Los reyes de la caza

Los elefantes de Botsuana atraen a ricos extranjeros que buscan aventura, pero sin renunciar al lujo y el trato preferente

CARLOS BENITO
Los reyes de la caza

A estas alturas, todos los españoles hemos visto ya un trozo pequeñito de Botsuana: una parcela de suelo polvoriento, con un poco de verde al fondo y un tronco de árbol, en el que se apoya de bruces un elefante muerto. Si ignoramos a las dos figuras humanas de la foto, al menos de momento, y vamos ampliando el campo de la imagen, nos encontraremos un país de naturaleza fascinante, con contrastes tan marcados como los del Delta del Okavango, el lugar al que empiezan a peregrinar en estas fechas del año cazadores millonarios de todo el planeta. El Okavango es un río que nace en Angola, recoge las copiosas lluvias que se registran allí en enero y traslada lentamente ese precioso caudal hacia el país vecino: el agua tarda un mes en recorrer mil kilómetros y otros cuatro en rellenar los canales del delta, de manera que el lugar alcanza su plenitud cuando el árido entorno atraviesa sus meses más secos. A esa milagrosa telaraña líquida que dibuja 50.000 islas la suelen llamar 'la joya del Kalahari'.

En ella habitan cientos de miles de grandes mamíferos. Están, por ejemplo, los leones nadadores, forzados a zambullirse por la necesidad de seguir a los antílopes en ese entorno inundado. O, por supuesto, los elefantes, en grupos que pueden superar el medio centenar de ejemplares: en el norte de Botsuana, que incluye también el Parque Natural de Chobe, la población de paquidermos se ha estabilizado en torno a 130.000, según los responsables de la organización Elefantes Sin Fronteras. Algunos de ellos son supervivientes del exterminio que llevaron a cabo los rebeldes angoleños de Unita, que mataban a manadas enteras con sus AK-47 para comerse la carne y financiarse traficando con el marfil. En total, se estima que pudieron abatir a 150.000, y ahora los expertos comprueban cómo algunos animales que buscaron refugio en Botsuana están regresando con su descendencia a su lugar de origen en Angola: lo de la prodigiosa memoria de los elefantes no es ningún mito.

Botsuana prohibió la caza de los elefantes en 1982, pero, en vista de la evolución positiva que mostraba la especie, la reabrió en 1996, mediante un sistema de cuota anual y subasta. Las autoridades del país africano han diseñado su oferta cinegética según el principio 'poco volumen, mucho valor', de manera que sus clientes son potentados extranjeros obsesionados por dar caza a los 'cinco grandes' (elefante, búfalo, león, leopardo y rinoceronte) y capaces de pagar entre 20.000 y 45.000 euros por las expediciones correspondientes. Los organizadores de estos safaris cuentan con instalaciones lujosas en medio de la nada y brindan a sus clientes un trato exquisito, para que disfruten a la vez de la aventura y del estatus. En sus webs se pueden leer testimonios de personas que acuden una temporada tras otra, o que llevan a sus hijos de seis o siete años para que experimenten por primera vez la sensación de matar un animal.

Las principales empresas son Kgori, Johan Calitz y Rann Safaris, lo que nos lleva de vuelta a la foto del comienzo. El propietario de Rann Safaris, Jeff Rann, es el hombre que posa en chaleco y pantalón corto junto al Rey, delante del elefante muerto. La imagen se tomó en 2006 y estaba colgada en la página de la compañía, pero ha salido a la luz -y ha sacudido conciencias- a raíz de la caída sufrida por el monarca en esta nueva expedición para cazar elefantes en Botsuana. Jeff empezó de guía en Zambia en los años 70 y de allí se mudó a Sudáfrica, Tanzania y, finalmente, Botsuana, donde obtuvo varias concesiones de caza en el Delta del Okavango. También es dueño del Rancho 777, una finca de Texas donde se pueden cazar especies exóticas -el más caro es el bongo, un gran antílope africano que sale por 25.000 euros- y donde se han rodado escenas de películas como 'Ace Ventura'.

Leopardo herido

Jeff, ferviente admirador de los 'cazadores de marfil' del siglo XIX, relató algunas de sus experiencias en una entrevista con Orion, la productora para la que ha presentado un programa: allí contaba que cobró su primera pieza a los 5 años o cómo una vez, ignorando toda sensatez, persiguió a un leopardo herido hasta el interior de una cueva. «Mi esposa, Kwezi, me preguntó no hace mucho cómo sería mi día perfecto y yo dije: disparar a un elefante de 100 en Botsuana con mi calibre 577. Creo que no era la respuesta que ella esperaba».

El 100 se refiere al peso en libras de los colmillos, el criterio por el que se evalúan los trofeos en la caza del elefante. Cien libras son 45 kilos, un tamaño sobresaliente para estos tiempos, aunque en el pasado era habitual encontrar colmillos mucho mayores. El elefante más grande abatido en Botsuana desde que se reanudó la caza en 1996 superaba por los pelos ese listón: su colmillo izquierdo pesaba 47 kilos, aunque el derecho se quedaba en 45. Lo mató el 12 de abril de 2010, también a principio de temporada, el mexicano Manuel Pariente Gavito, que había contratado el safari con la empresa Johan Calitz. «Este viejo elefante, sin lugar a dudas, ha tenido tiempo para esparcir sus genes por todo el norte de Botsuana, lo que nos deja con el buen sabor de boca de que la experiencia pueda repetirse», se felicitaba un portavoz de la compañía. Aquel mismo año, por cierto, otro cliente de Calitz abatió un elefante cuyos colmillos pesaban 40 y 35 kilos: se trataba de Mohamed Eyad Kayali, un empresario sirio afincado en España que suele acompañar al Rey en sus cacerías.

Aunque Jeff Rann se ha convertido en la imagen de la nueva peripecia del rey Juan Carlos en Botsuana, no ha trascendido si efectivamente estaba cazando con él en esta ocasión. Tampoco se ha confirmado oficialmente la participación de la otra protagonista de las informaciones del fin de semana: Corinna zu Sayn-Wittgenstein es la principal responsable de Boss & Co Sporting, una firma vinculada a los fabricantes de armas Boss & Co y dedicada a organizar cacerías en «las propiedades privadas de más alta calidad de todo el mundo». En estos viajes, «sea para cazar perdices en East Anglia o jabalíes en Australia», los clientes son tratados como «invitados especiales» y se alojan, cuando es posible, en palacios y castillos. Corinna, con título de princesa debido a su segundo matrimonio, suele organizar las expediciones cinegéticas del monarca, con quien mantiene una estrecha amistad.

¿Quién es esta mujer de apellidos tan difíciles de memorizar? Nacida en Suecia hace 46 años, ha estado casada dos veces: su primer esposo fue Philip Atkins, con quien tuvo en 1992 a su hija Nastassia, y en 2000 contrajo matrimonio con el príncipe Casimir zu Sayn-Wittgenstein, un 'playboy' ocho años más joven que ella. Su hijo Alexander nacería en 2002 y la pareja acabaría divorciándose en 2005. Entre un marido y otro, Corinna mantuvo una relación con Gert Rudolf Flick, heredero de la Mercedes. Además de la caza, le apasiona la navegación: en 2007 acudió a Valencia en uno de los barcos de seguimiento de la Copa América y en una ocasión fue 'tripulante 18' del equipo Desafío Español, un honor que comparte con el propio Rey, el príncipe Federico de Dinamarca o el arquitecto Santiago Calatrava. En su perfil también destaca el trabajo con Authentics Foundation, una ONG que combate los productos falsificados y su trasfondo criminal. Y, finalmente, se ha señalado a Corinna como la actual propietaria del collar y los pendientes de esmeraldas de la condesa de Romanones, vendidos en subasta el año pasado por 300.000 euros. Estos días, los rumores sobre Corinna zu Sayn-Wittgenstein se han convertido en un tema recurrente en tertulias y redes sociales: parece que en esto, como en los elefantes, también se ha abierto la veda.

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