TODAS LAS EDADES CUENTAN

ALEJANDRO NAVASPROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Así se titulan las setenta páginas donde el Gobierno alemán expone su estrategia demográfica para los próximos años. Se apoya en un informe oficial de hace nueve meses sobre la situación demográfica, que sirvió de base para diseñar la estrategia. Después de un trabajo intenso, con la ayuda de expertos independientes, se acaba de presentar el plan al Parlamento.

«Este tema merece la máxima atención», declaraba Merkel. La situación parece crítica: la población envejece y cada vez nacen menos niños. El Ejecutivo calcula que la población alemana habrá disminuido en tres millones en 2030 y en doce millones en 2060. Se trata de evitar lo sucedido en Japón, país muy parecido a Alemania en más de un sentido y líder mundial en envejecimiento de la población. Allí, el consumo interior se desploma; la deuda pública dobla el valor del PIB; languidecen empresas no hace mucho envidiables -Sony, Sharp, Panasonic-; las fronteras siguen cerradas a la inmigración. Todos coinciden en atribuir esta imparable decadencia a la evolución demográfica.

Los gobernantes alemanes han identificado seis ámbitos principales de actuación: el fortalecimiento de la familia; el retraso de la jubilación; el logro de una vida autónoma en la tercera edad; el equilibrio entre la ciudad y el campo; el mantenimiento del crecimiento y del bienestar; la defensa de la capacidad de actuación del Estado (por ejemplo, mediante la limitación del endeudamiento público). «La familia es el punto de partida natural de toda estrategia demográfica, ya que ahí se decide el nacimiento de los hijos. Ningún Estado puede suplir lo que las familias hacen de modo espontáneo», continuaba la Canciller.

Es buena señal que los responsables políticos dediquen una atención preferente a esta importante cuestión. Su diagnóstico parece impecable, aunque se discrepa en torno al tratamiento. Para empezar, y esto es mala señal, el Gobierno está dividido sobre el proyecto de ayuda económica a las familias que crían hijos pequeños en el hogar. No han faltado algunas críticas radicales, pero muchos reconocen la valentía del Ejecutivo por acometer objetivos tan importantes como poco rentables en términos electorales: apuntar más allá de la próxima cita con las urnas revela una admirable y poco frecuente amplitud de miras. Pero aun así, el Gobierno alemán no ha conseguido eludir del todo los condicionamientos de la corrección política y ha pretendido, si no contentar a todos, disgustar al menor número posible de actores implicados. Proponerse simultáneamente mantener el nivel actual de bienestar, limitar al máximo la inmigración, equilibrar las condiciones de vida entre las diversas regiones y disminuir la deuda resulta imposible. Y llegado el momento de concretar, el plan se pierde en vaguedades.

De todos modos, sigo con envidia ese debate alemán. ¿Para cuándo uno similar en España? Nuestra población está -de momento- menos envejecida que la alemana, pero en otros aspectos estamos mucho peor que ellos. Así, los dirigentes alemanes consideran inadmisible su actual tasa de paro juvenil del 9%, y dibujan un panorama catastrófico si no se hace algo pronto para integrar a todos los jóvenes en el sistema educativo y productivo. El invierno demográfico también ha llegado a nuestro país, con una crudeza particular. Las voces que lo denuncian encuentran poco eco. Pienso, por ejemplo, en el esclarecedor estudio de Alejandro Macarrón, 'El suicidio demográfico de España' (Ed. Homolegens, 2011, con prólogo de Juan Velarde Fuertes). Como en tantos otros ámbitos, procesos sociales que en los países de nuestro entorno europeo han requerido decenios, aquí se han producido en años.

Sería criminal hipotecar el futuro de nuestros hijos y nietos con una deuda exorbitante, que coartaría decisivamente su capacidad de actuación, es decir, su libertad. ¿Con qué derecho nos apropiamos de esa prerrogativa? Es el colmo del egoísmo y de la falta de solidaridad. Claro que si no tenemos hijos, la discusión en torno al déficit pierde sentido. Incluso puede ser razonable gastar sin medida y exprimir el jugo al presente, en un carpe diem colectivo. «Después de nosotros, el diluvio», parece ser la actitud implícita en tantas conductas y declaraciones. La Merkel de turno tendrá que negociar en su momento las condiciones de nuestro rescate con los descendientes de los inmigrantes que habitarán nuestro país. Reformar el sistema financiero y recuperar la confianza de los mercados son ahora la tarea prioritaria, pero la vida de nuestra sociedad no se agota en las peripecias de Bankia. Es muestra de buen gobierno lograr que la solución de lo urgente no impida la atención a lo importante.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos