De visita en los calabozos

Durante su estancia, un máximo de 72 horas, reciben tres comidas al día y aparte de la ropa, no tienen más que una colchoneta y una manta Las ocho celdas de Comisaría albergaron el año pasado a 1.100 detenidos

TOÑI ESCOBEROCÁCERES.
El pasillo principal al que se abren las puertas de siete de los ocho calabozos con los que cuenta actualmente la Comisaría, ubicados en el sótano  ::                             JORGE REY/
El pasillo principal al que se abren las puertas de siete de los ocho calabozos con los que cuenta actualmente la Comisaría, ubicados en el sótano :: JORGE REY

Cuando la Policía pone unas esposas, el siguiente destino de un detenido son los calabozos. Hasta 72 horas podrá pasar en ellos antes de llevarlo ante el juez. Sin móvil, sin internet, sin tabaco, sin reloj, sin ver la luz del día., ¿cómo transcurren esas horas?

«La mayoría de los detenidos las pasan durmiendo, pero rarísima vez llegan a 72 horas, la media son 24 horas», responde Ángel Gutiérrez, jefe de grupo de la Brigada de Seguridad Ciudadana de la Policía Nacional, quien ejerce de guía a HOY en un recorrido por estas dependencias policiales en Cáceres.

El año pasado ingresaron aquí 1.100 detenidos, según el Defensor del Pueblo que recientemente ha criticado el sistema de videovigilancia de los de Badajoz, no así de los de Cáceres. El día de la visita solo una celda está ocupada, por un hombre que guarda silencio.

Los calabozos son tal y como se puede imaginar por el cine. Habitáculos lúgubres y fríos, con barrotes en las puertas, situados en sótanos donde no llega la luz del día y el aire entra por conductos de ventilación. Los de Cáceres, algo más blancos y limpios de lo que se puede esperar, sin pintadas gracias al 'higiénico' alicatado, pero tan espartanos como enseñan las películas. «Mantenerlos con ese punto de dignidad no es sencillo porque por aquí pasa gente muy diversa», explica el jefe policial.

La Comisaría de Cáceres dispone de ocho calabozos -en la nueva comisaría serán 14-. El más pequeño mide seis metros cuadrados y el más grande, que se utiliza como colectivo, unos 15 metros. Siete celdas se distribuyen entorno a un pasillo en 'L' controlado por cámaras de seguridad. Sólo una tiene baño propio, el de aislamiento.

Los detenidos, previa petición, salen al pequeño retrete con lavabo situado junto al puesto de seguridad, en una sala anterior. Aquí se encuentra el octavo calabozo, el de menores, separado del resto y con más luz. «Se intenta que su estancia aquí sea lo menos traumática posible y, dependiendo del caso, se les deja salir al pasillo junto al policía. Tanto a los menores como al resto se busca procurarles el mayor bienestar y de dignidad», apunta Gutiérrez.

Las celdas carecen de mobiliario y las paredes están vacías de todo adorno. No hay nada, ni siquiera un interruptor o una bombilla por motivos de seguridad. Un simple poyo alicatado como la pared sirve de cama y asiento. Sobre él, los dos únicos 'lujos' de la estancia: una colchoneta y una manta de usar y tirar, cuya reutilización con más de un preso ha sido motivo de queja por parte del Defensor del Pueblo hace unas semanas.

Lentejas a la jardinera

El último 'lujo' es la comida. Se sirven tres al día: desayuno, comida y cena. Y no exactamente pan y agua, sino lentejas a la jardinera, potaje o atún con tomate, por ejemplo, según el menú (sin derivados del cerdo) almacenado y envasado en bandejas en un 'office'. Todo es precocinado, para meter al microondas y servir. El desayuno: zumo y galletas. Y para arrestados con necesidades especiales, una 'dieta energética': compota, miel, zumo y galletas. «A muchos se les cierra el estómago y a otros la comida les sirve de entretenimiento».

Y es que, aparte de comer y dormir, entre estas desangeladas paredes no se puede hacer nada más. Aquí se entra solo con la ropa. Todo lo demás acaba en bolsas precintadas: reloj, cordones de zapatos, cinturón, mechero, monedas, joyas, papeles, bolígrafos... Todo es susceptible de ser tragado, clavado o usarse para un suicidio o auto lesión. Las precauciones son pocas porque, como concluye Gutiérrez, «hasta el más gallito, cuando se cierra la cancela, empieza a ser consciente de su situación y suelen derrumbarse». No es lo mismo que venir de visita sin esposas.