«Mi mujer se llevó una desilusión al saber que era fotógrafo»

«He sido un personaje anormal en la vida española, por la autoridad que llegué a tener», asegura el retratista más famoso del país

CÉSAR COCA
«Mi mujer se llevó una desilusión al saber que era fotógrafo»

Tiene Alberto Schommer (Vitoria, 1928) un velo de tristeza en la mirada. Es el retratista por excelencia del tardofranquismo y la democracia. El hombre que se atrevió a poner una espada en la mano de Fraga, logró que Andy Warhol pintara una de las barras de la bandera estadounidense, escribió un interrogante en la frente de Suárez y vistió al falangista Girón de Velasco con un mono de obrero. Tiene a su espalda una fecunda carrera de seis décadas tomando imágenes en todo el mundo y de todo el mundo, y recibió hace apenas tres meses el Premio Nacional de Fotografía. Pero no hay galardones ni honores que curen la herida de la terrible soledad en la que lo ha sumido la muerte de su esposa. Sentado en el despacho de su casa de Madrid, rodeado de libros, enormes reproducciones de algunas de sus fotografías, grabados de Chillida y arte por doquier, confiesa que ha renunciado a cualquier contacto con las cosas de su mujer, tal es el sufrimiento que le causa. Solo cuando se habla de su carrera y sus proyectos, sus muchos proyectos, reitera, remonta el vuelo y entonces las historias se suceden en su boca, con un orden riguroso, diríase germánico y no sería una metáfora puesto que su padre nació en aquel país.

- ¿Cómo llegó su padre a España?

- Fue en 1914, justo con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En San Sebastián vivían algunos familiares suyos por parte de madre. Eran los Koch, y llevaban unos años asentados allí. Con ellos, mi padre aprendió euskera casi antes que español. Después se fue a Zaragoza, pasó por Madrid y terminó por recalar en Vitoria, no sé muy bien por qué. Se encontró a gusto y se quedó. Puso un estudio de fotografía y como era un extranjero de buena facha aquello se llenó de chicas. Una le gustó: mi madre.

- ¿Qué recuerdos tiene de su infancia en Vitoria?

- Guardo muchos... Soy nieto de uno de los mejores confiteros de la ciudad, mi abuela me adoraba, vivíamos varios grupos familiares en distintos pisos de la misma casa y estábamos muy unidos. Recuerdo que durante la Guerra Civil cayeron unas pocas bombas. Entonces nos íbamos a un sótano, pero creo que no había demasiado riesgo. Tengo la imagen de algún desfile de tropas que se dirigían al frente vestidos de manera poco elegante y con cañones a lomos de mulos.

- ¿Y de la postguerra? ¿Tener apellido alemán le diferenciaba de alguna forma?

- Mi padre era antifascista, pero había en la ciudad un par de alemanes que daban órdenes a todos sus paisanos y a él le obligaron a poner en la tienda las banderas española y alemana y una con la esvástica, que procuraba ocultar como podía. En Vitoria había un campo de aviación y la Luftwaffe tenía allí algunos aparatos.

- ¿Pasaba mucho tiempo en la tienda de fotografía de su padre?

- No, iba más bien poco. Durante muchos años, la fotografía no era más que el trabajo de mi padre y no había visto ni un libro ni una revista de fotos. A mí, a los quince años, lo que me gustaba era pintar, y no lo hacía mal.

- ¿Recuerda sus primeras fotos?

- Sí, fue durante un viaje a Alemania para ver a mis abuelos. Pasamos por París y estuve en la torre Eiffel. Mi padre tenía una 'leica' y con ella sacaba fotos de cosas que quería pintar. Me ponían una velocidad y un diafragma y yo disparaba. La gente salía movida, y luego eso ha resultado de una gran modernidad...

- También se interesó mucho por el cine.

- Eso fue después, pero es cierto. Frecuentaba un cine-fórum en el que veíamos muchas películas del neorrealismo italiano. También vimos allí 'El acorazado Potemkin' y las primeras de Bardem y Berlanga. Este último fue una vez a Vitoria y le llevé al estudio de mi padre para sacarle una foto.

- En 1952 se va a estudiar a Alemania. ¿Se notaba aún en aquel país la huella de la guerra?

- Tengo dos recuerdos de aquellos meses. El primero es de mi llegada a Hamburgo, en invierno. Recuerdo el frío y un parque que había junto al colegio donde me alojaba y al que los chicos iban a patinar. Luego estuve con mis tíos en Hagen, Westfalia. De vez en cuando acompañaba a mi tío, que repartía productos farmacéuticos y pasábamos por lugares donde había muchísimos militares norteamericanos.

Cambio de rumbo

Al regreso de Alemania se casó y decidió dedicarse a la fotografía. Por primera vez, habla de su mujer sin que el tono de su voz cambie. «Ella pensaba que yo era pintor incluso después de la boda, y se llevó una desilusión al saber que hacía fotografía», dice esbozando, solo esbozando, una sonrisa. Y explica sus contactos con el grupo Afal, que se había creado en Almería aunque buena parte de sus integrantes eran catalanes, y las imágenes que, ampliadas en el laboratorio siguiendo sus instrucciones, más tarde exponía en la tienda paterna. Esas fotos pudieron haber cambiado su vida cuando un francés que pasó por la ciudad las vio y entró para preguntar quién era el autor.

- Me dijo que eran muy buenas y me invitó a ir a París, a su casa. Fui con mi mujer y allí nos presentó a fotógrafos de la ciudad. Yo les enseñé algunas fotos que había llevado y por su silencio me di cuenta de que estaban impactados. También conocí a Balenciaga, que me propuso trabajar con él. Me ofreció una suma enorme, como 100.000 pesetas al mes, que para entonces era una cantidad millonaria.

- Pero no aceptó. ¿Por qué?

- Mi padre se negó a que yo me marchara de Vitoria. Tuvimos un altercado muy duro y regresamos a España, pero nos instalamos en Madrid. El problema fue que aquí no había nada. Solo alguna agencia de publicidad en la que estuve un par de años, pero sin interés, porque tenía que hacer el trabajo como ellos me decían.

- ¿Cómo se convirtió en retratista?

- Un día me llamó el director de 'ABC' para pedirme retratos de chicas guapas. Me negué, pero tenía que aprovechar esa oportunidad, así que hice unas pocas fotos: López Bravo con un bebé en brazos, Chillida extendiendo un puño, y alguna más. Y se las llevé. Me dio la mano y me dijo que aquello era mucho mejor que lo de las chicas. Estuve tres años haciendo esos retratos, que luego salieron en un libro.

- Muchos políticos de la época aparecieron en esa serie. ¿Qué opinaba Franco de aquello?

- Un día, caminando por la calle Serrano, vi cómo un coche enorme, oficial, se paraba junto a mí y de él bajaba López Bravo. Fue él quien me dijo entonces que en una ocasión, al acabar un Consejo de Ministros, Franco les dijo que, mientras ocuparan el cargo, no podían posar para «ese fotógrafo extranjero». Él creía que, con mi apellido, lo era.

- ¿Franco, o alguien en su nombre, no le pidió nunca un retrato?

- Solo una vez, tras una exposición de mis fotos. Vino alguien a proponérmelo. Querían una cosa muy oficialista. Me negué.

- ¿Quién fue el personaje más interesante que retrató en esos años?

- Tarancón, una persona normal que me cayó extraordinariamente bien, el que mejor. También López Bravo. Hice fotos a poetas. A José María Pemán lo saqué en plan negativo, con una corona medio caída en la cabeza. Me hice amigo de Celaya, a quien también fotografié. Y a José Antonio Girón lo retraté con un buzo de obrero y un faisán muerto en la mano. Cuando la vio, el director de 'ABC' me pidió que le hiciera otra porque aquella le parecía muy dura. La repetí, en esa ocasión con un libro que ponía 'libertad' y un gesto muy duro.

- ¿Nadie se negó a que lo retratara?

- Se les hacía el culo agua de que les llamara. No entendían el juego político, no se daban cuenta de que les criticaba.

- ¿Y ya en la democracia? Hizo una serie semejante pero con personajes nuevos.

- Me llamó Juan Luis Cebrián, que entonces era director; ahora es empresario. Las fotos eran para el semanal de 'El País' y empecé el proyecto buscando a quien había hecho la máscara mortuoria de Franco. Le engañé diciendo que quería conservar esa imagen, pero lo que hice fue convertir la foto en un montón de polvo. Aquello causó furor. Luego saqué a ministros, grupos políticos, empresarios...

El alma de los modelos

Sentado tras la mesa de su despacho, ocupada con libros, carpetas y dos viejas cámaras analógicas -no usa las digitales-, Schommer desgrana recuerdos de esos años en que se convirtió en el retratista por excelencia: habla de cómo Suárez no quiso dejarle que le pintara un interrogante en la frente y de cuando Fraga no aceptó coger una espada y un escudo en presencia de sus colaboradores más inmediatos de Alianza Popular y tuvo que apelar a la palabra dada. «Nadie se metía conmigo porque era un personaje anormal en la vida española, por la autoridad que llegué a tener».

- ¿Un retratista llega a penetrar en el alma de sus modelos a través del objetivo de la cámara? ¿Usted se dio cuenta de que algunos de sus personajes no eran trigo limpio? Le daré un nombre: Mario Conde.

- Cuando ponía la cámara frente a ellos, ya sabía lo que pensaban y cómo eran porque había preparado mucho las sesiones. No es el caso de Mario Conde, porque me citó él y me llevaron a su despacho. Preparé todo y cuando acabábamos de empezar le llamaron por teléfono. Estuvo hablando como media hora y al regresar dijo que no quería hacer la sesión. Tuve que arreglarme con las pocas que había hecho antes, en las que aparece apoyado en una silla con una tela detrás. No es una imagen crítica, es la foto de un hombre que quería ser mimado e intentó embaucar al Rey. Y si no es por Sabino Fernández Campo, lo habría logrado. Pero le diré que no es posible engañar a la cámara. Podían venir sonrientes, pero poco a poco les hacía ponerse serios y terminaba por aparecer su rostro real.

- ¿Cuánto duraba una de esas sesiones?

- Siempre tenía todo preparado para cuando llegaban, para acortar la sesión. Si se trataba de un grupo podía ser una hora. Si era solo una persona, quince o veinte minutos, no más.

- ¿Los artistas relacionados con la fotografía se comportaban de otra forma? Lo digo por Susan Sontag o Andy Warhol.

- Con Sontag no tuve ningún problema. Hablábamos en alemán y no le importó que yo, un desconocido para ella, la fotografiara en el hotel donde se alojaba. Lo de Warhol fue distinto, una batalla. Me dijo que allí el único que tenía ideas creativas era él. Yo quería envolverlo en una bandera de su país, ponerle un pincel en la mano y que pintara la raya roja. Apenas estuvo dos segundos haciéndolo, el tiempo para dos disparos. Luego le gustaron y se dejó hacer alguna más. Se dio cuenta de que en ese momento era tan poderoso creativamente como él.

- ¿Y cómo empezó a escribir?

- Todo surgió del atentado de ETA contra Carrero Blanco. Fue aquí cerca (se refiere a su casa, próxima al Retiro) y mi mujer llamó a la Policía para avisar de que había habido una explosión que ella creía de gas. Es su aviso el que aparece en el atestado. A raíz de eso, publiqué 'El grito de un pueblo'. Para mis libros solía pedir prefacios a poetas y escritores, y luego añadía un texto en el que contaba mi manera de trabajar y lo que había tras las fotos. Descubrí que me gustaba y seguí haciéndolo.

- También ha viajado por todo el mundo.

- Es consecuencia del encargo que me hizo el Rey, en 1977, de algunos retratos de la familia. Nos caímos bien y me pidió que fuera en todos sus viajes. Tengo anécdotas de muchos de ellos, en especial de uno a Argentina cuando aún estaba Videla.

- ¿Qué sucedió?

- Yo quería aprovechar para subir en helicóptero y fotografiar el Río de la Plata. Un oficial del Ejército me acompañaba. Despegamos y abrió la puerta para que pudiera hacer las fotos. Pasé un rato muy malo porque parecía que me iba a precipitar al vacío, pero lo peor fue cuando el militar me comentó con mucha sorna: «Tenga cuidado que no sabe usted cuánta gente se ha caído así al mar». Al bajar, se ofrecieron para llevarme al hotel y cuando íbamos en el coche me dijeron que si para esa noche quería una chica de las que veíamos por la calle, se lo dijera. No importaba que tuviera pareja, añadieron. «Eso no se puede hacer», les comenté yo. Y ellos me contestaron: «No lo podrá hacér ese imbécil de Rey que tenéis, pero aquí sí se puede». Yo no podía tolerar eso, así que me fui.

- Si solo se conservara una de sus fotos, ¿cuál elegiría?

- Una de mi esposa. Era la mujer más hermosa que he conocido. No he vuelto a ver ni una de sus fotos ni he querido tocar sus cosas por el enorme sufrimiento que iba a suponerme. No hay mayor dolor que la muerte de una persona a la que tú amabas mucho.

- Cuando recibió la noticia de la concesión del Nacional mostró agradecimiento, pero dijo que le llegaba tarde. ¿Qué le pide a la vida?

- Quisiera saber de alguna manera que mi mujer está por encima o dentro de mí. Hay creyentes que me dan la esperanza de que al morir queda otra potencia del ser humano en otro mundo y allá estaremos todos. Ese sería el mayor consuelo. El segundo deseo sería tener imaginación e inteligencia como las tenía antes. Ahora transmito tristeza porque no puedo evitarlo. Pero sé que mi mujer querría verme trabajando duramente y con ideas.

en Vitoria, en 1928, hijo de alemán y alavesa. Se formó como fotógrafo en Alemania. En sus comienzos, se dedicó a la pintura.

Fue el gran retratista del final del franquismo y la transición. Sus retratos, publicados en 'ABC' y 'El País', hicieron escuela y fueron recogidos en varios libros. Ha protagonizado varias exposiciones.

Es autor de numerosos libros y ha recibido los premios más importantes, como el Nacional de Fotografía y la Medalla al Mérito de las Bellas Artes. Es miembro de la Real Academia de San Fernando desde 1996.