'Jarabuguillos' y arroz con liebre en La Codosera

«Emigré hace 43 años y cada verano he vuelto a Extremadura», cuenta Antonio Torres mientras pesca en el río Gévora | Las tres piscinas naturales son una referencia en esta zona del oeste de Badajoz, junto a la frontera con Portugal

Un 'jarabuguillo' ha picado. Antonio Torres y su sobrino segundo lo festejan. :: /ANDY SOLÉ
Un 'jarabuguillo' ha picado. Antonio Torres y su sobrino segundo lo festejan. :: / ANDY SOLÉ
Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

En el restaurante de las piscinas naturales de La Codosera, donde la camarera te pregunta si quieres las chuletillas de cordero –diez euros– a la plancha, a la brasa o rebozadas, se sientan a comer Antonio Torres Amador y familia. Él venía con la idea de tomar lo de siempre, un arroz con liebre, que «está buenísimo», asegura, pero se ha encontrado con que hoy no tienen. No importa. Porque a un emigrante extremeño recién jubilado que está de vacaciones en su tierra no es fácil fastidiarle el día.

Antonio Torres, de profesión albañil, se fue a Barcelona con 17 años, tiene ahora sesenta y bajó la persiana de su vida laboral el pasado abril. A finales de ese mes le dieron la invalidez por unas arritmias que le han obligado a pasar más de una vez por el quirófano, pero aún no ha conseguido cobrar lo que le corresponde. La administración catalana, cuenta, le ha perdido los papeles. Él, claro está, no se ha quedado allí esperando a ver si aparecen. Desde el 8 de junio está en Talavera La Real, su pueblo, y de momento no tiene fecha de vuelta concreta. Probablemente se quedará en Badajoz todo el verano, y no regresará hasta finales de octubre a Santa María de Palautordera, donde está su casa. En rigor, una de ellas. La otra, la que empezará a mejorar con sus manos de a partir de ahora, es la de Talavera La Real, la que heredó hace poco, al morir su padre. «Estando ya jubilado, intentaré pasar más tiempo aquí (Extremadura) que allí (Cataluña)».

La escena de la tranquilidad

Se comprende tal declaración de intenciones al verle un martes a la una de la tarde de pie, en bañador, sin camiseta, con la caña de pescar la mano, esperando a que pique algún 'jarabuguillo'. Al lado tiene una mesa de camping con objetos varios, entre ellos medio fuet, y en la que su mujer acaba de colocar un plato de mejillones en escabeche. «Es el vermú, o como yo le llamo, la hora del ángelus», ríe él. «Solemos venir aquí los lunes, que es el día que mi primo hermano –que está con él– cierra su negocio, el Asador Extremeño en Talavera La Real», explica Antonio. Él, su mujer, su primo hermano, el niño y la niña salieron del pueblo por la mañana e hicieron un alto en el camino en Villafranco del Guadiana, para tomar unas tostadas y un zumo de naranja natural en el bar de la plaza. Al mediodía ya estaban en las piscinas fluviales de La Codosera, que son tres y a diferencia de otras de la comunidad autónoma, no son gratis.

Cobran un euro y medio por adulto, con dos excepciones: los pensionistas y los niños de cuatro a catorce años, que pagan un euro. Y otro euro y medio por aparcar el coche, que sube a cinco en el caso de las caravanas y los autobuses. En día laborable, no hay problema para dejar el vehículo bajo una sombra. Otra historia son los fines de semana, cuando se llena hasta el restaurante, que es una enormidad en la que podría comer un batallón militar.

La familia de Barcelona

Caña (de pescar) en mano, Antonio resume su vida a dos pasos de un bote grande de agua en el que brincan los 'jarabuguillos', que son una versión enana del jarabugo, una especie endémica de la cuenca del Guadiana. «Casi toda mi familia paterna vivía en Barcelona, y cuando venían al pueblo, yo veía que tenían buen nivel de vida, que vestían lo que para nosotros era el traje de los sábados y los domingos, y que hacían cosas que nosotros no podíamos hacer, así que hice hasta cuarto de Bachiller en la Politécnica de Badajoz y le dije a mis padres que no quería estudiar más, que prefería ganarme la vida».

Su padre, que había emigrado a Alemania y no quería que sus hijos siguieran ese mismo camino –«no se por qué, igual por el idioma, o por no separarse tanto de la familia», dice Antonio– le concedió el deseo y el chico de 17 años se plantó en la capital catalana, a vivir con sus tíos. Los tres primeros años trabajó en el sector de la confección, y después como albañil. Las últimas dos décadas ha ejercido como encargado de obra. «Hace 43 años que me fui de Talavera La Real, y en ese tiempo no ha habido un solo verano que no volviera al pueblo cada verano –cuenta el emigrante extremeño–. También volví algún invierno, y desde hace tres años no falto a la romería de San Isidro, después de un montón de tiempo sin disfrutarla».

Ahora, la perspectiva es no volver a faltar. Continuar regresando cada vez que pueda. Seguir teniendo cerca sitios como estas pozas rodeadas de alisos y chopos, en un espacio protegido medioambientalmente, catalogado como Zona de Especial Protección de Aves y como Lugar de Interés Comunitario. Ahí echa el día la familia de Antonio, que igual que no tiene fecha fija para regresar a Barcelona, tampoco sabe a qué hora dejará la paz de estas piscinas naturales de La Codosera para volverse a Talavera La Real. Enrollará el hilo en la caña y recogerán las sillas de tijera y las mesas portátiles cuando anochezca. Ese es el plan de Antonio Torres, al que por cierto, en las oficinas de la Seguridad Social en Badajoz, donde dice que le atendieron con tanta amabilidad como eficacia, le están arreglando lo que le estropearon en Barcelona.

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