Vendiendo botijos en un pueblo fantasma de Cáceres

Gracias a estos libros Guinea se enteró de que debajo del pantano de Valdecañas se encuentra el pueblo de Talavera la Vieja o Talaverilla, que es la antigua ciudad romana de Augustobriga

Vendiendo botijos en un pueblo fantasma de Cáceres
Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

El compañero Salvador Guinea ha seguido esta semana alabando las fotografías de Extremadura que ha encontrado del alemán Otto Wunderlich (1887-1975). En la Redacción empezó a comentar dos fotos de bastante calidad: una extraordinaria de un vendedor de botijos y otra de un niño con un burro. En las dos aparecían casas al lado de las ruinas romanas que están cerca de Bohonal de Ibor, junto al embalse de Valdecañas. Al fotógrafo había algo que no le cuadraba.

–Vamos a ver – dijo en voz alta – Si estás ruinas están solitarias en el campo, ¿qué demonios hacen aquí estas casas?

–¡Madre del Amor Hermoso! – dijo Manuel Caridad llevándose una mano a la frente – Este infeliz no sabe que esas ruinas romanas sólo llevan ahí poco más de 50 años, que fueron trasladadas piedra a piedra desde Talavera la Vieja cuando ese pueblo fue inundado por las aguas del embalse de Valdecañas, para convertirse en un fantasmal pueblo sumergido.

Caridad dejó todo y se marchó. Volvió a la media hora con dos libros que acababa de coger en la Biblioteca Pública de Cáceres, que está al lado de la Redacción. Se los dio a Guinea: «Toma. Tienes 15 días para leerlos antes de devolverlos. Te van a gustar». Uno se titula 'Pueblos en Blanco y Negro... del Arañuelo. Talaverilla' de Domingo Quijada González, y el otro 'XIX coloquios históricos-culturales del Campo Arañuelo'.

Gracias a estos libros Guinea se enteró de que debajo del pantano de Valdecañas, el séptimo más grande de España, se encuentra el pueblo de Talavera la Vieja o Talaverilla, que es la antigua ciudad romana de Augustobriga, y que en 1963, cuando tenía 1.791 habitantes, el agua del embalse inundó los 511 edificios de este hermoso pueblo que crecía feliz junto a las aguas del río Tajo.

Antes de ser engullido por las aguas las piedras de su iglesia, dos campanas y la pila bautismal fueron llevadas a Talavera de la Reina (Toledo), para levantar una iglesia dedicada a los Santos Mártires. En la iglesia había tres cuadros del Greco que ahora se pueden ver en el Monasterio de Guadalupe. El rollo jurisdiccional fue llevado a Rosalejo, lugar al que se fueron gran parte de los habitantes de Talaverilla, mientras otros se convirtieron en emigrantes a la fuerza en Barcelona y Madrid. A la orilla del embalse, cerca de Bohonal de Ibor, fueron llevados los impresionantes restos romanos. Allí se colocaron lo que la gente del lugar llamaba 'Los Mármoles': seis columnas corintias con un arco de descarga sobre el tímpano del frontón, que parecen ser restos de un templo construido en el siglo II. También se salvaron tres columnas incompletas de lo que fue el templo de la Cilla.

Al fotógrafo le gustaron mucho las imágenes del libro de Quijada, y le impresionó el testimonio que recoge de Felipe Díaz Navas hablando de su pueblo Talaverilla en donde creció feliz, bañándose en el Tajo, que cruzaban a nado o en barca para ir a Peraleda de la Mata. Trabajó en el campo con sus padres, siendo la comarca rica en algodón, y allí fue a las capeas y bailó en las fiestas de San Andrés y San Agustín. En 1962 se casó y al año siguiente el pueblo feliz se convirtió en lo que define «un espectáculo dantesco». Con familias obligadas a irse, mientras se tiraban las casas y la iglesia para que no sobresalieran del agua, apareciendo 'piratas' que robaban puertas, ventanas, tejas... «Dramático – dice – fue el traslado de cadáveres del cementerio a otras poblaciones, especialmente a Bohonal de Ibor. Desde mi casa veíamos los ataúdes cargados en los camiones. Posteriormente se cubrió el cementerio con una capa de cemento para evitar que con el agua acabasen los cadáveres flotando».

El libro de los coloquios históricos-culturales trae un cd-rom con imágenes del pueblo antes de ser destruido, impresionándole al compañero la alegría de la gente en las fotos, para luego, en el brillante trabajo elaborado por Manuel Trinidad, contar como muchos se sintieron humillados y engañados. Un tal Indalecio dice: «aquello fue una vergüenza, echaron a la gente dándoles cuatro perras». Saturnina recuerda que hasta el último momento se quedaron 18 familias aconsejadas por el cura del pueblo, que se llamaba Blas, para presionar a Hidroeléctrica Española a pagar las indemnizaciones, que algunas tardaron hasta nueve años en cobrarse. Pablo dice que su familia fue una de las últimas. Recordaba que las pulgas se metían en las casas que faltaban por ser inundadas, que les cortaron la luz y que algunos se fueron cuando el agua cubría las camas. Les quitaron las casas dándoles 10.000 pesetas a los mayores de 18 años, cuando un piso en los lugares a los que tuvieron que emigrar costaba 120.000 pesetas.

Guinea, cuanto más sabía, más se entristecía. «Vaya drama. Pobre gente», decía. Se sintió más triste cuando supo que en épocas de sequía, el agua baja tanto que se ven las calles de Talavera la Vieja, y entonces aparecen antiguos vecinos recorriendo las calles llenas de ruinas, viendo lo que queda del cine, de las cinco tabernas o los dos salones de baile. Son como almas en pena recordando, en su pueblo fantasma, su pasado feliz.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos