La jueza enigmática

No saluda ni sonríe. Tampoco sale a tomar café. Mercedes Alaya, la magistrada que investiga el escándalo de los ERE en Andalucía, es la nueva estrella de los juzgados

JOSÉ AHUMADA
Mercedes Alaya combina su variado vestuario con el maletín repleto de documentación que acarrea a diario entre su casa y el juzgado. ::
                             E. C./
Mercedes Alaya combina su variado vestuario con el maletín repleto de documentación que acarrea a diario entre su casa y el juzgado. :: E. C.

La noche del pasado 25 de marzo, una vez conocido que el descalabro electoral era mucho menos grave de lo temido, todo eran alegrías en las sedes del PSOE repartidas por toda la geografía andaluza. En la de Granada, contagiado del entusiasmo, uno de los militantes, cargo público con escaño, celebraba a voces: «¡La 'Santa' no hace milagros! ¡La 'Santa' no hace milagros!». Se refería a la jueza Mercedes Alaya, encargada de instruir, entre otros, el escándalo de los ERE fraudulentos que tanto desgaste ha supuesto para la Junta, y cuyo nombre ha sonado más que el de los propios candidatos durante la campaña. El mote proviene del entorno del PP, que llegó a creerla capaz de cobrarse la cabeza de José Antonio Griñán en los comicios.

Desde que se destapó el escándalo, Alaya pasó a formar parte de la nómina de jueces fijos en los telediarios. Como ocurre con el sol, la sobreexposición televisiva siempre resulta dañina, y su primer efecto es el de transformar al individuo en personaje. En su caso, además, se dan un par de agravantes: su total reserva, que unos traducen por timidez y otros por soberbia, y su cuidado aspecto, que parece chocar con el que el imaginario colectivo atribuye a las juezas.

Su primer contacto con la popularidad data de 2010, cuando puso fin al reinado de Manuel Ruiz de Lopera en el Betis con la investigación de un supuesto delito societario cometido por el hasta entonces todopoderoso empresario sevillano. El temple de esta mujer de apariencia delicada despertó admiraciones -y odios- y, sobre todo, una enorme curiosidad.

Costó mucho elaborar un perfil a base de datos bastante vagos y a menudo contradictorios: nacida en Sevilla, Écija o Alcalá de Guadaira en 1963, se tenía constancia de que había cursado la carrera de Derecho en la capital andaluza, que en 1988 ganó la plaza de jueza y que tuvo por destinos Carmona y Fuengirola antes de encontrar puesto en la ciudad, justo cuando se celebraba la Expo de 1992. Casada en tiempo de facultad con un conocido auditor, Jorge Castro García, y madre antes de licenciarse, se les adjudicaban uno, dos o cuatro hijos, dependiendo de la fuente. En cualquier caso, lo que quedaba claro es que se trataba de alguien celoso de su vida privada y que parecía racionar su contacto con el mundo limitándolo al terreno de lo profesional.

El bombazo que la lanzó al estrellato reventó mientras investigaba el posible soborno de algunos directivos de Mercasevilla, un caso que la tenía ocupada desde la primavera de 2009. Entre las montañas de folios descubrió un rastro de migas que, gracias a su tesón, le llevó hasta las mesas donde se servían las mariscadas pagadas con dinero de todos: una trama de prejubilaciones de pega y corrupción grosera que fundió mil millones de euros y de la que -presuntamente- formaron parte destacados miembros del Gobierno andaluz.

El salto a la fama, lejos de cambiar su actitud distante, la agudizó; quizás solo es que se hizo evidente al ser más observada. «Ni sale a tomar café», asegura una periodista dedicada a la información de tribunales en Sevilla. «Cuando abandona el despacho, todo el mundo se la queda mirando, pero nunca saluda; ni siquiera sonríe. Yo creo que ese aire altivo esconde un problema de timidez». Lo que no pone en duda es una capacidad de trabajo fuera de lo normal que le hace saltarse comidas y permanecer horas y horas tras la mesa de su oficina.

De eso da también fe José Joaquín Gallardo, decano de los abogados de la capital hispalense. Discreta, esforzada, entregada, son algunos de los adjetivos que dedica a una jueza que «cumple su función con total seriedad» y a quien atribuye también cierto retraimiento y un claro afán de evitar tratos con la prensa.

«Yo la he visto mantener firmes como una vela a cincuenta abogados en su despacho, tíos con veinte años de experiencia. No hay quien le tosa a doña Mercedes», explica un colega de Gallardo que prefiere no ser reconocido. «Si no le interesas, te trata de forma diferente a como lo haría si te quiere sacar algo. Si es así, o le caes bien, puede llegar a ser francamente encantadora; si no, es fría como el hielo».

La descripción se ajusta perfectamente a lo que cuentan quienes han asistido a alguno de sus interrogatorios. Sabe lo que busca y no duda en ser dura y casi cruel cuando lo necesita; en otras ocasiones, se muestra cordial y cautivadora. Lo que haga falta para lograr su objetivo. Fernando de Pablo, defensor del exdirector general de Empleo, Javier Guerrero, comprobó cómo Alaya desplegó todos sus encantos para tirar de la lengua a su cliente. ¿Maquiavélica? «Yo lo que vi fue un trato amable, sorprendentemente, porque había asistido a otros y es muy inquisidora». Hay quien lo cuenta de otra manera, de forma anónima, por supuesto. «Vino un compañero en un receso y me dijo: 'se está descojonando de risa con Guerrero'. No me lo creía, pero allí estaba, riéndose y echándose la mano a la boca. En ella es algo que llama la atención». Eso sí, acabado el jolgorio, Guerrero fue derecho a prisión.

Tal dominio de las situaciones y tanta habilidad en el manejo de personas resultan extraños para alguien a quien se le supone gran dificultad para relacionarse. Una observación aportada por un compañero de facultad ahonda las dudas. «En la universidad ella solía llegar un poco tarde, cinco minutos, cuando ya estaban cerradas las puertas del aula, y entraba y se paseaba con sus taconcitos delante de todo el mundo hasta llegar a su sitio. Eso no lo hace alguien tímido».

La escena guarda similitud con la que se repite cada mañana, cuando Mercedes Alaya convierte el breve trecho entre el taxi del que se apea y la entrada de los juzgados en una pasarela. Siempre arreglada, con mirada ausente y un andar rápido y armonioso, podría darse cierto aire de modelo si no fuese por el trolley que arrastra a diario hasta el trabajo, y que le confiere aspecto de viajera. Los abogados más gamberros bromean con su contenido: más modelitos. La realidad es otra: acarrea kilos de documentación que convierten su vida en una jornada continua.

Escotes, piernas y hombros al aire sorprenden a quienes dan por hecho que en su oficio la norma es un aspecto más monjil. «Ella se arregla mucho, es una mujer coqueta. Si sabe que va a haber cámaras, se prepara más», observa una redactora que sigue sus pasos habitualmente y que destaca entre su equipamiento un bolso en piel de avestruz que puede ser de Loewe; caro, en todo caso. «Tiene medio enamorados a todos los abogados. Hasta a los de la defensa».

El dictamen de las expertas de la revista 'Mujer hoy' habla de «una mujer absolutamente elegante y discreta». «Alaya tiene en su forma de vestir todos los códigos de una mujer trabajadora, eficaz y muy femenina en sus estilismos. Conocedora de la moda, pero sin extravagancias. Hasta ahora no le hemos encontrado ningún defecto de forma».

Entre los hombres, como suele suceder, el análisis es algo más burdo y mucho menos científico. «Nos entretenemos viendo cómo va vestida. El otro día, que venía con la camiseta de lentejuelas, decíamos que iba de sirenita. Esa piel tan blanca. tiene una belleza eslava. Y la forma de moverse, sin gestos desacompasados. parece una diosa. La diosa de la Justicia... Pero, por favor, no pongas que lo he dicho yo, que no veas cómo se las gasta».

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