En Granadilla, el agua se hace leyenda

El pantano de Gabriel y Galán refresca una comarca que no presume de nada, pero tiene restos de villas romanas y medievales, de brujas eficaces y bandoleros anarquistas

Un yate fondea en el embalse de Gabriel y Galán./Esperanza Rubio / José María Domínguez
Un yate fondea en el embalse de Gabriel y Galán. / Esperanza Rubio / José María Domínguez
J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Si Escocia tiene su lago Ness y su monstruo, las Tierras de Granadilla tienen su «lago» de Gabriel y Galán y su Vegacho, un bicho prodigioso, legendario y rockero. Si en Navarra le han sacado partido a Zugarramurdi y sus brujas, en Tierras de Granadilla tienen escornáus, secretarios embrujados, remolinos mágicos, liebres hechiceras y unas brujas muy eficaces a las que no les han sacado partido turístico como en Zugarramurdi, pero sí cantares como este de Santibáñez el Bajo: «Ciento cuarenta brujas se han venido a juntar: ocho son de Santibáñez, cuatro de Marchagaz, la una de Palomero y catorce del Casar, veinte de Moheda y el Guijo y 'toas' las otras de Ahigal».

Recorremos una comarca que no parece llamar demasiado la atención, pero que tiene de todo. En sus 15 pueblos, encontramos playas fluviales, barcos de paseo, leyendas estremecedoras, bandoleros legendarios y una especie de maldición que acabó con la vida cotidiana en dos ciudades que hoy son sus perlas monumentales y turísticas: la ciudad romana de Cáparra y la villa medieval de Granadilla. En el siglo XVI, ya había un refrán en esta zona que decía: «Y ansí se despobló Cáparra». Parece una maldición que ha caído sobre esta comarca: primero Cáparra y hace medio siglo, Granadilla.

Estamos en Ahigal. Es domingo, día de mercado. «Tengo unos tomates fabulosos. Los traemos de nuestros huertos», anuncia José Javier, frutero ambulante montehermoseño, al tiempo que nos da a probar un trozo de sandía dulce y refrescante. De los huertos de Santibáñez el Bajo y Montehermoso llegan las frutas y verduras a este mercadillo espectacular y abigarrado que ocupa varias plazas y calles de Ahigal. 130 puestos en un pueblo de 2.000 habitantes y miles de paseantes. En estos días de verano y vacación, muchos de ellos son de Getafe, que es, ironizan por aquí, un barrio de Ahigal. El resto viene de estas Tierras de Granadilla, de Las Hurdes y el Ambroz.

Tierras de Granadilla, agua y leyendas para entretener al viajero y mostrar la riqueza étnica y mágica de la comarca. En Ahigal, recuerdan las fechorías del Escornáu, una bestia cuadrúpeda, mitad carnero, mitad jabalí, que sembró el terror por estas sierras hace 400 años. Más cercanas, del siglo pasado, son las famosas brujas del pueblo. Una de ellas besó de niño a don Vicentino, secretario del ayuntamiento, y ya no creció más. Hubo otro secretario embrujado: le quitó la novia a un mozo, que recurrió a la tía Telvina, cuyos conjuros desgraciaron la vida matrimonial del secretario y acabaron llevándose la novia al cementerio.

En Ahigal, los vecinos distinguen perfectamente a las brujas: viejas, pobres, con una verruga en la punta de la nariz, la mirada penetrante y la ropa negra. Para estar más seguros de su condición, hay que buscar una cruz grabada en su paladar, averiguar si lloraban o hablaban antes de nacer y si duermen con los ojos abiertos y en su pupila se dibuja un sapo. Y mucho cuidado porque las brujas de Ahigal son ladinas y versátiles: lo mismo se convierten en gato o perro negro que en loba, lechuza ladrona de aceite, gallina callejera, liebre meona o gallo caprichoso, que cacarea a las tres de la madrugada despertando a todo el pueblo. ¡Avisados quedan!

Aunque lo importante es contar bien contadas estas leyendas, aprovecharlas y sacarles partido para convertir los viajes a Tierras de Granadilla en turismo de la experiencia, como han hecho en la casa rural Villa Cardadorum, donde los viajeros se alojan con la sana intención de sentir miedo.

La propia fundación de Ahigal resulta estremecedora. Cuentan que el pueblo estaba en un lugar llamado Casitas de Valverde, hoy anegado por las aguas del pantano. Y siguen contando que una mañana apareció en Casitas un peregrino pidiendo ayuda porque se le había empantanado una vaca en el cieno. Pero en el pueblo había una boda y nadie se preocupó del peregrino salvo un matrimonio, su hijo y su nuera, que lo acompañaron a salvar a la vaca.

El peregrino rogó a sus solidarios ayudantes que no volvieran a Casitas hasta medianoche. Así lo hicieron y cuando regresaron, todos estaban muertos, envenenados por una salamandra que había caído en la sopa del banquete de boda. Los dos matrimonios dejaron Casitas de Valverde y a dos kilómetros de allí fundaron el actual Ahigal. Estas historias las cuenta muy bien José María Domínguez, el estudioso que mejor ha investigado el pasado legendario de Ahigal.

Dejamos ya la localidad de referencia de la comarca y nos acercamos a Santibáñez el Bajo, que queda a un paso. El profesor Félix Barroso es natural de este pueblo. Comenta que eso de «el Bajo» es una mentira porque Santibáñez, en realidad, está en un altozano, en el Cerro de la Cuesta. Queremos hablar con Félix de otro de los mitos de Tierras de Granadilla. En este caso, de una famosa partida de bandoleros del siglo XIX llamados Los Muchachos de Santibáñez.

Los Muchachos de Santibáñez secuestraron al alcalde de Plasencia y sitiaron Béjar

Estos bandidos de cuño social habían sido condecorados en la Guerra de la Independencia, pero luego prefirieron ser libres, casi libertarios, cuando el absolutismo se implantó en España. «Los Muchachos de Santibáñez fueron los primeros anarquistas de Extremadura. Secuestraron al alcalde mayor de Plasencia, llegaron a sitiar Béjar y tenían un programa político de reparto de tierras entre los pobres, autogestión a su estilo, abolir las quitas... Eran apoyados por el pueblo y cuando una traición acabó con Los Muchachos, 111 vecinos de Santibáñez fueron ajusticiados o encarcelados», resume Barroso la historia de estos bandoleros.

La idea es aprovechar la vida trepidante de Los Muchachos para hacer un Museo del Bandolerismo Extremeño en la Casa del Cura Moro, José Montero, un sacerdote de Santibáñez que colgó los hábitos y participó en las Cortes de Cádiz. Tierras de Granadilla está llena de recursos turísticos aprovechados y por aprovechar. Sin salir de las leyendas más o menos recreadas, en Zarza de Granadilla hablan de la existencia del Vegacho, un monstruo moderno que se aparece en el pantano de Gabriel y Galán y cuya figura fue aprovechada para crear el Vegacho Rock.

El pantano es el eje turístico de la comarca. En sus playas, se bañan nativos y forasteros y en sus pantalanes atracan veleros y pequeños yates. Se pueden hacer excursiones navegando hasta el meandro Melero en Las Hurdes o hasta La Pesga partiendo del Anillo, esa instalación deportiva de alta tecnología que pone la guinda vanguardista.

Les proponíamos navegar hasta La Pesga, el pueblo más al norte de la comarca, la puerta de Las Hurdes, una localidad que casi no ha perdido población desde 1960: en torno a 1.100 habitantes. La Pesga tiene movimiento, casas rurales, gente por las calles, bares, estupendas panorámicas sobre el río de Los Ángeles, mucha riqueza forestal, olivares sin fin y el casco urbano vertiéndose sobre el río. Un pueblo de postal.

En el otro extremo de las Tierras de Granadilla y la Trasierra, Cabezabellosa, el enclave habitado más alto de la comarca (836 metros). En verano, la temperatura es cinco grados más baja que en Plasencia y su vegetación exuberante y boscosa convierten Cabezabellosa en destino de veraneantes. Desde estas alturas. se distingue la comarca entera y es un buen punto para descansar antes de aventurarse de nuevo por la llanura buscando las dos joyas de la comarca: Cáparra y Granadilla.

Para entender la importancia de Cáparra, baste señalar que durante más de mil años fue la capital del norte de la actual Extremadura. Al visitarla, van saliendo al paso los restos del anfiteatro, de la muralla y la puerta de entrada, de las termas, del formidable foro y el arco emblemático, que se mantiene como hace 500 años.

En el siglo IV, comienza el declive de Cáparra, que se acentúa en la Edad Media, cuando Plasencia emerge como centro neurálgico del norte de lo que con los siglos será Extremadura. En el año 1730, solo quedaba un poblado llamado Ventas de Cáparra donde vivían ocho vecinos. Fue destruido en la Guerra de la Independencia.

Cáparra está en el término municipal de Guijo de Granadilla, el pueblo de Gabriel y Galán y de media docena de poetas, que, cada año, a mediados de mayo, suben a un estrado y recitan sus poemas y los de Gabriel y Galán. Son poetas ya mayores. Recuerdo al señor Flores, a Rosalía la Estanquera, a Tomás Rodrigo o a Jesús el Teniente. Mientras recitan los versos, el pueblo, al pie del estrado, come dulces, bebe aguardiente y atiende a la poesía.

En 1992, Pedro Almodóvar y Antonio Banderas salían de copas por Zarza de Granadilla

Tierras de Granadilla no se ve en un día: son muchos sus encantos. Zarza de Granadilla, por ejemplo, fue uno de los mitos rurales de la Movida madrileña. En 1992, Antonio Banderas y Victoria Abril rodaron las últimas escenas de la película 'Átame' de Pedro Almodóvar en Granadilla. Al acabar el rodaje, venían de copas a Zarza de Granadilla. En el Sportivo y la Galería, los nativos alternaban con la troupe de Almodóvar. Zarza sonaba en Madrid. Los personajes de la Movida acudían al pueblo a relajarse. Las galas underground de la pista de verano El Cielo se hicieron famosas en Malasaña y un zarceño, Liberato, será el terrorista chiita de 'Mujeres al borde de un ataque de nervios'.

Zarza de Granadilla cuenta con hoteles y apartamentos rurales, restaurantes y una vida cultural interesante. Su historia está ligada a la villa que da nombre a la comarca: Granadilla, abandonada por sus habitantes a la fuerza cuando en 1965 su entorno es anegado por el pantano de Gabriel y Galán. El lugar, un pueblo medieval con su castillo de 1474, sus calles floreadas y sus huertos, rodeado por una muralla de origen almohade del siglo XI, acoge por bonito y silencioso.

En Granadilla, había una importante aljama y un gueto judío, pero no son expulsados en 1492, sino que se les permite quedarse siempre que vistan de naranja y abran sus comercios todos los días. Sin embargo, las aguas del pantano sí expulsaron a sus habitantes. Acodados en lo alto de la muralla de Granadilla, con las aguas del pantano meciendo nuestra mirada, nos despedimos de esta comarca tan intensa y sencilla a la vez, que teniendo algo de Escocia, algo del Pirineo de Navarra y algo de Sierra Morena, sin embargo no presume de nada salvo de lo que es: la tierra legendaria de Granadilla.

Un tesoro territorial oculto de la provincia de Cáceres

Las Tierras de Granadilla son un tesoro territorial oculto en la provincia de Cáceres. Disimulado entre comarcas de más renombre como Las Hurdes o el Ambroz y encajado entre Plasencia y las vegas del Alagón, nos encontramos con un espacio lleno de historia, cultura agrícola y las aguas mansas del Gabriel y Galán y sus contraembalses. La encrucijada de Cáparra y la perla amurallada de Granadilla son apuntes suficientes en la historia de una comarca para enlazarlos con la cuna del poeta y añadir los olivares y las profundas dehesas que aportan significado al quehacer y a la economía de los habitantes de Ahigal, Cerezo, La Granja, Guijo de Granadilla, Jarilla, Marchagaz, Mohedas de Granadilla, Oliva de Plasencia, Palomero, La Pesga, Santa Cruz de Paniagua, Santibáñez el Bajo, Villar de Plasencia, Zarza de Granadilla y Cabezabellosa, Son pueblos con ganas de rejuvenecerse, que se saben sabios mirando al agua que una vez supuso riegos, otras veces límites y ahora fuente de inspiración para el deporte, el ocio y nuevos campos de actividad económica. En ello andan los nuevos proyectos y aspiraciones de las empresas y los ayuntamientos de las Tierras de Granadilla. La Diputación de Cáceres trabaja con ellos perfilando una naciente idea de Comarca del Agua.