El hombre que cuida del macho montés

«Me encanta este trabajo», dice Félix Pérez, uno de los cinco vigilantes de la Reserva Regional de Caza La Sierra, en el techo de Extremadura Ha guiado a un californiano orondo al que hubo que montar en un caballo, un banquero ruso aterido, un canadiense que cazó un macho con arco y flecha...

ANTONIO ARMERO
El hombre que cuida del macho montés

A1.500 metros de altitud, apurando diciembre, en un alto en plena sierra, lloviendo y con el viento de cara, hay que ser Félix Pérez para vestir sólo una camisa y un polar desabrochado. «Estoy acostumbrado. Lo que llevo peor es el calor», dice él. Tiene cincuenta años, más de una vez le han dicho que se parece a Richard Gere pero con un aire rural, y es vigilante cinegético en la Reserva Regional de Caza La Sierra, un paisaje de 13.010 hectáreas en el norte de Extremadura por el que se pirran los cazadores ricos de todo el mundo.

Tras nueve horas siendo su sombra durante un día de trabajo como otro cualquiera, queda la impresión de que si le pusieran a trabajar en una oficina, Félix duraría dos tardes.

Se asfixiaría. Que se gane la vida como se la gana parece el resultado indiscutible de la lógica. La consecuencia predecible de una infancia que transcurrió de una forma determinada y en un tiempo y un espacio concretos. En definitiva, lo que se podía esperar del hijo del 'Tío Cabras'. «¿Ves ese tejado de allí, en mitad de la arboleda? -pregunta y responde de seguido-. Ahí vivíamos una parte del año cuando yo era chico».

Es decir, en plena montaña, a tiro de piedra de las crestas de la Sierra de Gredos, un lugar estupendo para las cabras pero exigente para el hombre. Y a la suficiente distancia de Guijo de Santa Bárbara (433 vecinos), el pueblo más cercano, como para que el chaval tuviera que correr cada mañana durante veinte minutos atravesando el monte si quería llegar a tiempo al colegio. «Me iba después de ayudar a mi padre en la faena con las cabras, y en el camino tenía que saltar la garganta, siempre pisando en las mismas piedras que tenía colocadas». El relato es la respuesta de Félix a la pregunta de cómo es posible explicar que se mueva por la sierra con la soltura de un quinceañero.

Parece ir por la Gran Vía de Madrid un 20 de agosto cuando camina por senderos de piedras húmedas y afiladas que obligan a ir en fila india y en los que el primerizo anda mirando al suelo; y él habla y habla con la misma respiración que si estuviera en la mesa camilla con el brasero puesto y la faldilla sobre los muslos mientras ve un documental de focas. «Es que lo hago a diario, va a hacer diez años», dice en tono de disculpa.

En el año 2004, Félix Pérez, que antes trabajó en las obras del AVE Madrid-Barcelona y en la tabaquera Cetarsa, empezó como vigilante en la Reserva de Caza La Sierra, un espacio al que se declaró protegido tres años antes, y que no existiría si no fuera por la cabra montés (capra pyrenaica). En concreto, por la victoriae, una subespecie reconocible por la extraordinaria osamenta de los machos, objeto de deseo de cualquier aficionado a la caza mayor. Tener una de estas cabezas disecada y colgada en el salón de casa obliga a patear la sierra de Gredos. Y a veces, a pagar dinero en cantidades de cinco cifras.

Entre La Vera y el Jerte

En el año 1985, en la zona que ahora forma la Reserva había 35 ejemplares. Se conoce la cifra exacta porque los agentes del Medio Natural hicieron un censo detallado. Y es pública también la razón principal de la escasez: el furtiveo. Un decreto de ese mismo año, y otro de 48 meses después, declararon Zona Controlada de Caza una selección de terrenos ubicados entre las comarcas de La Vera y el Valle del Jerte. En concreto, en fincas de los términos municipales de Tornavacas, Jarandilla de la Vera, Viandar de la Vera, Losar de la Vera y Guijo de Santa Bárbara, la única localidad que está dentro de los límites de la Reserva.

Ahí nació y vive Félix Pérez, que conduce un Mitsubishi Montero blanco con un discreto folio plastificado con los colores de la bandera de Extremadura junto a la leyenda 'Servicio de vigilancia de la Reserva Regional de Caza La Sierra' colocado en una de las ventanillas traseras. El coche, un todoterreno pequeño, no es suyo. Es de alquiler, y quien lo paga es GPEX, la misma empresa pública de la Junta cuyo logotipo decora el hombro izquierdo del polar que viste el vigilante. Lleva también unas buenas botas de senderismo. A la espalda carga una mochila. Bajo el brazo, un paraguas y un telescopio enroscado a un trípode. Y con la mano derecha sujeta un recio cayado de madera fabricado por un artesano de la zona y al que él prefiere llamar garrocha.

La palabra que más repite, sin embargo, es piornos. Esos arbustos o matas le sirven como referencia para tener controlados a los grupos de cabra montés. O quizás no se debe hablar en términos genéricos y es más apropiado personalizar. Porque Félix, como el resto de vigilantes, le tiene puesto nombres a algunos de los machos que ve a diario. «Está Pedrito, Natalio, Majitalonso, al que pusimos ese nombre porque la primera vez que le vimos estaba en un paraje que se llama así», detalla el hombre, que atisba las manadas donde el resto sólo ve matojos y granito. Si agarra los prismáticos que lleva al cuello y se los acerca a los ojos, le bastan cinco segundos, no necesita más, para precisar si hay ocho, quince o veinticuatro, y cuántos de ellos son machos y cuántas hembras. «Esa es una de nuestras labores fundamentales, tener controlada a la población», explica el vigilante, que en un día relajado hace una decena de kilómetros andando.

La niebla y la compañía periodística con la que hoy carga monte arriba le aconsejan no ir mucho más allá del Refugio de las Nieves, una ermita en lo alto fundada hace 49 años por Ascensio Gorostidi Altuna, un cura vasco (de Amezqueta, en Guipúzcoa) que atendía la parroquia de Guijo, que murió joven y que era un devoto de la montaña. Allí hay también un refugio, en el que Félix Pérez rescató el 1 de diciembre del año 2012 a una pareja de veinteañeros, ingenieros los dos, que no sabían moverse por la montaña, y en el que él ha dormido sólo un par de veces. Cuando toca hacer noche en el monte, lo habitual es utilizar alguno de los cuatro refugios que hay en La Reserva. Están todos sobre los 1.800 metros, sólo se puede llegar de una manera: andando.

En realidad, esa es la única forma de moverse por este terreno escarpado, abrupto hasta un punto agresivo, en el que se superan los dos mil metros de altitud y donde existe la certeza de que una semana antes o después, con un grosor de unos centímetros arriba o abajo, la nieve acabará cubriéndolo casi todo. «Yo me he pateado todo esto de chico, me gusta mucho el monte y me encanta este trabajo», se sincera el vigilante, que empieza su jornada laboral antes de que amanezca. Sale de casa, sube al coche, enfila una pista forestal alfombrada por el otoño que sube un par de kilómetros montaña arriba desde el pueblo, y cuando acaba el terreno hormigonado aparca en una pradera, coge los bártulos, comida incluida, y se echa a andar.

«Nuestro trabajo -explica- cambia bastante según la época del año. En primavera, normalmente en marzo, hacemos los censos, de septiembre a abril acompañamos a los cazadores, y durante todo el año tenemos que estar un poco pendientes de todo».

Eso incluye controlar si faltan ejemplares, si los comportamientos de machos o hembras son los normales, si en sus modos hay algo que haga sospechar que están enfermos, si las veredas están en condiciones, cerciorarse de que los senderistas se comportan... Les ayudan el Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) y los agentes del Medio Natural, que dependen de la Dirección General de Medio Ambiente de la Junta. Los vigilantes no son funcionarios, sino empleados de una empresa pública, y además de Félix hay dos en Tornavacas y otros dos entre Viandar y Losar.

Persiguiendo al furtivo

Su cartera de funciones incluye la lucha contra los furtivos, un mal que casi acaba con la cabaña de cabra montés de Gredos y que siempre es una preocupación en una zona tan exquisita desde el punto de vista cinegético. «Te tienes que conocer como la palma de la mano todo el terreno -apunta Félix-, porque por ejemplo, si oyes un disparo, tienes que saber si viene de una zona en la que hay cotos, lo que quiere decir que nadie está haciendo nada ilegal, o si ese sonido viene de un sitio que está dentro de la Reserva, y tienes que ser capaz de escuchar el disparo una vez y localizar más o menos de dónde viene, dónde puede estar el cazador, para poder hablar con los compañeros por la radio e ir a por él».

Esta situación que cuenta la ha vivido unas cuantas veces. «Me acuerdo de una vez -empieza a narrar sin dejar de caminar- que oímos el tiro, hablamos los vigilantes y tuve que correr durante una hora y diez minutos por estos caminos de la sierra, que ahora están fenomenal gracias a todo lo que se ha hecho desde que se declaró la Reserva, para llegar hasta donde estaba el furtivo. Cuando llegué cerca de él me puse a andar de manera que no me viera, y cuando le tuve lo suficientemente cerca como para no darle tiempo a reaccionar, porque no puedes encararte de cualquier manera frente a alguien que lleva un arma, le di el alto». Le pidió al cazador el permiso que justificara sus disparos en un territorio en el que sólo se dispara con el beneplácito de la autoridad, al menos en teoría, y este respondió que había abatido la pieza en una finca particular pero que el animal herido salió corriendo y tuvo que perseguirle hasta matarlo. El vigilante avisó al Seprona, y cuando pudo, bajó hasta el sitio concreto en el que estaba el macho montés. «Por el orificio de la bala -precisa Félix- se veía claramente que el disparo se había hecho de abajo hacia arriba, y además, no había reguero de sangre corriendo ladera abajo».

Las evidencias delataron al furtivo, que luego debió seguir el camino judicial. «Eso ya no es de nuestra competencia», zanja Félix, que siempre lleva en su mochila algunas viandas, habitualmente caseras. «Yo como, y mis compañeros lo mismo, donde nos pille la hora de la comida, que casi siempre es en medio del monte. Nos sentamos en un cancho desde donde haya una visión general de la zona y ya está». En su tartera de hoy hay tortilla de patatas, unos trozos de jamón y una lata de sardinas. No hay espacio para las delicadezas, porque todo hay que acarrearlo a la espalda, incluida la bombona de camping gas para la cocina del refugio.

Las noches en la sierra

«Los refugios -cuenta- solemos usarlos cuando has acabado muy tarde o tienes una tarea por la mañana temprano, no siempre merece la pena volverte a recorrerte los diez, doce o quince kilómetros que te hayas hecho en la ida para volver a dormir caliente en casa si a la mañana siguiente tienes que volver al mismo sitio». Puede ocurrir también que un nevazo le sorprenda lejos de donde dejó el todoterreno, aunque es raro que la nieve le pille desprevenido. Félix atiende a lo que dice el hombre del tiempo en el telediario, pero se fía tanto o más de los animales. «Si ves a las cabras que van monte abajo, es que están barruntando nieve», explica el vigilante, que es también un anecdotario andante.

No ha olvidado la mañana en que tuvieron que acompañar a un cazador estadounidense, de California, que iba a abatir un macho. «Cuando le vimos aparecer... -recuerda- Debía pesar más de ciento veinte kilos. Mi compañero y yo vimos rápidamente que por el ritmo al que caminaba, o encontrábamos una solución o nos íbamos a tirar dos días andando con él hasta llegar al sitio en el que sabíamos que estaba el animal». Tiró de teléfono y consiguió un caballo al que subir al orondo cazador.

Otro día, guió a un ruso que tiritaba de frío. «Le dejé el gorro, los guantes y una bufanda y le pregunté al intérprete que cómo era posible que siendo ruso tuviera el hombre tanto frío. Me contestó que era ruso, sí, pero que trabajaba de banquero en Londres». Otra vez Félix Pérez acompañó a un canadiense que no llevaba escopeta. Cazó con arco y flecha, lo que le obligó a utilizar una ropa de camuflaje especialmente realista y a reptar por el suelo con la pericia de una lagartija pero al ritmo de una tortuga.

Él cuenta estas historias, pero es seguro que se reserva otras cuantas. El hombre que cuida del macho montés -uno de los cinco de «la Reserva», como él dice siempre- es discreto. Seguramente, también es lo que cabría esperar del hijo del 'tío Cabras', el pastor de Guijo, el pueblo en el que se hace uno de los mejores panes de Extremadura; el paraíso de la cabra montés. Y también, el sitio del vigilante de caza que nunca tiene frío.