Una Medalla de Villanueva para el becario que acabó presidiendo Mapfre

Antonio Huertas posa con la corporación municipal de Villanueva. :: f. h./
Antonio Huertas posa con la corporación municipal de Villanueva. :: f. h.

Antonio Huertas se convierte en el séptimo villanovense en recibir la máxima distinción que concede la ciudad

FRAN HORRILLO

Desde el viernes por la noche, Antonio Huertas Mejías engrosa la selecta nómina de villanovenses que pueden presumir de lucir sobre su cuello la Medalla de Villanueva de la Serena. Se trata de la máxima distinción que se concede en la localidad villanovense y en esta ocasión fue a parar a un hombre que se incorporó a Mapfre en 1988 como becario y en sólo 24 años logró ascender a la cima de esta multinacional, líder de seguros en España, y que preside en la actualidad.

Precisamente, un anuncio de trabajo en un periódico fue el origen de una meteórica carrera. En concreto, se buscaban 'licenciados sin experiencia para vender seguros'. Antonio Huertas acababa de terminar la carrera de Derecho en Salamanca y aunque no tenía ni idea del tema de los seguros, le sedujo la idea de probar. Eso sí, antes tanteó a su padre, que no le puso pegas por el hecho de que el contrato que le ofrecían fuera de tan sólo tres meses y el sueldo de 60.000 pesetas al mes. «Menos te pagaban de estudiante ¿no hijo?», le respondió.

Este villanovense aceptó el reto, entrando en Mapfre a los 24 años. Una empresa que no ha abandonado en estas tres últimas décadas y en la que ha ido escalando merced a sus méritos y su valía.

«Antonio se forjó en la cultura del esfuerzo, de la renuncia y de prestarse»«Siempre tuve el sacrificio personal como guía», afirmó el homenajeado tras recoger la medalla

En el acto de entrega de la Medalla de Villanueva que se celebró en el Palacio de Congresos, Huertas estuvo arropado por sus familiares y amigos, entre ellos el periodista Pedro J. Ramírez. El vicepresidente de Mapfre, Ignacio Baeza, fue el encargado de ofrecer una semblanza sobre la trayectoria profesional del homenajeado. Su compañero y amigo recordó que su primer destino fue la oficina de Málaga. Allí llegó y vio una caja sin abrir en un rincón. Era un ordenador, que Antonio no dudó en instalar, convirtiéndose en el único de la oficina que le dio uso. De hecho, como recordó Baeza, «la tecnología siempre ha sido una apuesta de Antonio».

Aunque, sin duda, uno de los puntos de inflexión en la carrera de Huertas fue su llegada a Puerto Rico. En aquel país, el catastrófico huracán Georges, que asoló la isla en 1998, supuso una auténtica oportunidad para seguir aprendiendo: «Tuvo que gestionar miles de seguros de familias que se habían quedado sin nada y, sin duda, fue su mejor escuela», afirmó Baeza.

Tras siete años en la isla caribeña, donde ostentó altas responsabilidades, Huertas regresó a España donde mantuvo «una progresión constante basada en sus éxitos, hasta que en marzo del 2012 asumió la presidencia de Mapfre, convirtiéndose en uno de los CEO más jóvenes del Ibex 35 gracias a su personalidad marcada, a su liderazgo, a su capacidad de trabajo y a su honradez ya que, como nos recuerda y tenemos interiorizado en Mapfre, sin ética no hay negocio».

Cultura del esfuerzo

Su amigo Javier del Pueyo fue el encargado de ofrecer durante el acto una semblanza personal de Huertas. Javier quiso poner en valor la figura de los padres de Huertas, Felipe y Carmen, que le inculcaron al ahora presidente de Mapfre «la cultura del esfuerzo, del sacrificio, de la renuncia, de prestarse y dándole a entender que en casa no había más». Con esa educación y formación se forjó Antonio.

Eso sí, como reconoció Javier, a su amigo desde siempre le llamó la atención la literatura, la poesía o la historia, y no el derecho que es lo que al final acabó estudiando. De hecho, recordó varias anécdotas de la niñez, como cuando venían de la escuela y Antonio llegaba a casa recitando pasajes del Lazarillo de Tormes, que luego acabó representando. O cuando para 'disfrazarse' de Quevedo, utilizó una camisa blanca y el pantalón negro que llevó su padre en su boda.

Javier valora de su amigo que «siempre confió en su constancia y su capacidad de sacrificio, y se centró en sus metas y objetivos sin distraerse en nada más».

El alcalde, Miguel Ángel Gallardo, fue el encargado de entregar la medalla al homenajeado, del que quiso destacar su humildad. Además, valoró el hecho de que la ciudad que preside, Villanueva de la Serena, sea generosa «con aquellos hijos ilustres que ponen en valor a su pueblo, allá donde van, y son los mejores embajadores en el conjunto de España y el mundo». Ese es el caso de Antonio Huertas, séptimo villanovense en recibir esta distinción tras Antonio Guisado, Pedro Muñoz, Tomás Parejo, José Manuel Calderón, José Luis Pérez Chiscano y Jesús Sánchez Adalid.

Cerró el acto el propio Antonio Huertas, que en primer lugar pregonó a los presentes su orgullo de ser villanovense. Es más, dijo sentirse identificado con aquel niño que va con su abuelo a por sandías en el serón del burro, de la famosa escultura que preside las Pasaderas.

Tras recordar sus orígenes familiares y varios episodios de los «años felices» de su niñez, Huertas dejó claro que siempre tuvo el «sacrificio personal como guía». Además, se mostró tajante al asegurar que «hay que abandonar el localismo». Y no quiso dejar pasar la oportunidad para denunciar la «situación de aislamiento que presenta nuestra región, con unas comunicaciones ferroviarias del siglo XIX», al tiempo que no dudó en apuntar que «aunque tenemos un buen sistema educativo, hemos ido perdiendo calidad y, por ello, nuestra educación debería especializarse más».

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