Miguel Durán se deja ver

A este abogado ciego nunca le asustaron los retos. De joven, toreó una vaquilla a la que colgó un cencerro. De mayor, convirtió la ONCE en una máquina de hacer dinero. Hoy el extremeño defiende al número dos de la trama Gürtel y hay quien dice que es emisario de Bárcenas

JOSÉ AHUMADA
Miguel Durán se deja ver

No hay que dejarse engañar por la fotografía: aunque Pablo Crespo, supuesto número dos de la trama Gürtel, lleve colgado del brazo al abogado ciego Miguel Durán, es éste quien ejerce de guía. A el extremeño se debe su nueva estrategia de empezar a hablar de todo lo que sabe, para horror de sus excompañeros del PP, con el objetivo final de cambiar la imagen de mafioso que se le ha adjudicado por otra de empresario ambicioso y de éxito.

Según Durán, Crespo, como sus compañeros de infortunio Francisco Correa o Luis Bárcenas, son, cada uno a su modo, víctimas de un juego político que intenta desviar la atención de la ciudadanía de lo realmente importante: los bolsos, los viajes y los trajes son «verdaderas chorradas» frente a las donaciones oscuras o las condonaciones de deudas millonarias por parte de los bancos a los partidos. Ni siquiera las cuentas suizas del extesorero popular dan para tanto escándalo, opina él. «Resulta muy espectacular hablar de eso, pero de los nombres importantísimos que han salido en la lista Falciani no habla ni el demonio».

El aterrizaje de Miguel Durán en el centro del caso de corrupción más sonado de los últimos tiempos le devuelve una parte de la inmensa popularidad de que gozó en los 80 y 90, cuando accedió a la presidencia de la ONCE e hizo de esa institución, que prácticamente vivía de la caridad, una máquina de ganar dinero. Fueron años de poder e influencia, en los que llegó a compatibilizar ese cargo en la organización de ciegos con los de presidente de Telecinco (o Tele5) y Onda Cero.

Finalizada esa etapa, Baltasar Garzón impidió que cayera en el olvido al imputarlo, en 1998, por un presunto delito fiscal que habría cometido durante su mandato en la cadena de televisión y del que fue absuelto diez años después. Tras un frustrado intento de saltar a la política -se presentó a las Europeas de 2009 con la coalición Libertas-Ciudadanos de España-, Durán se entregó a sus negocios, limitando la faceta pública a su participación en programas de radio y televisión -del grupo Intereconomía- y a sus colaboraciones en algunos periódicos.

Hasta que, hace un par de meses, se hizo cargo de la defensa de Crespo, la mayor parte de su trabajo estaba relacionado con reclamaciones de afectados por las preferentes. Pero han bastado un par de apariciones junto a su nuevo cliente para que su nombre se haya ligado a todo tipo de maniobras, como aquella que le convierte en emisario de Bárcenas y de sus amenazas de tirar de la manta. Él, por supuesto, lo niega. «Lo que yo pienso es que está siendo víctima de una operación de pseudolimpieza en el seno del PP, y también de una pelea interna entre dos sectores del partido. Si yo estuviera en posición de aconsejarlo, diría que debe defenderse con todo lo que él y sus abogados crean que es necesario».

Viene a ser lo mismo que ha decidido hacer Pablo Crespo, en su día secretario de organización del PP gallego, quien ahora parece dispuesto a aprovechar su causa para demostrar -si es necesario con nombres, fechas y cantidades-, que la financiación irregular de los partidos, y en concreto del que fue el suyo, es práctica habitual. Ese planteamiento atrevido bien puede llevar el sello de Miguel Durán, un hombre que desde que nació en 1955 en Azuaga (Badajoz) se ha visto obligado a luchar con la vida a brazo partido.

Para los Durán, la llegada de un chico ciego, su quinto hijo, supuso un golpe terrible. Rafael, el padre, trabajaba cargando sacos de trigo, mientras su mujer, Agustina, ayudaba a mantener la casa gracias a su maña para la costura. Entonces, y en aquel lugar, una persona con tal discapacidad era considerada inútil, un destino que se resistían a aceptar para Miguel.

Analfabeto con 11 años

Lo criaron con el esmero que pudieron y no dudaron en gastar todo su dinero en busca de una cura inexistente, pero lo cierto es que el futuro del muchacho seguía siendo igual de negro. Con once años era analfabeto, porque no habían encontrado un centro donde pudieran enseñarle a leer y escribir ni siquiera en Barcelona, adonde emigraron.

Todo cambió cuando un pariente descubrió que existía un colegio de la ONCE en Alicante; allí se destaparon todas las capacidades del chaval. «No se me daban mal los estudios», dice ahora. Completó los cursos en tiempo récord y obtuvo el Premio Nacional de Bachillerato. «Bueno, digamos que Wert me habría dado becas», concede finalmente. Superado el instituto, llegó a la Facultad de Derecho y, a mitad de carrera, su boda con Marisol, entonces estudiante de Medicina, por más que los suegros no creyeran que podría mantenerla.

Su primera incursión en el mundo de la abogacía constituyó un fracaso: los clientes desconfiaban de la capacidad de un letrado ciego. No le quedó más remedio que integrarse en la ONCE para sacar adelante a su familia. Su ascenso fue meteórico: en 1983 era director de la imprenta braille de Barcelona, en 1985 delegado territorial de Cataluña y, un año después, director general. Bajo su mando surgió el auténtico imperio del cupón, que llegó a facturar anualmente 300.000 millones de pesetas.

Fue por esa época cuando lo conoció Manolo Saiz, director del legendario equipo ciclista ONCE, quien lo define como un tipo «entrañable, cariñoso y conquistador», unas cualidades en absoluto incompatibles con su faceta de tiburón de los negocios. «Es posible que lo fuera, porque se trata de un hombre que sabe lo que quiere. En su caso, ser ciego no significa ser débil».

Aunque hace ya mucho que pasaron esos días de frenética actividad empresarial, las jornadas de Miguel Durán siguen siendo igualmente ajetreadas. Empiezan temprano, a eso de las 6, con una caminata en la cinta de casi una hora y a buen ritmo, antes de desayunar y dar un repaso a la prensa; para cuando entra en el despacho, a las 9, está completamente empapado de actualidad.

Mantiene su domicilio en Barcelona, donde vive con su mujer y su hijo menor, Ismael. El otro, Héctor, dirige el centro geriátrico Benvuire, que abrieron en Sant Boi de Llobregat y donde la madre trabaja de médico. La residencia y el bufete suman 130 nóminas que dependen de él, un número respetable, aunque nada comparado con los 30.000 ciegos que llegó a tener contratados en la ONCE.

El tiempo libre que no dedica a los suyos -especialmente a su nieta, de veinte meses-, lo invierte en disfrutar de la música y de los libros. Le gustan el flamenco, la música clásica y la copla. En cuanto a las lecturas, lo pasa bien con la novela histórica, aunque actualmente se limita a los manuales de Derecho. Tampoco tiene tiempo para historietas de superhéroes, a pesar de que uno de ellos, Daredevil -Dan Defensor en España-, tuvo que ver con su vocación profesional. El alter ego del personaje era Matt Murdock, un abogado ciego que se enfundaba las mallas cuando no podía acabar con el mal en los tribunales. Puede que no sean comparables, pero Miguel Durán también protagonizó sus audacias de juventud, como torear una vaquilla a la que colgó un cencerro o conducir un coche -«con copiloto y por un camino interior de una finca rural»-. No son las hazañas de las que está más orgulloso. «Ha habido muchas cosas que la gente decía que eran imposibles. Nadie creía que podríamos ser socios de una televisión con Berlusconi, ni que montaríamos una cadena de radio como Onda Cero, ni un grupo de empresas espectacular... Pero en la ONCE las hicimos».

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