al lado de la iglesia, rodeados de monte, y cuya visión asalta como una metáfora sobre lo funerario y sus circunstancias.

Una ladera y un castillo

El mundo de la muerte, siempre tan vivo. El pasado martes por la tarde, en el cementerio de Montánchez , cuatro mujeres daban lustre a las lápidas. A cada rato, una de ellas subía a enjuagar el cubo y renovar el agua. Hacía frío. Y el viento soplaba con soltura. Los enterramientos se suceden en hileras a distintas alturas. Los pabellones fúnebres se levantaron en bancales para salvar la ladera, coronada por un castillo de origen árabe. El camposanto está lleno de recovecos, escaleras irregulares, pasillos. Y tiene un par de barandillas sobre las que apoyar los codos y mirar. Hacia cualquier sitio, porque la panorámica es imponente. En días oscuros, da para parcelar el cielo: allí hace sol, más allá sombra y en ese otro punto, una nube gris casi negra sostiene una cortina de lluvia.

No extraña que el pueblo (1.839 vecinos, a media hora en coche de Cáceres y Mérida) haya sido distinguido con el premio al mejor cementerio de España, otorgado por la revista funeraria Adiós. Fue la propia publicación la que envió un correo electrónico al ayuntamiento proponiéndole que se presentara al concurso. El Consistorio hizo bandera de la convocatoria, la población se movilizó y ese esfuerzo vecinal ayudó a ganar. Sumó 2.111 votos, casi mil más que el segundo, Tarrasa (215.000 habitantes).

«Sí que hemos notado que el premio ha servido para que venga más gente», certifica María José Franco, alcaldesa socialista de Montánchez. «El otro día detalla, había aquí un grupo de turistas que había ido a Cáceres, y desde allí se acercaron a nuestro pueblo específicamente para ver el cementerio». Ella no olvida mencionar que «el premio nos lo han concedido por lo bonito que es afirma, pero también por lo bien atendido que está, y en esto tiene mucho que ver el enterrador, que se ocupa también de que todo esté en orden en nuestro cementerio».

El pasado miércoles, representantes municipales viajaron a Madrid, a recoger el premio de tres mil euros. «El dinero anuncia la regidora lo dedicaremos a promocionar el pueblo». En el centro de todo está el turismo funerario, tan antiguo como el de monumentos o el de sol y playa. «Cuando voy a un sitio, me gusta visitar el cementerio», explica Loles Sola, que tiene su negocio de mármoles al lado del camposanto viejo de Badajoz. «La zona antigua, la del cementerio romántico, con los panteones, es muy bonita», apunta ella, que menciona la historia del joven para el que su madre mandó construir un panteón lo suficientemente alto como para que ella pudiera verlo desde su casa en la calle San Juan, en pleno centro histórico de la capital. La mujer se llamaba Máxima Hiarte, y murió dos años después que su hijo, Reinerio Marcos, estudiante de la Escuela de Minas fallecido el 4 de junio de 1883.

130 años después murió Guillermo González Rivero, nacido 78 años antes en Granadilla. Huérfano desde los siete años, padre de nueve hijos, nunca fue a la escuela, trabajó como minero en Mieres, Figaredo, Langreo (en Asturias) y Velilla del río Carrión (Palencia), y a su jubilación se volvió a su pueblo, para entonces ya convertido en museo con horario, tal como sigue ahora. Se instaló a unos pocos kilómetros, en Zarza de Granadilla, y con el paso de los años se fue construyendo su lápida. Pintó su número de teléfono móvil en la pared del camposanto, para que todo el que quisiera entrar, le llamara y él acudía a abrir la puerta y guiar la visita. En ese cementerio de Granadilla, construido en 1960, más de la mitad de las tumbas no tienen nombre. D y NR quizás de Desconocido y No reconocido es lo más que se lee en muchos de los enterramientos.

No en el de El Capi, que dejó en su lápida un espacio en blanco, para que alguien grabase en él la última fecha de su vida.

De vidas inusuales está lleno el cementerio alemán de Cuacos de Yuste, situado al pie del monasterio que eligió el emperador Carlos V para el último capítulo de su vida. Es el único cementerio germano en España, de entre los 827 que hay repartidos por 45 países. En él están los restos de 154 soldados caídos durante la Segunda Guerra Mundial y 26 de la Primera. La mayoría perteneció a la Luftwaffe (Ejército del Aire) o a la Kriegsmarine (Marina de Guerra), y todos murieron y fueron enterrados en España. El lugar fue inaugurado el 1 de junio de 1983, y de su conservación no se encarga el Gobierno alemán, sino la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürgsorge (Comisión de Conservación de Tumbas Militares Alemanas), una asociación ciudadana que organiza cada año los actos del Día de Luto Nacional, que incluyen una ceremonia en el camposanto de la comarca de La Vera.

Casi en el otro extremo de la comunidad autónoma, en Campillo de Llerena, está el cementerio de los italianos. «Algunas veces, al salir de la escuela íbamos al cementerio e indagábamos en cada una de las tumbas, que para nosotros encerraban un misterio insondable», recordaba en mayo de 2008 el escritor Tomás Martín Tamayo, en un artículo publicado en HOY. «Las lápidas rememoraba están rotas y entre los restos de todos aquellos seres desconocidos, llegados desde Italia, alguno con 19 años, se encontraba siempre una botella lacrada que guardaba la identidad del soldado muerto».

También los italianos

En el año 2011, ese espacio abandonado fue recuperado, previa inversión de 44.856 euros. Se reformó el área de enterramientos y se instalaron paneles informativos. En uno de ellos se explica que el cementerio fue construido en el año 1937 por la I Brigada Mixta Flechas Azules. Fueron enterrados 44 soldados de esta unidad (33 españoles, nueve italianos y dos desconocidos), fallecidos durante los combates en la cercana sierra del Argallén. En la posguerra, los italianos fueron trasladados a Zaragoza, al osario de san Antonio de Pádua, y otros restos acabaron en el Valle de los Caídos.

Son muertos de otra época. Los hay en todos los cementerios de Extremadura, una región llena de camposantos singulares. Como el de Montánchez, también ocupa un espacio al lado de un castillo el de Nogales, otro cementerio especial. La imagen de los pabellones con la torre como fondo lo sitúa como un lugar que merece la visita, lo mismo que el de la Vera Cruz, en el centro histórico de Trujillo, o el de Ceclavín por sus jardines cuidados. Durante años, en este último lucieron dos carteles con el siguiente mensaje: Campo de la Igualdad. La explicación era sencilla: allí no se permitía que una tumba destacara sobre otra. En el fondo, esa leyenda no hacía sino constatar una realidad. Más allá de la lápida, todos los vecinos de un cementerio son iguales.