Los herederos del Cid

La mítica Tizona sigue en pie de guerra diez siglos después de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar. Una jueza decide estos días si el marqués de Falces debe pagar más de 800.00 euros a la familia asturiana que reclama su copropiedad

ISABEL F. BARBADILLO
Las hijas de Salustiano Fernández, el pescador asturiano que cuidó hasta el final de sus días a Pedro Velluti, XVI marqués de Falces, aseguran ser coherederas de la temible espada. Exigen al actual titular del marquesado, José Ramón Suárez del Otero, la mitad de 1,6 millones de euros que se embolsó por la venta del acero a la Junta de Castilla y León. ¿Será la ultima batalla de la épica espada medieval? Puede que su doble filo siga repartiendo mandobles en instancias judiciales superiores./
Las hijas de Salustiano Fernández, el pescador asturiano que cuidó hasta el final de sus días a Pedro Velluti, XVI marqués de Falces, aseguran ser coherederas de la temible espada. Exigen al actual titular del marquesado, José Ramón Suárez del Otero, la mitad de 1,6 millones de euros que se embolsó por la venta del acero a la Junta de Castilla y León. ¿Será la ultima batalla de la épica espada medieval? Puede que su doble filo siga repartiendo mandobles en instancias judiciales superiores.

Si don Rodrigo Díaz de Vivar levantara la cabeza, prometería -quizá en la misma iglesia de Burgos, en Santa Gadea del Cid, donde juran los hijosdalgo- empuñar de nuevo su espada contra los 'infieles' que se disputan el acero ganado con años de destierro, polvo y lágrimas en la batalla con la que conquistó Valencia. Porque el caballero castellano no podría haber imaginado que diez siglos después de aquella y otras innumerables hazañas, su gloriosa Tizona volvería a erigirse en pie de guerra. La curiosa ofensiva entre las dos familias que se arrogan su propiedad se libra esta vez en los tribunales, aunque el mítico estoque repose tranquilamente en una vitrina del Museo de Burgos.

Una mujer, Purificación Pujol Capilla, titular del juzgado número 72 de Madrid y autora de 'Un divorcio elegante', prologado por Isabel Preysler, dirime estos días la identidad del legítimo dueño del arma con la que, según cuenta la leyenda, el Cid ganaba batallas después de muerto. Antes de redactar la sentencia, que probablemente se haga pública esta semana, la jueza revisa ya los recovecos jurídicos de una historia que, de tan rocambolesca, se asemeja a la del propio Rodrigo Díaz, enaltecida por juglares y glosada en el 'Cantar de mio Cid'.

El conflicto tiene mucha enjundia. Para empezar, la dueña de la espada es la Junta de Castilla y León, que en 2007 pagó 1,6 millones de euros al marqués de Falces, cantidad a la que contribuyeron con una donación de 600.000 euros varios empresarios burgaleses. José Ramón Suárez del Otero y Velluti documentó ante la institución ser el legítimo propietario de Tizona. Hasta el punto de que, como ya entonces mantenía un contencioso con la familia gijonesa que la reclama, firmó un aval por el que, en caso de un revés judicial, asumía las responsabilidades para no perjudicar al Gobierno autonómico.

De Fernando de Aragón

Suárez del Otero alega en su defensa que la temible hoja, de 93 centímetros de longitud y 4,30 de anchura, ha pertenecido durante 600 años al marquesado. Fue Fernando el Católico, rey de Aragón y esposo de Isabel de Castilla, quien se la regaló al segundo marqués de Falces en agradecimiento por sus gestiones para incorporar a España el reino de Navarra. A su vez, Fernando la había recibido de los descendientes del Cid Campeador.

Hasta ahí, todo entendible. El embrollo empieza cuando las hijas de Salustiano Fernández, el pescador asturiano que, junto a su esposa, Jacinta Méndez, cuidaron con devoción hasta el día de su muerte a Pedro Velluti, XVI marqués de Falces, reclaman la copropiedad del acero. La relación de estas dos familias es conmovedora. Empieza en Luarca, donde el anterior marqués, José María Velluti Zbikowsky, propietario de Tizona, pasa los veranos con su esposa y sus hijos, Pedro y Olga. El noble pide a la familia del pescador que cuiden del joven Pedro, invidente y enamorado del mar.

Los lazos se estrecharon tanto que, a la muerte de José María Velluti, las hijas de Salustiano se trasladaron con él, primero a Madrid y después a Gijón, donde Pedro Velluti pasó los últimos años de su vida. Agradecido, nombró heredero universal a Salustiano. Tiempo después las hijas se enteran de que su benefactor era también propietario de la espada, depositada en el Museo del Ejército desde 1944 y de que el último marqués, José Ramón Suárez del Otero, la había vendido. Las hijas de Salustiano reclaman el 50% del dinero que se embolsó José Ramón Suárez Otero, más intereses, puesto que en los años 70 Pedro y su hermana Olga habían firmado un documento que acreditaba que los dos eran dueños del discutido acero medieval.

Lo único claro de este singular contencioso es que el hierro que atemorizaba al enemigo infiel nunca podrá partirse en dos, pese a tanto ruido de sables, ni se moverá del museo de la capital burgalesa, que dista ocho kilómetros de Vivar del Cid, localidad donde naciera, en 1043, el lengendario y díscolo caballero. La Junta de Castilla y León no tiembla ante el contenido del futuro fallo judicial. «Nos da la impresión de que los demandantes pretenden que el marqués les pague la mitad del importe de la venta, porque si hubieran querido recuperar la espada, nos hubieran demandado a nosotros», explica el secretario general de la Consejería de Cultura, José Rodríguez Saínz-Pastor.

¿Es falsa?

Además, ¿para qué querrían las hijas de Salustiano ese acero milenario de doble filo forjado en los talleres de Al-Andalus y que está sujeto a las restricciones que impone estar catalogado como bien de interés cultural? En el improbable supuesto de que se hicieran con él, el Ejecutivo regional podría ejercer el derecho de retracto. Algo que ya en su día intentó el Ministerio de Cultura, pero del que claudicó al dudar de la autenticidad de la espada, por la que no daba más de 300.000 euros. Y eso a pesar de que expertos de la Universidad Complutense certificaran en 1998 que a Tizona la cincelaron en la primera mitad del siglo XI. ¿Cuántas batallas más tendrá que librar esa afilada hoja flexible y ligera, forjada con hierro de las minas de Sierra Morena, épica y con fama de imbatible, tanto como el brazo que la blandía? Por suerte, ya solo tiene que lidiar en contiendas pecuniarias menos nobles.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos