¿Rompió o no rompió Pío Baroja farolas en Cáceres?

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Hay cosas que no deberían hacerse con pobres juntaletras como el que esto escribe, que lleva ya 33 años publicando noticias sobre crímenes y criminales, y que aún no se acostumbra a que cada dos por tres alguien le asegure que va a terminar con su vida (dos de ellos condenados). Lo digo porque la otra mañana me llevé un susto de muerte cuando estaba comprando en el Carrefour de Cáceres, y mientras me encontraba en la sección de latas, buscando pimientos de piquillo para hacerlos rellenos con gulas, escuché a mi espalda una potente voz:

–¡Hombre! Si es Sergio Lorenzo… ¡A ti te quería yo ver!

Me volví enseguida, mirando sorprendido a un fornido desconocido mientras con mi mano derecha sujetaba con fuerza una lata de 800 gramos de tomate triturado (de 'categoría extra' para más señas), que fue lo más contundente que pude coger mientras me giré lo más rápido que pude.

–Vamos a ver – me empezó a decir el individuo mientras yo estaba acorralado, con el muro de latas a mi espalda –. Es que el otro domingo escribiste… – ya me esperaba lo peor, cuando se iluminó el día – sobre Pío Baroja, sobre su libro 'La Dama Errante' que recuerda el viaje que hizo con su hermano Ricardo, el pintor, por Extremadura, y me extrañó que no escribieras que Pío Baroja estuvo en Cáceres y que rompió a pedradas varias farolas porque le molestaba la luz para contemplar la Ciudad Monumental.

Ya aliviado, al saber que no iban a intentar partirme la cara como otras veces, dejé la lata de tomate en su sitio y durante varios minutos estuvimos charlando el ya nuevo amigo y yo del gran Pío Baroja, del que mucha gente desconoce que fue uno de los más destacados escritores andarines, más incluso que Unamuno. Hablamos de cuando Ernest Hemingway fue a verle en su lecho de muerte en 1956, en su casa de Madrid, para regalarle su libro 'Adiós a las armas', una botella de Walker, una bufanda y unos calcetines, diciéndole: «Daría mi Premio Nobel a cambio de poder escribir como usted». También hablamos de que un joven Camilo José Cela le pidió que prologara su novela de tintes extremeños, 'La Familia de Pascual Duarte', y que él no lo hizo pensando que no iba a pasar la censura y que les iban a meter a los dos en la cárcel. Luego Cela sería uno de los que llevarían a hombros el ataúd del genio, un ataúd del que escribiría en un gran artículo que desteñía.

Le dije al nuevo amigo que había escuchado hablar de esa anécdota de Baroja y las farolas de Cáceres, pero que no había escrito sobre ella porque no estaba seguro que hubiera sucedido, porque por más que había buscado, no había encontrado nada fiable. «Y, ¿no conoces a nadie – me preguntó el apreciado lector – que te pueda decir si rompió o no rompió Pío Baroja farolas en Cáceres?». Me quedé pensativo: «¡Igual sí!», le respondí mientras hacíamos juntos la larga cola para pagar en caja.

La curiosidad pudo más que el orgullo, y ese mismo día fui a preguntarle a un amigo con el que llevaba unas semanas algo enfadado.

Al atardecer, fui a buscar al difunto Sanjosé a la Plaza de San Mateo, sitio al que suele ir para ver en la iglesia el cuadro del Cristo de la Encina. Le vi de frente cuando salía del templo.

–¡Hombre! – me dijo – Si es el periodista tiquismiquis. El que se molesta si se le despierta por las noches y se le anda en sus libros.

–Venga maestro, que somos amigos...

–Ahórrate el peloteo, que ya sé a lo que vienes. Vete a la Biblioteca Pública y pide en el mostrador de la primera planta el libro R/2867. Ah... y ya quedamos un día para pasear. ¿Sin rencores?

–¡Sin rencores! Gracias

Fui a la mañana siguiente a la Biblioteca y la amable joven que me atendió me entregó un libro de gran tamaño: 'Cáceres en blanco y negro', del fotógrafo Valentín Javier y el escritor Pedro de Lorenzo. No podía sacarlo del edificio y me pasé media hora haciendo fotos a las páginas. Ya en casa di con la solución en la página 50 de este libro en el que Pedro de Lorenzo enseña su Cáceres:

«En sus escapadas de Madrid, Baroja, con su hermano Ricardo y Ciro Bayo, las más veces luego con Ortega, se adentra en Extremadura.

Llegan Ortega y Baroja a Cáceres. Solos, noctívagos, lentamente paseando el barrio antiguo, Baroja rompe el silencio. Algo más que el silencio. Ensimismado del nocturno, Pío Baroja se llaga de una luz; se agacha, arranca un guijo, su civilidad le contiene, y susurra:

–¡Sobra ese farol!

Suelta la piedra, y se libra el importuno farol. ¡Fue así! Baroja aquella noche, testigo Ortega y Gasset, censura duro y acre las farolas que a su juicio desmerecían la ciudad».

¡Ahí estaba! Lo había escrito Pedro de Lorenzo: Baroja no había roto farolas en Cáceres... pero estuvo a punto.

Me extrañó el que un cívico Baroja estuviera tan cerca de ser un gamberro. Lo comenté la otra noche paseando por la Ciudad Monumental con el fotógrafo Guinea y Sanjosé, y me sorprendió que Guinea creía saber el motivo.

–Yo creo que lo hizo una noche de Luna llena. A mí me gusta hacer fotos por aquí con la luz de la Luna, y la verdad es que molestan los faroles. Yo creo que el Ayuntamiento debería apagar las farolas y que todo de llenara del color blanco y azul de la Luna llena.

–No estaría mal, y además el Ayuntamiento se ahorraba algo de dinero, que tampoco viene mal – apuntó Sanjosé.

–¿Tan bonita es la Ciudad Monumental con la Luna llena? – me atreví a preguntar.

–¡Vaya periodista! – me dijo el difunto que aún me la tenía jurada – Si no has visto la Ciudad Monumental con Luna llena... ¡No has visto nada! ¡Nada!

Y así quedamos los tres para volver a pasear por la ciudad antigua, la próxima noche de Luna llena: el 21 de enero. Espero contenerme y no romper ni una farola.

 

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