El Puente Nuevo cumple cinco siglos

Lo pagaron la ciudad, los pueblos y el Cabildo, que se resistió al máximo durante años Lo construyó Rodrigo Alemán, el primer hombre que voló en España

A.S.O.PLASENCIA.
Unos paseantes cruzan el Puente Nuevo que es peatonal tras la terminación de la ronda sur. ::                             ANDY SOLÉ/
Unos paseantes cruzan el Puente Nuevo que es peatonal tras la terminación de la ronda sur. :: ANDY SOLÉ

Para los placentinos sigue siendo el Puente Nuevo. Cinco siglos después de que se acabara. Porque fue el último en la ciudad durante casi 480 años. Pudo llamarse también el Puente de la Reina, por el interés que Isabel la Católica puso en esta obra de suma necesidad para Plasencia y su tierra.

También podría haber pasado a la posteridad como el puente de la Isla, tal y como reza la inscripción en letra gótica al pie del templete central que aloja la imagen de la Virgen de la Cabeza. Dice así: 'Esta noble cibdad de Plasencia mandó hacer esta puente de la Ysla regnando el rey don Hernando e la reyna doña Ysabel, nuestros señores e comenzose en el año del Señor de mil e quinientos e acabose nel de quinientos e dose e fue maestro della Maestre Rodrigo Alemán'.

Es la transcripción de la lápida de Benavides Checa. En 'Prelados placentinos', da noticia de que el puente se restauró en 1898. Se renovó la inscripción con iguales caracteres, por el maestro cantero Cesáreo Domínguez, de Hervás, todo a expensas del municipio y del bolsillo del chantre.

La historia de la construcción del puente es todo un escandaloso culebrón sociopolítico, trufado de enfrentamientos entre el Cabildo y Concejo, con excomuniones de los regidores locales de por medio y largos pleitos ante la Corona, vista la reiterada resistencia del primero a pagar la sisa o cantidad asignada por el municipio para poder costear la obra.

Y junto a la realidad documental que constata la polémica, pervive la leyenda que envuelve al maestro que dirigió las obras: Rodrigo Alemán. El artista que talló la magnífica e irreverente sillería de la catedral y el primer hombre del que se tiene noticia que voló en España.

Ícaro placentino

Lo recogen los historiadores. El Ícaro placentino fue este genial personaje de licenciosa vida al que las deudas y su soberbia se las hicieron pasar canutas. Con pérdida de libertad incluida. Tras compararse con Dios como artista acabó perseguido la Inquisición por hereje. Por la Justicia lo fue a causa de los débitos. Al final el Cabildo logró para él asilo sagrado en la torre de las campanas.

Relata la tradición que solo pedía para comer aves y sin desplumar. Empezó a adelgazar y calculó la proporción entre peso de plumas y de las aves hasta reunir cuatro onzas. Reunida la cantidad, se las pegó con engrudo al cuerpo y se acopló unas alas hechas con maderas a los brazos y emprendió el vuelo hasta caer en la Dehesa de los Caballos. Unos dicen que murió. Otros que no, porque después hizo la sillería de Ciudad Rodrigo.

La historia recogida por Sánchez Loro, 'se non e vera, e b en trovata', para reflejar el ingenio de ese artista que alzó el bello puente de cantería, de impecable traza y doble vertiente. No fue solo un acceso esencial para la ciudad y las comarcas sino que constituye un monumento arquitectónico de primer orden. En los primeros años del XXI, sufrió el mayor atentado: edificar unas escaleras a partir de los estribos de la margen derecha del Jerte para comunicarlo con el paseo de la ronda sur que, a falta de un adecuado informe y seguimiento de Patrimonio, se pasó por allí mismo la normativa para provocar un irreparable impacto negativo sobre un monumento medieval, con el silencio de instituciones y defensores del patrimonio.

Escandalosa polémica

El Ayuntamiento decide en 1489 sustituir el peligroso pontón de madera apañado sobre los restos del 'de Pascual clérigo', por uno de fábrica. Una obra a más que necesaria después de que una riada destruyera en 1498 el de San Lázaro.

Ante la falta de recursos municipales para afrontar la inversión «por la poca renta que tenemos y los gastos grandes que hemos hecho en haber traído el agua a esta ciudad», el Consistorio propuso un reparto de cantidades asignadas a los pueblos y villas de la tierra placentina «que pastan comen y gozan todas las yerbas y landes, pastos y prados de ella como los vecinos de Plasencia», señala Jesús Manuel López. Son las denominados repartimientos o sisas.

Sánchez Loro recoge los asignados. 200.000 maravedíes se le señalaron a Valverde de la Vera y 150.000, respectivamente, a Jarandilla y a Belvís. 70.000 pusieron a Tornavacas, Garganta la Olla, Almaraz, Serrejón y Deleitosa. Jaraicejo, 73.330 y dos cornados. 60.000 fue la asignación a Pasarón, Monroy y Talaván. 23.333 y dos cornados pagó Torrejón; 20.000 maravedíes, Corchuelas ; 10.000, Grimaldo y otros tantos, Torremenga. En total era un tercio de los dos restantes los costeó Plasencia.

Con las poblaciones no hubo problema en la financiación, señala el historiador citado, pero no sucedió lo mismo con la Iglesia, en la parte tocante a la urbe, vista la tensa relación que había entre Cabildo y Concejo. Y eso que el obispo ordenó al primero abonar su parte, pero los clérigos se negaron alegando que no se les había consultado nada, y que la materia afectaba a su libertad y jurisdicción, dando lugar a interminables pleitos durante años con resoluciones tanto de Isabel la Católica como del rey Fernando, siempre favorables a que el Cabildo pagara su parte a la ciudad, lo que no fue óbice para que se mantuvieran en resistencia y desacato a las resoluciones.

Cada año el Cabildo rechazaba pagar la sisa correspondiente, algo que mermaba sus rentas. Llegó a apelar la ciudad a la justicia de la Corona y el deán y Cabildo, al arzobispo de Santiago en su afán por no soltar un cuarto. Una escalada que dio lugar a enfrentamientos dialécticos, ruptura de relaciones e incluso a la excomunión de los regidores de la ciudad por la Iglesia, a instancias del Cabildo, con la orden de «que no fueran absueltos mientras la sisa estuviese puesta». Era el mayor castigo público que podía recibir se de la Iglesia. Fue todo un gran escándalo para la sociedad de la época.

La ciudad apeló y el Arzobispado de Santiago ordenó la absolución para sus gestores, eso sí con penitencia «y en tanto alcen la sisa al Cabildo y clerecía». Finalmente, el asunto se zanjó, tras años de disputa y pagos, a regañadientes con las más rebuscadas excusas. En 1505 visto el inexcusable requerimiento por real cédula de Fernando el Católico el Concejo logró que el Cabildo pagara el dinero que le correspondía pero resultó, dice Sánchez Loro, que la ciudad se gastó más de lo que percibió en los largos pleitos y gestiones llevados a cabo para que el deán Diego de Jerez, Cabildo y clérigos pagaran la parte de la inversión que se les asignó para poder levantar el Puente Nuevo.