«Turista: ¿Quiere tener unas vacaciones seguras? ¡Venga a Cáceres!»

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

En las magníficas tertulias a la luz de la Luna en Cáceres, ahora tenemos una baja: el compañero del Hoy Digital, Manuel Caridad, no está. Le hemos convencido para que fuera a ver a dos de sus sobrinos que están trabajando en una cadena hotelera en Edimburgo, en donde dicen que el 10% de sus 470.000 habitantes son españoles que encuentran allí lo que no tienen en su tierra: trabajo.

Caridad cogió el avión en Madrid y allí anda. De vez en cuando nos manda por WhatsApp fotos curiosas como una de una joven arropada con un edredón subida en un tejado. «Están locos estos escoceses -escribía-. Buscando la luz y el Sol que a nosotros nos sobran, no tienen cortinas en las ventanas y se suben a los tejados. Son raros. Muy blancos, como a medio hacer, están borrachos a las diez de la noche y comen muy mal. No tienen sábanas en la cama, les gustan los cementerios, tienen a la oveja Dolly disecada en un museo... Son muy raros». Nos ha dicho que hay jóvenes españoles por todas partes, que están deseando volver a España para huir de la lluvia, «quieren volver, aunque muchos reniegan de la España que no es capaz de darles trabajo. Una lástima».

Eché en falta a Caridad la noche del 12 de agosto, porque alguien en la tertulia recordó que era el Día Internacional de la Juventud, y se empezó a hablar de que Extremadura es la región que lidera el paro juvenil, dando cifras buscadas en el móvil: «en Extremadura la tasa de paro juvenil es del 47%, mientras que en Navarra es del 22,9% y en La Rioja del 28'9%», «en los últimos cinco años 13.000 jóvenes se han ido de Extremadura buscando trabajo».

Entre tanta cifra mala, entre tanta oscuridad, el fotógrafo Salvador Guinea dio algo de luz:

–Nosotros no tenemos industria para dar empleo a los jóvenes, pero sí que podemos potenciar el turismo –dijo–. Tenemos que atraer a los turistas, pero además de enseñarle sitios hermosos, que los tenemos de sobra, debemos darles lo que otros no tienen. Vamos a ver: estamos cansados de escuchar noticias de turistas a los que roban y matan en Barcelona, de los carteristas en el metro de Madrid, de jóvenes golpeados salvajemente en discotecas del Levante, y aquí estamos en la provincia más segura de España y posiblemente de Europa. Eso hay que potenciarlo. Hay que poner anuncios en los periódicos británicos con frases contundentes junto a hermosos paisajes extremeños, frases como: «Turista: ¿Quiere tener unas vacaciones seguras? ¡Venga a Cáceres!»

La verdad es que los periodistas que allí estábamos coincidimos en que en los Días de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, siempre nos muestran las estadísticas en las que la provincia de Cáceres se señala como la más segura. Yo incluso recordé que el 26 de febrero de 2018, vino a Cáceres el entonces director general de la Policía, Germán López Iglesias, a la toma de posesión de un nuevo comisario, y la entonces alcaldesa de Cáceres, Elena Nevado, causó cierto asombro cuando dijo que si Cáceres era la capital de provincia más segura de España se debía, «al perfil de los cacereños».

Cuando me fui a dormir a las doce de la noche, vi en la zona de mi biblioteca al difunto Sanjosé, que no se me va de casa. Con él hablé de lo tratado en la tertulia, y me dijo: «Eso del perfil tranquilo y afable de los cacereños no es ninguna tontería. Mira, ya lo dijo aquí Miguel Muñoz de San Pedro, en su libro 'La ciudad de Cáceres'». Cogió de una estantería un libro de pasta blanca y empezó a leer lo que escribió el Conde de Canilleros sobre el día de las elecciones en Cáceres el 12 de abril de 1931:

«Aunque nunca intervine en política, por sentir hacia ella profunda aversión, en este día, en el que se ventilaban decisivos conceptos ideológicos, estuve como agente electoral de la candidatura monárquica, en el colegio instalado en la planta baja de la Diputación. En el mismo sitio, y representando a los socialistas, pasó también aquellas horas una de las más destacadas figuras del socialismo cacereño, con quien yo había hablado en varias ocasiones. Cerradas las puertas de la calle, para proceder al escrutinio, ambos quedamos en un cuarto contiguo al en que se celebraba esa tarea. Todos los que formaron conmigo el grupo de agentes electorales de la Monarquía en aquel colegio, se fueron antes de que cerrasen. Yo quise quedarme hasta el final, y estaba, inactivo, apoyado en el alféizar de una ventana.

Cuando el aludido dirigente socialista, al que rodeaba un numeroso grupo de obreros, vio que me había quedado solo, vino hacia mí y, respetuosamente, comenzó a hablarme. Los obreros trazaron semicírculo, en torno nuestro, escuchando la conversación, que fue una charla de objetivos comentarios sobre las elecciones, de las que ambos sabíamos el resultado que iban a arrojar. Yo pensé entonces, y lo he recordado siempre, todo el valor simbólico de aquel cordial diálogo, que compendiaba el Cáceres de siempre: el de la convivencia sin distancia ni desplantes entre el de arriba y el de abajo; el Cáceres centenario y tradicional, forjado por el pueblo y la nobleza, con un espíritu pleno de hermandad. Aquel directivo y yo éramos en aquel momento dos símbolos, porque representábamos dos clases sociales, dos mundos, dos conceptos ideológicos diametralmente opuestos. Cuando concluía el escrutinio, terminó nuestra amistosa charla, con este comentario de mi interlocutor.

–Hoy hemos ganado nosotros; otra vez ganarán ustedes. Hoy hemos sido adversarios, no enemigos, mañana todos volveremos a ser nada más que cacereños.

Esta noble psicología de los nacidos en Cáceres, iba a evitar muchos males y a mantener una cordial línea de conducta».

Aunque el libro no lo aclara, el difunto y yo llegamos a la conclusión de que ese dirigente socialista no podía ser otro más que el ejemplar Antonio Canales, que sigue sin tener estatua en Cáceres.

Sanjosé también me dijo que el actual edificio de la Diputación se encuentra en el solar que ocupó el Convento Jerónimo de Santa María de Jesús, fundado en el siglo XV; que se reedificó en 1871 para albergar la Diputación, así como el Gobierno Civil, la Inspección de Vigilancia, una Escuela Normal de Maestras y otra de párvulos. En el siglo XIX se abrió la puerta a la Plaza de Santa María, porque antes el acceso era por otra calle. Entre 1950 y 1965 se hicieron nuevas reformas, colocando la actual portada renacentista que vino del Seminario del Obispo Galarza.

Bueno. Hoy me ha llamado el sobrino mayor de Caridad.

–Te mando a tu amigo en avión a Madrid, llegará mañana a las once por si quieres ir a buscarle –me dijo–, y, por favor, cuando le oigas decir que va a venir a vernos: avísame, que ya vamos a verle alguno de nosotros. Que aquí nos la lía.

–Pero ¿qué ha hecho?

–Pues que estábamos hablando los tres tranquilamente en una taberna, vio que se iban a sentar a nuestro lado tres hombres y una mujer; pero nos miraron, dijeron algo y se fueron. Mi tío me preguntó qué era lo que habían dicho, porque escuchó que uno dijo 'spanish', y yo le dije la verdad: que no se querían sentar a nuestro lado porque éramos españoles. Entonces él pegó un puñetazo en la mesa, se levantó y se encaró con ellos. Mi tío no sabe ni papa de inglés y sólo se les ocurrió decirles un insulto que lo debe de haber sacado de El Quijote: '¡Hideputas!' les gritó, y se agarró con el más grande que le sacaba dos cabezas. Te va a llegar con un ojo morado, pero el otro quedó peor. Le calmamos, pero la mala leche por lo ocurrido no se le iba y empezó a beber como un cosaco. Nos echaron de dos locales de la zona de la película Trainspotting; y de madrugada, camino del hotel, fue yendo de un lado a otro de la Royal Mile, cantando el pasadoble '¡Qué viva España!'. Por favor, que no vuelva.

–Oye, una curiosidad... ¿tu tío es de Cáceres?

–¿A qué viene eso?

–Es que se me está desmoronando un mito.

–De Cáceres Cáceres no es, pero el dice que sí, porque asegura que los cacereños son como los de Bilbao, que nacen donde quieren.

¡Madre mía! Si algún día se nos llena Cáceres de británicos habrá que tener vigilado a Caridad. ¡Qué cruz, Dios mío. Qué cruz!