Un campo de trabajo llamado Amazon

Un periodista francés pasó tres meses como temporero en un almacén de la firma y cuenta sus terribles condiciones laborales

PEDRO VICARIO
Almacén de Amazon en Londres. Abajo, una protesta.::
                             REUTERS/
Almacén de Amazon en Londres. Abajo, una protesta.:: REUTERS

En la empresa que representa la modernidad y parece reunir en sí misma todos los aspectos positivos de la globalización, hay trabajadores que permanecen de pie siete horas haciendo paquetes. Otros, durante una jornada similar, caminan más de 20 kilómetros recogiendo objetos de gigantescas estanterías para llevárselos a los empaquetadores. Unos y otros tienen prohibido contar a nadie cómo es su trabajo y en qué condiciones se realiza, y están permanentemente a disposición de su empresa. Todo ello, por un salario bruto de 9,725 euros a la hora. La firma es Amazon y en 2012 facturó 61.000 millones de dólares.

Siguiendo el ejemplo de Günter Wallraff, el periodista alemán que lo mismo bajaba a las minas que se hacía ingresar en una clínica psiquiátrica, siempre con identidad falsa para luego contar lo que allí veía, Jean-Baptiste Malet ha estado trabajando tres meses en un almacén de Amazon en Francia. Ahora lo relata en un libro, 'En los dominios de Amazon. Relato de un infiltrado' (Trama Editorial) que acaba de salir a la luz. El documento tiene un valor mayor si se considera que los servicios centrales de prensa de la empresa, en EE UU, prohíben a los periodistas entrar en los almacenes, verdadero centro neurálgico de una firma que no es más que una comercializadora. En Amazon trabajan 80.000 personas con contrato fijo, más los temporeros, muy numerosos en las grandes campañas, sobre todo la de Navidad.

Malet, de 26 años, tuvo que someterse a las pruebas de selección realizadas por una firma del sector. Allí repiten a los candidatos, una y otra vez, que deben estar «muy motivados», invitando a que abandonen el proceso a quienes no cumplan esa condición. Para explicar a los aspirantes el 'espíritu Amazon', les muestran un vídeo en el que se ve a trabajadores que realizan sus tareas con una perenne sonrisa. Parecen felices.

Exhaustos

Lo que el periodista francés vio era muy diferente. Su relato habla de trabajo extenuante hasta el extremo de que, a su edad y con una buena preparación física, era incapaz de dormir al regresar a casa y llegó a perder el apetito. Vigilancia 'orwelliana' de cada empleado, controlado mediante un sistema que permite a los supervisores saber dónde están en cada momento y cuánta tarea han realizado. Los temporeros, como el resto, se tutean y tutean a sus jefes, pero no porque se busquen unas relaciones igualitarias, sino porque han descubierto que eso mejora la productividad. La delación -sobre pequeños hurtos, o de quienes critican a la empresa o a los jefes- se premia. No se puede comer durante el horario de trabajo. No se puede llegar tarde, ni aunque sea unos minutos. Cualquier baja debe estar justificada documentalmente: por el médico, si es por enfermedad, o mediante una factura de un taller, si, por ejemplo, el trabajador ha sufrido una avería en su coche.

La jornada tiene reglamentados dos cortes de veinte minutos, pero uno no cuenta como tiempo trabajado. De todas formas, la sala de descanso está muy lejos y el paso por los detectores es preceptivo, de forma que los agotados trabajadores -los músculos de las piernas duros como piedras, la espalda dolorida- solo disponen de cuatro o cinco minutos para sentarse.

En invierno, la temperatura del almacén no llega a 15º, y los empleados están ateridos. Muchos no se adaptan nunca a los horarios -los turnos cubren toda la jornada-, y se marean por no haber comido lo suficiente antes de empezar la tarea. No lo hacen porque están tan exhaustos que tienen el estómago cerrado. La enfermería solo abre de ocho de la mañana a cinco de la tarde, así que los que cubren el horario de noche no conocen ni la cara de quienes la atienden.

Eso sí, hay premios. Pequeñas chucherías -chocolatinas, una comida en Navidad, solo excepcionalmente y para unos pocos, algún televisor- que se publicitan de tal forma que parecen viajes al Caribe. A cambio, los empleados tienen que escuchar cada día las arengas encaminadas a mejorar la eficacia y batir los récords de productividad. Para lograrlo, pueden ser obligados a trabajar un sexto día por semana.

Todo cuanto pasa de puertas adentro está protegido por un manto de invisibilidad. Las normas de la empresa prohíben «divulgar a cualquiera la información relacionada con la actividad, los reglamentos, la dirección y el personal». En aplicación de esa normativa, nadie puede decir siquiera a sus amigos que trabaja en Amazon. Los directivos de los almacenes locales también tienen vetado contestar a las preguntas de un periodista «por muy inocentes o insignificantes que parezcan». Malet habló con algunos trabajadores afiliados a la CGT, el sindicato más poderoso de Francia. Un día les confesó que es periodista y les pidió una cita para que le contaran los detalles que no había podido conocer en tres meses. Todavía está esperando que se presenten a la misma. Temen perder su empleo.

La compañía de Jeff Bezos empezó en 1995 con un almacén en un garaje de 45 m2.

Factura más de 61.000 millones de dólares anuales. La Hacienda francesa le reclamó 200 millones de euros de impuestos atrasados en 2012. Tiene 80.000 empleados fijos y miles de temporeros. En Navidad, en EE UU, vende 300 artículos por segundo.

'En los dominios de Amazon' de Jean-Baptiste Malet (Ed. Trama).