El viernes negro de la Movida

Los primeros gritos de ¡fuego, fuego! se tomaron a broma en una noche prenavideña. Pero el incendio de la discoteca Alcalá 20, del que se cumplen 30 años, acabó con la vida de 81 personas

DANIEL VIDAL
Policías y bomberos se afanaron durante horas en rescatar todos los cadáveres. En la imagen, cuatro agentes trasladan un cuerpo en una manta. ::
                             EFE/
Policías y bomberos se afanaron durante horas en rescatar todos los cadáveres. En la imagen, cuatro agentes trasladan un cuerpo en una manta. :: EFE

Aquel gélido viernes se avecinaba una buena parranda. Las universidades habían cerrado por vacaciones, la Navidad estaba a la vuelta de la esquina y la Movida madrileña palpitaba como nunca. Pedro Almodóvar todavía actuaba junto a Fabio Macnamara y en las listas de éxitos de la radio arrasaban 'Karma Chameleon' -de Culture Club-, 'No controles' -de Olé Olé- o 'La noche no es para mí', que cantaba Pepa Villalba con su psicodélico grupo Vídeo. Pero aquella madrugada del 17 de diciembre de 1983 -este martes se cumplen 30 años-, la fiesta acabó en tragedia en Alcalá 20, la discoteca de moda del barrio de Malasaña. El antiguo cabaret Lido, situado en los bajos del Teatro Alcázar, había sido remodelado con mucho terciopelo rojo, mucha gomaespuma barata y muy poca seguridad. A pesar de su decoración rancia y altamente inflamable, Alcalá 20 se había convertido en solo tres meses en el templo nocturno para los modernos de Madrid, casi a la altura de la mítica sala Rock-Ola. La discoteca estaba a reventar -muy por encima de su aforo- a eso de las cuatro y media de la mañana. 'Tibi', el fornido portero negro, se multiplicaba en la puerta de acceso principal para cortar la entrada. Solo una hora después, lloraba como un niño ante el afligido alcalde, Enrique Tierno Galván, mientras pedía más agilidad en el rescate de las víctimas. En total, fueron 81 personas, con una edad media de 25 años, las que murieron en la infernal ratonera en la que se transformó Alcalá 20.

Todo empezó con un chispazo en un cuadro de luces situado tras las largas cortinas del escenario, y que dio origen a un pequeño incendio al fondo del garito. «Ante los primeros gritos de alerta, algún tonto o algún borracho pudo pensar que era una broma», recuerda Javier Bauluz, fotógrafo de prensa (ganador en 1995 de un premio Pulitzer) y superviviente de la catástrofe, en la que perdió a dos amigas. La música había dejado de sonar, las luces estaban encendidas y la gente, que se resistía a desfilar hacia la salida por la larga y estrecha escalera, apuraba las copas y remoloneaba en la pista de baile. Un rato antes había salido Fernando Pérez Royo, entonces diputado del PCE, que remataba la noche en Alcalá 20 tras la celebración del XI congreso del Partido Comunista. Pocos parecían ser conscientes del peligro. Mario Tato, uno de los camareros que escapó del infierno, relató en el juicio, celebrado diez años después, que algunos clientes «coreaban 'fuego, fuego', como un cántico».

El propio Tato intentó sofocar las llamas con un cubo de agua. Algunos clientes le ayudaron con sifones. Después, con una manguera de la que solo salió «un hilillo». Los extintores tampoco funcionaban... «Todo sucedió muy rápido», visualiza con memoria nítida el fotoperiodista Javier Bauluz. Las llamaradas se volvieron incontrolables, el humo se hizo denso y sofocante y el techo empezó a crujir. Las luces se apagaron de repente, los gritos se hicieron insoportables y el pánico tomó las riendas de la madrugada. Poco antes de las cinco de la mañana, el incendio ya había convertido a Alcalá 20 en una trampa mortal: aún quedaban en el interior unos 200 jóvenes que luchaban a la desesperada por ponerse a salvo. Muchos de ellos, como Bauluz, lo intentaban por esa escalera maldita que en principio parecía la única vía de escape. Nada más lejos de la realidad. La inexistencia de salidas de humo -y de cualquier otra salida señalizada y expedita, en realidad- propició que el tumulto y las ingentes bocanadas tóxicas se adueñaran del único camino, que acabó regado de cadáveres por efecto del monóxido de carbono. «El humo fue el verdadero asesino; la gente moría muy rápido cuando lo inhalaba», relata el fotógrafo, que pudo alcanzar la calle «tratando de mantener la sangre fría».

«Quería abrazar a alguien»

A Juan Ansótegui, un ingeniero burgalés que entonces tenía 27 años, lo único que le llamó la atención «fue el celofán cutre con el que habían recubierto los focos. Ni siquiera dimos importancia al pequeño fuego». En los días previos al juicio, relataba a los periodistas cómo obró el «milagro» de escapar con vida: «Lo peor, lo más angustioso, fue la sensación de estar perdido. Creo que forcé una puerta, pero ni siquiera sé por dónde salí. Lo que recuerdo es cómo, en un determinado momento, noté el frío de la calle en la cara. Me encontré fuera, sin más. Quería abrazar a alguien, me daba igual quien fuera, pero lo necesitaba. Y, sin embargo, las personas a las que me dirigía se echaban hacia atrás. ¡Qué pinta tendría!».

A Lorenzo Benito, que entonces tenía 23 años, le salvó su aplomo: «Busqué la puerta de acceso a la calle tanteando con la mano en la pared. Caminaba lentamente entre pisotones, empujones y gritos». Menos suerte tuvieron quienes optaron por salir en tropel por la escalera principal, convertida en una chimenea mortal. O refugiándose en el guardarropa, debajo de la escalera, donde los equipos de rescate hallaron al menos 30 cadáveres. Fue allí mismo donde José María Pérez Soria, jefe de guardia del Cuerpo de Bomberos de Madrid en 1983, pisó cuerpos amontonados pensando que eran «abrigos. El humo era tan denso que nuestras linternas no llegaban a iluminar el suelo».

También hubo quienes intentaron salir a través de la puerta que daba a la calle Arlabán, cerrada con candados y tapada con cajas, según los informes que se presentaron en el juicio. Pérez Soria, en cambio, recuerda que su equipo entró por esa puerta, «que ya estaba abierta». Los bomberos acabaron con el fuego «en media hora», pero no pararon de sacar muertos y heridos junto con la Policía Nacional hasta que se hizo de día. Javier Bauluz, que unas semanas después recuperó las cámaras de fotos que había dejado en aquel guardarropa -«aún funcionan»-, también echó una mano. «No sabíamos si las personas que sacábamos estaban desmayadas o muertas. Hasta que vi un cuerpo abrasado y no pude seguir». También recuerda Bauluz la imagen dantesca de varios supervivientes pidiendo socorro bajo el asfalto, a través de un lucernario. «Llegaron los bomberos y los sacaron». Menos suerte tuvieron los tres chavales que trataron de escapar por un estrecho conducto de la pared. Quedaron atascados y fueron hallados por el propio Pérez Soria «una semana después, mordisqueados por las ratas», recuerda el oficial de Bomberos, hoy jubilado.

En Alcalá 20, 81 personas se dejaron la vida carbonizadas, asfixiadas o sepultadas en el desesperado intento por alcanzar la calle. La hija del portero del inmueble, que vivía en el último piso y que intentó ponerse a salvo junto a su familia saltando por la azotea hacia otro edificio colindante, cayó al vacío rozando los dedos de su padre, que estuvo a punto de agarrarla. Fue la víctima número 82. Aunque entre los supervivientes también hay un buen puñado de damnificados. María Teresa Fernández, de 28 años, quedó medio ciega, casi paralítica, sufrió graves problemas psíquicos e intentó suicidarse en varias ocasiones. F. A. R., que hace 30 años estudiaba Derecho y hoy vive en Almería, salió de un coma y nunca ha vuelto a hablar de aquello. «Ni siquiera se lo ha contado a sus hijos. No quiere recordar», disculpa su esposa.

Este local maldito -el edificio ha sufrido varios incendios, el último en junio de este año- sigue hoy cerrado, aunque en 2005 intentó reabrir con el nombre de Adraba. La cosa finalmente no cuajó, a pesar del empecinamiento del empresario de la noche Miguel Ángel Flores. Flores, por si no les suena, es el propietario de Diviertt, la empresa promotora de la fiesta de Halloween celebrada en el Madrid Arena el año pasado y en la que murieron cinco chicas. Otras cinco más.

años tardó en celebrarse el juicio contra los dueños de Alcalá 20: Emilio Urdiales, Pedro Rascón, Carlos Mendoza y Doroteo Martín. También se condenó a prisión al electricista y al funcionario encargado de inspeccionar el local, Guillermo Herranz. Ninguno pasó más de un mes en la cárcel.

millones de pesetas (12 millones de euros) pagó el Estado a las víctimas de la tragedia como indemnización.

Fotos

Vídeos