Alumnos con buen corazón

Estudiantes de los Maristas hacen las prácticas de religión en centros sociales

EVARISTO FERNÁNDEZ DE VEGABADAJOZ.
Alumnos con buen corazón

Los alumnos de 1º de Bachillerato del colegio marista Nuestra Señora del Carmen han visitado este curso varios centros sociales de la ciudad, un novedoso plan formativo que les ha permitido acercarse a realidades tan desconocidas como un comedor social para personas sin hogar, un centro especializado en la atención de personas que sufren parálisis cerebral o una asociación que utiliza los animales como terapia de ayuda a chicos con limitaciones.

Los impulsores de esta iniciativa han sido los profesores Ignacio Acha y Gonzalo Sevilla, que han decidido dar un nuevo aire a las clases de religión que imparten en el colegio. «La idea es similar a la de otras asignaturas prácticas. Igual que en química se hacen prácticas en un laboratorio, nosotros pensamos que en religión se debe ir a centros donde se atiende a personas que necesitan ayuda».

Para conseguirlo, primero tuvieron que contactar con las familias. Era fundamental concienciarlas de la necesidad de apostar por este nuevo modelo formativo, entre otras razones porque las «clases prácticas» se han realizado en horario de tarde. «Generalmente han ido en grupos de cuatro y siempre acompañados por profesores del centro, catequistas, padres de familia, gente que pertenece a las fraternidades maristas o antiguos alumnos», señalan los docentes.

Ese esfuerzo ha permitido que los 55 alumnos de primero de Bachillerato hayan podido descubrir «que hay gente alrededor en una situación muy precaria», añade Ignacio Acha.

Una de las alumnas que ha participado en estos talleres de encuentro es Amparo Sánchez López. A sus 16 años, ha podido conocer de cerca el trabajo que realiza Iberdown con personas que tienen síndrome de down. «No había otro lugar mejor para mí, yo tenía un prototipo de cómo eran estos chicos y me lo han cambiado totalmente. Ahora los veo como personas normales que tienen límites, pero que se superan, y que tienen ganas de hacer cosas».

Más dura fue al inicio la experiencia de Macarena Nevado Pérez, que se ha formado en el centro de Aspaceba dedicado a personas con parálisis cerebral. «El primer día entré un poco asustada, vi realidades muy duras y me costó asimilarlo, pero a medida que fui yendo mi visión cambió totalmente, porque son personas a las que se les ve la felicidad en la cara, son muy agradecidas».

Macarena reconoce que no sabía cómo ayudar a esas personas «que no pueden moverse, que tienen limitaciones para hablar o que son ciegas», pero afirma que ahora su visión ha cambiado. «Me los encuentro por la calle y me sale una sonrisa instantánea. La verdad es que me ha llegado mucho».

Ignacio Acha no oculta que tanto los alumnos como las familias se mostraron un poco reacios cuando se les presentó este nuevo plan de educación social, puesto que el objetivo de la actividad era acercarse a transeúntes, disminuidos psíquicos, ancianos, toxicómanos y otros colectivos sociales en situación de riesgo. «Existía un poco el miedo a lo nuevo, pero el objetivo era descentrarse ellos para que vean que no son el ombligo del mundo, que hay gente en su entorno que está en una situación distinta».

En el caso de Amparo, ha quedado tan impactada por la experiencia que le gustaría prolongarla en el tiempo. «En clases de religión estamos acostumbrados a lo típico, a la teoría, a estudiar la vida de Jesús, pero esto es llevar todo lo que has estado aprendiendo a la práctica. En mi caso, he visto que la sociedad tiene a la gente con síndrome de down muy discriminada, cuando la realidad es que muchos de ellos trabajan y están capacitados. La mejor manera de que ellos desarrollen su personalidad es incorporarlos a la sociedad desde chiquititos, sin discriminarlos».

La intención del colegio es repetir el plan de educación social el próximo curso para que todos los alumnos que pasan por el centro tengan una experiencia social fuerte.

«Nuestros alumnos han acompañado a los chicos del Centro de la Luz en sus paseos, han servido la comida a los transeúntes, han hecho teatro para los chicos con síndrome de down... Tal vez nosotros no veamos los frutos de esta experiencia, pero estamos convencidos de que en el futuro les ayudará a orientar sus vidas», concluye Ignacio Acha.