La huella celta de Extremadura

Los poblados fortificados repartidos por la región, los verracos de piedra y piezas como el Tesoro de la Martela forman parte del legado celtíbero

RITO RELIGIOSO. En el santuario de la ciudad perdida de los celtas se hallaron los restos del último ritual celebrado por sus pobladores . :: / J.V. ARNELAS
José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

Bordeada por el río Sillo, que sirve de frontera entre Extremadura y Andalucía, y asentada sobre la cima de una pequeña colonia en las estribaciones de la Sierra de Aracena se halla la ciudad perdida de los celtas. El sobrenombre que recibe el yacimiento de Castrejón de Capote es evocador, pero tiene una base histórica. Durante más de 2.000 años no se supo nada sobre este poblado.

El yacimiento arqueológico se encuentra en el término municipal de Higuera la Real, aunque algo apartado del núcleo de población, en lo que era la Baeturia, un territorio prerromano comprendido entre las cuencas de los ríos Guadiana y Guadalquivir.

El santuario, ubicado en la parte alta de la ciudad, es el elemento más representativo y el que más información ha aportado a los historiadores. Su principal particularidad es que fue sellado por los romanos al conquistar la zona (se estima que en el año 152 a.C.) y destruir el poblado. De esta forma, los restos del último ritual celebrado quedaron perfectamente conservados. «Están relacionados con el Samhain –antecedente de la fiesta de Todos los Santos y de Halloween– y gracias a los 54.000 trocitos de piezas que aparecieron sabemos que se sacrificaron unos 24 animales, que se consumieron en comunidad, y que el poblado tenía entre 200 y 300 habitantes», manifiesta Victoria Álvarez, historiadora encargada del centro de interpretación y del yacimiento de Castrejón de Capote.

Esos datos se refieren a la primera época del asentamiento, la de ocupación céltica, entre los siglos IV y II a.C. La población aumentó con posterioridad, tras la reconstrucción de la ciudad, en un periodo en el que se mantuvo la presencia de los celtas, pero en el que ya había clara influencia romana. «La separación de las cronologías coincide con la destrucción del poblado», explica Álvarez, que añade que en la estratigrafía se observa que fue quemado.

El descubrimiento de la ciudad perdida se realizó gracias a la aparición de una losa del siglo IX a.C. Esta pieza hacía las veces de dintel en un chozo de pastores, que se conserva en el recinto del yacimiento, y motivó que se iniciara la excavación en la zona. Pese a las expectativas, lo que salió a la luz fue una ciudad de una cronología posterior. El encargado de los trabajos fue el arqueólogo extremeño Luis Berrocal-Rangel, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, quien detalla que «Capote proporcionó la visión más completa que se tenía, y se sigue teniendo, sobre un poblado amurallado, un castro habitado por los célticos, sobre sus murallas, casas y santuarios».

La ciudad perdida de los celtas, en Higuera la Real, es el yacimiento mejor conservado y el que más información ha aportado a los historiadores

Su hallazgo sirvió para corroborar la presencia de los pueblos célticos en la zona, algo que se conocía gracias a las fuentes escritas pero que no se había podido demostrar mediante vestigios. «Casi todo el territorio extremeño estuvo habitado entre los siglos V a.C. y I d.C. por poblaciones que llamamos 'hispanoceltas'», indica Berrocal-Rangel, que cita a los vetones, los lusitanos y los túrdulos.

Conflictos

La llegada de los celtas a la Península Ibérica se produjo en oleadas. Era una época de constantes conflictos bélicos y estos pueblos, llegados del centro de Europa, tenían un marcado carácter guerrero. «Se unieron con poblaciones locales», manifiesta Sebastián Celestino, investigador del CSIC.

Del paso de los invasores por el norte de la región queda el castro del Risco de Villavieja, en el término municipal de Casas del Castañar. Se trata, como todos, de un recinto fortificado y su muralla tenía más de tres kilómetros. Otro ejemplo es La Coraja, en Aldeacentenera, que pudo llegar a los 500 habitantes.

Verracos de piedra expuestos en el jardín del Museo de Cáceres:: ARMANDO
Verracos de piedra expuestos en el jardín del Museo de Cáceres:: ARMANDO

Uno de los poblados célticos más representativos es el de Villasviejas del Tamuja, en la localidad de Botija. «Es de origen vetón», puntualiza Celestino. En este castro aparecieron varios verracos, otro de los elementos identificativos de esta cultura.

Los verracos son esculturas zoomórficas, talladas en grandes bloques de granito. Su realización originaria se debe a los vetones, uno de los pueblos celtíberos que se agrupan bajo la denominación de mundo céltico. En Extremadura, estas piezas representan cerdos, principalmente, pero en el resto de zonas del territorio peninsular –Castilla y León, Castilla-La Mancha y Portugal– también toros y jabalíes.

Los verracos están datados entre los siglos IV a.C. y I d.C y en la región solo se encuentran en la provincia de Cáceres, sobre todo en la parte oriental, aunque hay alguna excepción, como el que se halló en Coria. «Son una muestra de la influencia ibérica dentro de la ideología y de la estética celta de estos pueblos», añade Berrocal-Rangel.

El Museo de Cáceres tiene expuestas varias tallas, para las que existen diferentes teorías. Los historiadores se han referido a su uso como elementos funerarios o símbolos religiosos relacionados con la protección del ganado. «Otra tesis es que eran hitos en el terreno para señalar caminos para la trashumancia», opina Celestino.

En el sur de la provincia de Badajoz, además del Castrejón de Capote, se encuentra el castro de La Martela. La aparición del conocido como Tesoro de la Martela –tres placas trapezoidales y un colgante de oro que se conservan en el Museo Arqueológico de Badajoz– en un cerro de la sierra homónima, en Segura de León, motivó la excavación en la que se halló este poblado.

En el mismo espacio expositivo pacense se conservan otras piezas relacionadas con el legado celta y en el Museo de Arte Romano de Mérida hay algún verraco de piedra que fue reutilizado con fines funerarios en época romana.

Igualmente hay yacimientos extremeños que han aportado material cerámico y construcciones célticas, como la ermita de Belén, en Zafra; Los Castillejos, en Fuente de Cantos, o la propia Alcazaba de Badajoz, según el profesor de la UAM.

Vista general del los castros celtas de Castrejón de Capote

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Sin excavaciones

En la ciudad perdida de los celtas «solo se ha excavado menos del cinco por ciento de los más de 30.000 metros cuadrados que componen el poblado amurallado», expone Berrocal-Rangel, arqueólogo y director de las excavaciones de Castrejón de Capote, que lamenta que no se hagan trabajos sistemáticos en el terreno desde hace más de 20 años. «Tampoco parece haber habido una iniciativa política o privada encaminada a continuar las excavaciones, más allá de su musealización y apertura al público en 2006», indica el arqueólogo, que añade que las ruinas se van deteriorando progresivamente. En la misma línea se expresa Álvarez, que echa en falta una mayor inversión en el yacimiento, que ha estado cerrado durante varios meses.

Interior de un castro

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Aún así, el porcentaje excavado ha servido para convertirse en un referente en el mundo céltico ya que se conoce muy bien su estructura. Las labores arqueológicas han posibilitado que se pueda ver parte de la muralla, la puerta de acceso a la ciudad, el taller de metalurgia, la calle principal, el santuario y las edificaciones aledañas –todas con techo de paja que ya no se conserva–, unos callejones y unas casas algo alejadas del espacio de culto, que son de la última época.

Además, en el recinto del yacimiento se mantiene el chozo en el que apareció la losa y un molino harinero del siglo XV, que es el más antiguo de la zona y uno de los 23 que componen la ruta senderista de los molinos, que tiene un tramo que transcurre por las inmediaciones del poblado celta.

En el dintel del chozo de pastores apareció la losa de Capote. :: J.V.A.
En el dintel del chozo de pastores apareció la losa de Capote. :: J.V.A.

Unas 5.000 personas se acercaron a la ciudad perdida de los celtas en 2017, por lo que se trata del recurso turístico más potente de Higuera la Real, al que se puede sumar su patrimonio religioso y el centro de interpretación del cerdo ibérico. «Es un referente a nivel arqueológico en el sur de España», detalla Antonio Barragán, responsable de la Oficina de Turismo municipal.

Hace más de 20 años que no se excava de manera sistemática en el Castrejón de Capote

Los turistas extremeños y andaluces, dada la cercanía de esta región, son los más habituales tanto en Castrejón de Capote como en la localidad. En los datos de visitas hay una gran presencia de centros escolares, ya que el yacimiento está incluido en la red Conoce Extremadura. «Para los alumnos se preparan talleres y actividades, porque el recinto tiene posibilidades desde el punto de vista de la educación física, la biología, la geología y la historia», considera Álvarez.

Taller metalúrgico celta

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Igualmente, la ciudad perdida de los celtas acoge a visitantes atraídos por el turismo astronómico y el espiritual. En este último caso, coincidiendo con el puente de Todos los Santos, los responsables del centro de interpretación organizaron, para la tarde noche de ayer, la celebración de la fiesta del Samhain por segundo año consecutivo. Esta festividad celta, la misma que se celebró antes de la destrucción del poblado por los romanos, ya acogió el año pasado a un centenar de personas. «Haremos unos actos similares a los que hacían los celtas, pero sin sacrificar animales», bromea Álvarez.