La ruta de las ciudades perdidas de Campo Arañuelo

En esta comarca, podemos comparar el hoy, febril e intenso, con el ayer apasionante de Makhada Albalat, Talavera la Vieja y Puebla de Enaciados

Una familia fotografía los mármoles de Talavera la Vieja./J. R. ALONSO DE LA TORRE
Una familia fotografía los mármoles de Talavera la Vieja. / J. R. ALONSO DE LA TORRE
J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Soledad inexplicable. Museo de Cáceres. Exposición sobre las excavaciones en la medina árabe de Makhada Albalat. Me acerco a ver la muestra. No hay nadie. Ya digo: soledad inexplicable. Interesantes explicaciones sobre lo que fue aquella alcazaba desde la que se controlaba un amplio territorio entre Gredos y Medellín, incluyendo las ciudades de Cáceres y Trujillo.

No resisto la tentación. Al día siguiente, cojo el coche y me traslado a las propias excavaciones. He leído sobre la comarca y me embruja el misterio de las ciudades perdidas de lo que hoy se llama Campo Arañuelo: 22 pueblos y 38.926 habitantes según el censo de 2016. Tierra de regadíos y actividad económica. Territorio estratégico desde siempre: con los romanos, con los árabes, con los castellanos, etapa fundamental del Camino Real a Madrid. Y sus ciudades perdidas testificando la desaparición de un esplendoroso pasado: la romana Talavera la Vieja, la árabe Makhada Albalat, la cristiana Puebla de Enaciados.

Llegamos a las ruinas de la medina de Albalat. En el siglo XI, era una ciudad cosmopolita a la que llegaba la cerámica de lujo, donde se entretenían con los juegos más modernos. Destruida tras un asedio cristiano en el siglo XII, se llega a ella enseguida desde la salida 207 de la autovía, aunque no hay carteles indicadores. Los arqueólogos no trabajan hasta septiembre. Ahora, se puede admirar la única torre de la muralla que ha resistido mil años y los espacios cerrados donde se investiga el pasado de esta ciudad perdida. Pero el entorno es muy bello: el Tajo, un remanso del río, el viejo puente que da acceso a los restos de la muralla de Albalat.

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    A un paso de la antigua medina, el pasado ideal se sustancia en un presente dulce: Romangordo, el pueblo perfecto o cómo convertir un municipio de 257 habitantes en una aldea de cuento. En Romangordo, debe de haber 50 metros cuadrados de merendero por habitante, las piscinas municipales son magníficas, unos antiguos corralones se han convertido en una preciosa calle de arquitectura tradicional, las fachadas sin gracia son hoy paredes-museo con unos murales delicados que reproducen la gracia y la dureza de la vida en el pueblo: los animales, los emigrantes, los mayores y los niños. En la plaza, esculturas sobre juegos infantiles. Aire de pueblecito turístico francés: ecomuseo del tío Cascales, aula de la naturaleza, centro de interpretación de los olores, granja escuela… Y asilo, y centro de dependencia…

    Cerca de Romangordo, Higuera y su centro de interpretación de las abejas. Entramos y la encargada nos explica como nadie lo ha hecho la vida de estos insectos. El centro incluye colmena auténtica, cientos de abejas, algo asustadas porque en el exterior acechan y cantan los abejarucos, y todos los útiles y productos de la colmena. Pero no hay nadie. De nuevo la soledad inexplicable. Extremadura es una región donde se pueden contemplar en soledad tesoros que en cualquier país atraerían a miles de visitantes.

    Campana de Albalat. Entre los siglos XIV y XIX, primera mancomunidad de municipios de Extremadura: Romangordo, Higuera y Casas de Miravete, que se llamó Ventas de San Andrés y Casas del Puerto. Hay que ver su iglesia y visitar su centro de interpretación geológica. Dejamos atrás el llamado Estado de Albalat y nos vamos deteniendo en los pueblos que jalonan el camino hasta Navalmoral, la capital del Campo Arañuelo. Almaraz, encuentro en árabe: se cree que aquí se encontraron los caudillos árabes Muza y Tarik. Paseamos por sus calles.

    Las Majadas

    Nos detenemos ante la iglesia de San Andrés y la ermita de Rocamador. En Saucedilla, que fue fundada por vecinos de Collado de la Vera, no nos perdemos el rollo ni la iglesia de San Juan Bautista. Llegamos a Casatejada: maravilloso retablo barroco de la ermita de la Soledad, iglesia de San Pedro, rollo de 1635… Este pueblo se encontraba en el camino real de Plasencia a Talavera de la Reina, que aquí se cruzaba con el que iba del Sexmo de La Vera a Almaraz y Serrejón. En ese cruce, surgen la plaza, el ayuntamiento y la iglesia y a ambos lados del Camino Real se fue levantando el pueblo.

    Cruces del Calvario y crucero en Serrejón. Toril y su iglesia de San Blas. Majadas, topónimo que da nombre a las fincas y casas para el ganado, que eran tres en el territorio de este pueblo: Majadas, Aldeanueva y Llano del Rincón. Talayuela, que surge en el siglo XVI y es hoy un emporio de actividad y de turismo del golf. Rosalejo, nacida en 1954 con 80 colonos de Talavera la Vieja.

    Campos de tabaco. Regadío. Vida. Un alto en el camino. Noche en Navalmoral de la Mata: 17.247 habitantes. En las carreteras, bazares, cines, superficies comerciales, servicios. En el centro: el parque, donde se ofrecen conciertos los fines de semana veraniegos, y las calles peatonales, repletas de terrazas y tiendas. La casa de Comillas, el edificio de la estación de ferrocarril, el ayuntamiento, la iglesia de San Andrés.

    En Navalmoral, cenando en la terraza del bar Extremadura, notas enseguida que en cada mesa se habla con un acento diferente: dejes madrileños, giros leoneses, entonación asturiana, cantinela gallega… Aquí no hay un núcleo duro de moralos de toda la vida como sucede en otras ciudades. También abundan los inmigrantes, que llenan el parque municipal Castro Lozano al anochecer. A Navalmoral, han llegado sucesivas oleadas de forasteros a trabajar en Tabacalera, en el hospital, en los institutos, en el regadío, en la central nuclear… En Navalmoral, son de todas partes.

    Al amanecer, partimos en busca de más ciudades perdidas. Autovía adelante, salimos de Extremadura, entramos en Castilla la Mancha, volvemos a entrar en Extremadura: El Gordo y Berrocalejo, «Treviño extremeño», territorio rodeado por el pantano de Valdecañas y por la provincia de Toledo. A un paso de El Gordo, los restos de Puebla de Naciados, Enaciados o Puebla de Santiago, otro enclave abandonado. Esta villa se levantó para proteger el Puente del Conde, sobre el Tajo, en la calzada romana de Mérida a Zaragoza, y englobaba Talavera la Vieja, El Gordo, Berrocalejo y el municipio toledano de Valdeverdeja.

    Los enaciados eran renegados o súbditos de los reyes cristianos muy unidos a los sarracenos por vínculos de amistad o interés. Estos extremeños de El Gordo y Berrocalejo eran, durante los siglos XI y XII, gentes de cierta cultura y bilingües del romance y la algarabía, lo que impulsaba a los reyes cristianos a emplearlos como diplomáticos y traductores en sus embajadas a los reinos de taifas. Tras la batalla de Las Navas, la Puebla perdió importancia, se fue despoblando paulatinamente, una epidemia le dará la puntilla y hoy solo queda el silencio impresionante y evocador de sus restos.

    Regresamos a la provincia de Cáceres y cogemos la carretera de Guadalupe. El primer pueblo es Peraleda de la Mata: su plaza mayor, su iglesia y su ayuntamiento tienen cierto aire toledano. La avenida que da acceso al pueblo es elegante y arbolada, con unos setos recortados muy típicos en esta zona de Extremadura. Descendemos hacia el pantano de Valdecañas, en busca de los restos de otra ciudad perdida: Talavera la Vieja. Al llegar al puente sobre el embalse, vemos 18 coches aparcados. ¡Qué agradable e inaudita sorpresa: turistas disfrutando de un tesoro extremeño! Pero nuestro gozo en un pozo, o mejor, en la orilla del embalse. Son 17 coches de pescadores. Solo uno pertenece a una familia que se emociona ante Los Mármoles, que es como se conocen popularmente por aquí las columnas del templo romano de la ciudad sumergida.

    Talavera la Vieja era la antigua Augustóbriga, ciudad vetona y romana desaparecida bajo las aguas del pantano de Valdecañas en 1963. Era un tesoro arquitectónico y artístico fabuloso con su muralla semicircular, los vestigios romanos del acueducto, del foro, del templo, los restos del castillo. Su iglesia tenía tres naves, un bello artesonado mudéjar y tres cuadros de El Greco. Cuando se sumergió, se pensó llevar las columnas romanas a Cáceres y colocarlas en un parque creado ex profeso, pero afortunadamente se quedaron en la orilla del Tajo, recordando el pasado glorioso. Los cuadros de El Greco, sorprendentemente, se llevaron al museo de Santa Cruz de Toledo, a pesar de que Talavera pertenecía a la diócesis de Plasencia. También afortunadamente, fueron recuperados en 1994 y se guardan y exhiben en el monasterio de Guadalupe.

    Soledad inexplicable de nuevo ante Los Mármoles: sublime arquitectura romana para disfrutar sin nadie alrededor. Bonitas y sencillas iglesias parroquiales de Valdehúncar, de Bohonal y Mesas de Ibor, de Valdecañas de Tajo… La ruta de las ciudades perdidas llega a su fin. Calles agradables, chalés suntuosos e iglesia del siglo XVI en Millanes. El viaje culmina en Belvís de Monroy, que se llamaba Buenavista porque desde las alturas del castillo se contemplan 15 pueblos, las cumbres nevadas de Gredos, ríos, embalses, llanos y dehesas. El castillo pertenecía al marqués de la Romana. Dos vecinos comentan que el castillo lo ha comprador farmacéutica de Madrid, que lo quiere convertir en museo y que tiene muchas perras.

    Hace 500 años, frailes franciscanos, que habían sido expulsados de su convento acusados de iluminados, llegaron a estos espectaculares parajes y fundaron un convento. Hernán Cortés los conoció y pensó que aquellos monjes eran los idóneos para evangelizar el Nuevo Mundo. Solicitó esa gracia a Carlos I, que accedió, y de aquí partieron, en 1523, quienes han pasado a la historia como los 12 apóstoles de Belvís.

    En la Nueva España, escribieron la historia de los indios, respetaron sus mitos y ritos, protestaron por su esclavitud y suavizaron la crueldad de la conquista. Acabando el siglo XVI, fueron perseguidos por defender a los nativos y oponerse a que los españoles les arrebataran sus riquezas. Fundaron escuelas, conventos y ciudades. Venían del país de las ciudades perdidas y encontraron en Méjico el lugar ideal para crear ciudades nuevas.