Alagón, el río de la gente inquieta

En los 26 pueblos de la Rivera de Fresnedosa y del Valle del Alagón perduran los rescoldos de la cuenca más industriosa y artesana de la provincia de Cáceres

Canchos de Ramiro al paso del Alagón por Cachorrilla./Esperanza Rubio
Canchos de Ramiro al paso del Alagón por Cachorrilla. / Esperanza Rubio
J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El Alagón es el afluente más largo del río Tajo. Son 205 kilómetros de un curso de agua que nace en Frades de la Sierra (Salamanca) y desemboca en el Tajo, entre Alcántara y Ceclavín. En su camino hacia el suroeste, el Alagón baña las tierras y marca el territorio de 26 pueblos que conforman las mancomunidades del Valle del Alagón y de Rivera de Fresnedosa.

Son dos espacios administrativos diferentes, pero con una uniformidad geográfica, cultural y socioeconómica cuyo eje es el río. Desde Valdeobispo, Montehermoso y Aldehuela del Jerte hasta Ceclavín, Torrejoncillo o Portaje, la cuenca del Alagón ha dibujado un área de intensa actividad económica protagonizada por la artesanía.

La historia de la cuenca del Alagón podría compararse con la de otro río europeo de tamaño semejante: el Ruhr, afluente del Rhin de 217 kilómetros de longitud. En sus orillas, gracias a la minería, se obró a finales del siglo XIX un milagro de desarrollo industrial. Hoy, el Ruhr tiene más importancia como suministrador de agua potable que como catalizador del desarrollo industrial y minero. El caso del Alagón sería semejante: es un río cuyas aguas se aprovechan para el regadío, pero de aquellos tiempos de artesanía espectacular ha quedado un poso que singulariza la ruta que vamos a recorrer.

María José González, la última artesana de gorras montehermoseñas.
María José González, la última artesana de gorras montehermoseñas. / Esperanza Rubio

El Alagón se convierte en protagonista de un espacio natural único: los Canchos de Ramiro, en Cachorrilla, donde surca un desfiladero bellísimo en cuyas escarpadas orillas anidan las rapaces y los buitres. Y no podemos desdeñar la belleza geométrica especialísima de las tierras del regadío: sinfonía lineal de tonos verdes, de atardeceres espectaculares de verano con la aspersión tejiendo cortinas de agua entre Galisteo, el castillo más bello y el puente renacentista más elegante, y Montehermoso.

La cuenca del Alagón fue un emporio de actividad artesana y de industria incipiente desde el siglo XVIII. Influía mucho su situación geográfica, en el camino más corto entre Madrid y Lisboa. Por aquí se trazó el primer ferrocarril que uniría las dos capitales peninsulares, pero los intereses políticos y las presiones de los poderosos llevaron, de manera irracional, la línea férrea más al sur. De hecho, la autovía que una Navalmoral con Moraleja acortará la distancia entre Madrid y Lisboa el día que llegue hasta la frontera de Monfortiño y empate con la autovía portuguesa. Por la cuenca del Alagón, Madrid queda 29 kilómetros más cerca de Lisboa que por Badajoz y 18 más cerca que yendo por Cáceres.

María José es la única artesana de gorras de Montehermoso que queda en el pueblo, donde llegó a haber 20 mujeres haciéndolas

Los caminos antiguos se trazaban con sensatez y los arrieros no entendían de trazados políticos. Por eso, Torrejoncillo, Ceclavín o Montehermoso surtían de zapatos, paños, vasijas o joyas a media España desde esta cuenca del Alagón. Esa artesanía casi ha desaparecido, pero quedan los últimos resistentes conformando un reducto de singular producción que merece la pena conocer y que atrae a los diseñadores de moda como Antonio Alvarado, que se llevó a la pasarela Cibeles los zapatos artesanos que cose en Torrejoncillo Alejandro Roso, o como Marina Conde, que se llevó las gorras que trenza, cose y adorna María José González en Montehermoso para que desfilaran también en Cibeles en septiembre del año pasado.

El caso de María José resulta paradigmático. Esta joven montehermoseña, nacida en Andorra en 1986, adonde sus padres habían emigrado, es la cuarta generación de artesanos de la gorra de Montehermoso, una de las señas de identidad de Extremadura. Las comenzó haciendo su bisabuela Máxima, poco tiempo después de que, según los estudiosos, Ana García creara, hacia 1880, la primera gorra reelaborando un sombrero de ala ancha para adaptarlo al gran moño que llevaban las montehermoseñas.

Vista de la Catedral de Coria, dominando el Alagón.
Vista de la Catedral de Coria, dominando el Alagón. / Esperanza Rubio

Máxima abrió la tienda que María José regenta a la entrada de Montehermoso llegando desde Plasencia. Es una tienda de artesanía donde esta técnica superior en Informática nos cuenta la historia de su familia. «Mi abuela Lucía siguió la tradición iniciada por mi bisabuela, mi madre Toñi también hizo gorras y ahora he cogido yo el relevo. Pero soy la única que las elabora en Montehermoso. Si yo lo dejaba, se perdía», señala.

El caso de esta joven es muy singular. Ella siembra el centeno entre los olivos del pueblo, ella lo cosecha a lo largo de este mes de julio, ella lo corta, lo trenza, lo cose y lo adorna para acabar creando unas gorras artesanas primorosas que vende a 40 euros si llevan espejo, la más solicitada y cara, un precio que hace imposible que esta labor artesana sea de verdad rentable. «Tardo entre dos o tres días en hacer una gorra y son de tres tipos: la del espejo y la lana para las mujeres solteras o jóvenes, la morada sin espejo para las casadas y la de tela negra sin espejo para las mayores o de luto», detalla.

Edificio singular de las tierras de regadío entre Galisteo y Montehermoso.
Edificio singular de las tierras de regadío entre Galisteo y Montehermoso. / Esperanza Rubio

La gorra de María José ha salido en Vogue, pero a pesar de su atractivo, solo ella mantiene esta artesanía preciosa que en tiempos contaba con 20 mujeres dedicadas a confeccionarlas. «De esto se vive lo justo, es mucho trabajo para lo que ganas. Las vendo por Facebook e Instagram, pero no pongo página en internet porque estoy saturada de pedidos», explica.

De aquellos tiempos industriosos y artesanos de la cuenca del Alagón, quedan en Montehermoso otros dos rescoldos. Uno es el taller de cencerros «Los tres golpes» de Amelio Retortillo. En la cencerrería de Amelio compran campanos para sus mansos y cabestros desde Talavante hasta los herederos de Vitorino Martín. Puede hacer 4.000 al año: pequeños para perros, zumbas para vacas, de boca estrecha para ovejas, que se mueven menos y así suena a la menor agitación, y de boca ancha para la inquieta cabra.

La tradición artesana y metalúrgica del valle del Alagón se completa en Montehermoso con las campanas tradicionales de bronce de la familia Rivera. Las funden desde el siglo XIX. La empresa la fundó Gabriel Rivera en 1850 y, desde entonces, han instalado campanas, relojes y carillones artesanos en los cinco continentes.

En Torrejoncillo, aún se pueden comprar zapatos artesanos y hornos de barro que asan los corderos y los cochinillos como ningún otro

Río abajo, en Coria nos encontramos con la familia Recuero, herradores de caballos, otra de las destrezas ancestrales que nos regala la cuenca del Alagón. En el valle de este río, tener un caballo no es un lujo, sino una costumbre, una tradición ancestral que viene de los vetones, aquellas flechas al galope que los romanos 'ficharon' para hacer más poderosa su caballería.

Coria, capital episcopal y de servicios de esta atractiva cuenca del Alagón. Centro turístico por su vocación taurina y por la belleza de su casco viejo. Calles, palacios, templos, murallas y una actividad comercial intensa convierten la ciudad en el eje donde se concentra y se regula la actividad de estos valles fluviales, tan ricos en historia, tan prometedores en el presente.

Desde Coria, parten carreteras que unen los pueblos de la cuenca. A un lado, Riolobos, con el regadío del tabaco y del pimiento como presente y el potencial de su pasado artesano y de pequeña industria sustanciándose en Juan Fernández, tercera generación de artesanos: su abuelo trabajaba la madera, su padre transformaba hierro, madera y aluminio y él, un poco de todo, aunque la madera casi la ha abandonado. Juan es especialista en veletas. Es el último veletero de Extremadura y las hace con el gallo y la flecha, pero también con una moto, con un grifo...

A pocos kilómetros de Riolobos, Torrejoncillo, que en la época dorada de la cuenca del Alagón era la capital económica de la comarca. En el pueblo llegó a haber 500 zapateros, 30 orfebres, una legión de pañeros, un montón de alfareros y muchos hojalateros... Los industriales y artesanos torrejoncillanos cargaban sus caballerías y recorrían media España vendiendo su producción. De aquellos tiempos gloriosos queda una llama que tiene su gracia y su encanto. Así, a Torrejoncillo se puede ir a comprar calzado artesano en el taller que tiene Alejandro Roso en el polígono industrial o a por un Fogón de Daniel en los talleres alfareros de los Moreno. Queda algún orfebre y vive en el pueblo un inventor, Justo Díaz Granado, que resume en su persona la tradición emprendedora de esta cacereña «Cuenca del Ruhr».

Puente renacentista de Galisteo sobre el río Alagón.
Puente renacentista de Galisteo sobre el río Alagón. / Esperanza Rubio

Justo nació en Portaje. Es zahorí, mecánico y, sobre todo, inventor de cosas útiles. En la posguerra, inventó una máquina para cerner el pan. Después vinieron otros inventos muy prácticos, que facilitaban la tarea de las máquinas segadoras o el pesaje de los cerdos. Y haciendo la mili, descubrió el 'microondas': «Fue en 1953. Yo tenía que levantarme muy temprano para preparar el café, así que puse un hornillo conectado a un despertador, que se encendía a una hora determinada, y así, cuando me levantaba, ya estaba el café calentito». A su mujer le ha construido un teleférico para que no tenga que bajar a por el pan.

Su hijo sigue la línea paterna y es uno de los impulsores de la modernización de la cooperativa de aceite La Inmaculada de Torrejoncillo, creada en 1956 y liderada por Rogelio Llanos. En Torrejoncillo, llegó a haber tres almazaras, una de ellas tenía 10 prensas y trabajaba con cinco millones de kilos de aceitunas y tres turnos de trabajo. Hoy solo queda esta.

Pueblos del Alagón, una historia de buscarse la vida, de encontrar resquicios para crecer y progresar. El queso de Acehúche, premiado internacionalmente, queso artesano elaborado con la leche cruda de las cabras de los rebaños de la cuenca del Alagón. El vino, los higos y las almendras de Ceclavín, el pueblo península, rodeado de ríos por todas partes, su famosa orfebrería, su cerámica enchinada, sus 17 ermitas urbanas y una legión de negociantes y emprendedores que en la primera mitad del siglo XX colonizaron con sus comercios de muebles, sastrería, tejidos, joyas o relojes la calle Pintores de Cáceres. En Ceclavín, donde el Alagón se encuentra con el Tajo en un paraje de belleza inusitada y formidable, acabamos este viaje por la cuenca más emprendedora e inquieta de Extremadura.

Vigorosas dehesas y vegas de regadío con pasión ganadera

Nos encontramos en uno de los territorios con más municipios en la provincia de Cáceres. Tantos que para dar servicios a su ciudadanía, se reparten en dos mancomunidades que dejan en medio la ciudad de Coria, siempre presente cuando del Alagón se trata. En la Rivera de Fresnedosa se unen Acehúche, Cachorrilla, Casas de Don Gómez, Casillas de Coria, Ceclavín, Holguera, Pescueza, Portaje, Portezuelo, Riolobos, Torrejoncillo y Zarza La Mayor más dos pedanías, Pajares de la Rivera de Riolobos y Valdencín en Torrejoncillo. En la mancomunidad del valle del Alagón comparten servicios Aceituna, Alagón del Río, Aldehuela del Jerte, Calzadilla, Carcaboso, Galisteo, Guijo de Coria, Guijo de Galisteo (El Batán y Valrío), Huélaga, Morcillo, Montehermoso, Pozuelo de Zarzón, Valdeobispo y Villa del Campo.

Pero el Alagón es un afluente de los principales del Tajo y su curso medio bajo discurre dibujando esta gran comarca que deja una vega profunda de gran tradición agrícola desde la confluencia del Jerte en Galisteo y hasta Coria y un paisaje de vigorosas dehesas y espacios naturales desde la ciudad hasta que el río comienza a confundirse en el embalse de Alcántara, cerca de los Canchos de Ramiro. Ambas zonas comparten también la pasión ganadera.

 

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