Cabeza fría, corazón caliente

Es el lema del político que está planteando el mayor desafío a España, un hombre de costumbres que lleva 40 años veraneando en el mismo hostal y, cuando cambió de piso, se fue unos portales más allá

CARLOS BENITO
Mas, con su esposa durante un mitin. En la foto grande, una de sus comparecencias de esta semana, en la que llamó a su partido a cerrar filas en torno a la idea del Estado propio. ::                            ALBERT GEA/REUTERS Y SUSANNA SÁEZ/EFE/
Mas, con su esposa durante un mitin. En la foto grande, una de sus comparecencias de esta semana, en la que llamó a su partido a cerrar filas en torno a la idea del Estado propio. :: ALBERT GEA/REUTERS Y SUSANNA SÁEZ/EFE

Alos catalanes les gusta tirar de una dualidad para explicar su carácter y su historia: es la que opone y a la vez suma los conceptos de 'seny' y 'rauxa'. El 'seny' viene a equivaler a cierta templanza intelectual, un sosiego emparentado con el sentido común y el saber estar que, en definitiva, acaba empujando a la persona y al país por la senda del pragmatismo. Pero, en ocasiones, se impone la 'rauxa', el arrebato, el arranque emocional, y el 'seny' cede a la urgencia de liarse la manta o la bandera a la cabeza y, si se tercia, montarla parda. Artur Mas, el presidente de la Generalitat, tan correcto y tan formal, siempre ha parecido hecho de encargo como representación del 'seny' en su vertiente menos bulliciosa: resulta difícil imaginarlo despeinándose en la pelea por unos ideales. Y, sin embargo, ahí lo tienen, advirtiendo al mundo de que «Cataluña debe hacer y hará su camino pase lo que pase».

«Es una persona con una cabeza bien amueblada, muy organizada, y hace las cosas con perspectiva. Es bastante frío, analítico, reservado: se educó en el Liceo Francés y Aula, que dan una formación muy estructurada, ordenan la cabeza y enseñan a pensar», analiza la periodista Montserrat Novell, que retrató a Artur Mas hace diez años en el libro 'Biografia d'un delfí'. Su otra biógrafa, Pilar Rahola, coincide en parte del diagnóstico: «Sus rasgos más destacados son el rigor, la resistencia y un cierto sentido calvinista de la vida. Es un hombre que lo pasa todo por la razón», afirma. Pero también asegura que, en los meses que estuvo junto a él para preparar 'La máscara del rey Arturo', se sorprendió al descubrir brasas bajo esa fachada de distante elegancia: «Él sostiene que, en el fondo, es un sentimental, y yo diría que es cierto: es capaz de ser pasional en las ideas. No va a hacer ningún disparate, va a pensarlo todo mucho, irá lento y seguirá su proceso, pero es el hombre capaz de dar una patada al tablero, porque toma la decisión que él cree que tiene que tomar con independencia de las consecuencias».

Al fin y al cabo, esa actitud viene a ser la traslación directa del lema que preside su despacho, grabado en el timón que heredó de su bisabuelo marinero, que también se llamaba Artur Mas. «Cabeza fría, corazón caliente, puño firme, pies en el suelo», dice en catalán la inscripción. Esos consejos de navegante parecen pensados para la brega política, pero durante muchos años nada en la vida de Artur, el bisnieto, hizo pensar que se dedicaría a la cosa pública. Nació en 1956 en una familia de industriales: su abuelo era uno de los fundadores de Magomo, fábrica de ascensores y montacargas que se acercó a los 300 empleados antes de entrar en crisis a finales de los 70, y el joven Artur creció orientado hacia la empresa privada, sin que se le conociese ninguna inclinación catalanista. Él mismo ha admitido que, en el tardofranquismo, se dedicó a estudiar y pasarlo bien -no oculta que se emborrachó varias veces y se fumó algún porro mientras estaba en la universidad-, pero con la transición democrática floreció en él una súbita inquietud nacionalista. El libro de Novell desveló que, de hecho, esperó al año 2000 para catalanizarse el nombre: hasta entonces, fue legalmente Arturo, aunque en su casa lo pronunciaban cerrando la o, algo así como 'Arturu'.

Los primeros años 80 fueron un periodo clave para él. En 1980 conoció a la que habría de convertirse en su esposa: en plenas milicias universitarias, acudió a la boda de un compañero de facultad y le sentaron al lado de una prima de la novia. Se trataba de Helena Rakosnik, una barcelonesa del barrio de Gràcia que había heredado el resonante apellido de su bisabuelo checo, un botánico que se trasladó a Elche para estudiar el palmeral. Durante el banquete se enfrascaron en una charla sobre pesca, que no parece precisamente la antesala de la seducción, pero a la chica le agradó ese joven tímido, atento, de rotunda mandíbula y, por aquel entonces, bigotudo. «Con el primer vistazo, la verdad es que dije: 'Caray, qué guapo'», ha relatado. Se casaron dos años más tarde, por la iglesia, y se marcharon de luna de miel hasta Venecia en un coche prestado. La familia de Helena poseía empresas de envases de cartón, pero ella había estudiado magisterio y trabajaba de maestra en la escuela para los hijos de los empleados del Metro de Barcelona; después, cuando cerraron el centro, se quedó en la compañía desempeñando otras tareas. La pareja tiene tres hijos -Patrícia, Albert y Artur- y Helena se sacó en 2006, por fin, el carné de Convergència.

Poco antes de la boda y recién licenciado en Económicas, Artur había entrado en el Departamento de Comercio de la Generalitat, con un contrato de cinco meses. Antes de eso había tenido un empleo en la oficina de exportaciones del Grupo Diplomat, vinculado a la empresa de su familia, pero prefirió quedarse en Barcelona cuando la firma trasladó esa división a Madrid. Así, de forma más casual que otra cosa y sin ese pedigrí que dan los fervores de juventud, arrancó una carrera política que tendría su momento decisivo en 2001, cuando Jordi Pujol lo eligió como heredero, y que le llevaría finalmente a la presidencia de la Generalitat en 2010, tras siete años de purgatorio como jefe de la oposición.

Piscina y misa

Aunque nadie lo diría escuchando sus intervenciones de estos días, Artur Mas es poco amigo de los cambios. En su vida privada, se comporta como una persona de hábitos fijos, que se complace en las rutinas que su cargo le permite mantener. De talante austero, duerme poco, seis o siete horas, y desayuna deprisa algo de fruta, ya que renunció al café y el té hace quince años. Cuando puede, va a nadar medio centenar de largos en la piscina olímpica de un gimnasio. Los domingos, la familia acude a misa de ocho y media en la parroquia de San Ildefonso. Y, en vacaciones, siempre hacen exactamente lo mismo: reservan habitaciones en el hostal-restaurante S'Algaret de Fornells, en Menorca, el mismo alojamiento donde los padres de Artur empezaron a veranear con su prole hace más de cuatro décadas. Allí, el 'president' se calza las tradicionales abarcas menorquinas, desayuna ensaimada y sale a navegar en lancha. También suelen ir unos días a la casa familiar de los Mas, en Vilassar de Mar (Barcelona), el refugio en el que pasaba los largos veraneos de la infancia y donde besó a su primera novieta. Y, para esquiar en invierno, poseen otra casa en Llívia, el enclave gerundense en territorio francés.

Hasta tal punto es un hombre de costumbres que la última mudanza familiar, en sus tiempos de concejal, solo les llevó unos cuantos portales más allá: Artur Mas no quería abandonar el barrio barcelonés de Sant Gervasi y acabó comprando un piso de segunda mano casi al lado del anterior, pero más amplio. Los vecinos todavía lo recuerdan acarreando enseres de un domicilio al otro. Estos días, el presidente catalán anda atareado en plantear por foros y despachos otro tipo de mudanza, más compleja y aparatosa. Muchos en Madrid -y también bastantes en Cataluña- le acusan de haber cambiado de discurso y le llaman oportunista, pero a Pilar Rahola no le ha sorprendido el tono perentorio de su biografiado: «Artur Mas representa perfectamente la dualidad del 'seny' y la 'rauxa'. Tiene los pies en el suelo, se lo piensa mucho, pero es perfectamente posible que sea él quien cree el conflicto más importante con España de la historia de Cataluña. Se ha trazado un camino y anda por él: puede pararse poco o mucho, pero no cambiará de camino. Y a mí, en 2010, ya me dijo que España no tenía solución».

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