José Antonio Gabriel y Galán, de nuevo y para siempre

La Editora Regional acaba de publicar 'Último naipe. (poesía completa, 1970-1990)' del autor placentino, con prólogo de Antonio Gamoneda y edición de Luis Bagué

José Antonio Gabriel y Galán. ::
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José Antonio Gabriel y Galán. :: HOY

José Antonio Gabriel y Galán (Plasencia, 1940-Madrid 1993) ocupa un lugar relevante -y único- en el horizonte de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, como corresponde a quien participó de su tiempo con intensidad como editor, poeta, narrador, traductor y periodista. Destacado colaborador en el diario El País, y antes en Cuadernos para el diálogo, fue director de la revista El Urogallo hasta su muerte, una etapa que recogió en las páginas del diario publicado por la Editora Regional de Extremadura en 2007, con el título Diario 1980-1993. Invitación a la resistencia, que fue Premio Extremadura a la Creación 2008. Novelista de largo aliento, es autor de Punto de referencia (1981), La memoria cautiva (1981), A salto de mata (1983), El bobo ilustrado (1986), con la que fue finalista del Premio Nacional de Literatura, o Muchos años después (1992), por la que recibe el Premio Internacional Eduardo Carranza.

José Antonio Gabriel y Galán fue autor de una obra poética no muy extensa pero decisiva para entender la lírica española contemporánea, una obra situada en una encrucijada generacional, que participa de diferentes tradiciones poéticas y principios culturales; comienza en 1977 con la publicación de Descartes mentía, y continúa en 1978 con Un país como este no es el mío, hasta la edición de Razón de sueño en 1988, dentro de Poesía (1970-1985), publicada en su momento también por la Editora Regional de Extremadura. En Último Naipe (Poesía Completa 1970-1990), a esos libros se añade ahora un importante número de poemas inéditos, acompañados de la edición e introducción del profesor Luis Bagué Quílez y de una nota preliminar del poeta Antonio Gamoneda, que se cierra con estas palabras: «Me falta decir algo que me parece también muy importante. Su muerte fue joven, su periodo creativo corto. Pues, bien: en su conjuntación breve, la obra de Gabriel y Galán tiene, como hemos visto, un carácter que supone la plenitud de un sentido; es una obra completa y cerrada en su curso de significación. Lástima que el cierre haya tenido su realización en la muerte; lástima grande la pérdida de esta prodigiosa serenidad existencial y poética».

Sale a la luz esta Edición de la Poesía completa de José Antonio Gabriel y Galán, gracias al interés y esfuerzo de la Editora Regional y de la Junta de Extremadura, que siempre han apoyado a su persona y a su obra. Este libro sale enriquecido con dos aportaciones fundamentales: la de Antonio Gamoneda con un bello y cercano prólogo y la de Luis Bagué con un interesante estudio crítico.

La aportación de Gamoneda viene motivada por una antigua relación con José Antonio, además de algunas colaboraciones profesionales, y probablemente -esto es una presunción mía-, quizás por una identificación muy personal con él. Fruto de todo ello es un texto en el que se entremezclan vivencias con un confesado afecto y respeto hacia el «joven maestro», en palabras de quien ha llegado a ser y está en el más alto magisterio de la poesía española.

El estudio de Luis Bagué, es un exhaustivo análisis crítico en el que va diseccionando cada libro y cada poema, en un gran trabajo de documentación, enmarcado todo ello en una amplia descripción de las generaciones literarias y sus poetas integrantes. Sitúa Bagué a José Antonio como un poeta en «tierra de nadie», según título utilizado por Fernando Savater en el prólogo de 'Un país como este no es el mío', para expresar la «dificultad de ser» en un contexto histórico concreto y que Bagué recoge aquí enmarcando ese cruce de anacronismos históricos y estéticos tan usuales a la hora de ubicar y valorar la figura de José Antonio.

Es posible que se produjera algún desencuentro entre José Antonio y las tendencias dominantes en la época, basado quizás en sus compromisos éticos e intelectuales, más próximo (como decía Constantino Bértolo) al superado Sartre que al canonizado Borges. Y aunque es cierto que la actitud de la persona puede tener alguna influencia, hay que dejar que la obra hable por si misma, aun aceptando que la idoneidad no siempre es correspondida. En realidad, lo que subyace en el fondo de todo este entorno histórico no es más que la conclusión de un silogismo ya conocido: si no estás, no eres. Y no me estoy refiriendo solamente, aunque también, a la desaparición tan prematura de José Antonio, sino a una concreta realidad que pretende justificar una exclusión estética con lo que no es más que un dato generacional, que no debe ir más allá de una mera circunstancia, demasiado limitada para condicionar sensibilidades tan complejas y hacer evaluaciones definitivas o incluso ni siquiera hacerlas.

Si los criterios para determinar la cualificación de un escritor es una fecha de nacimiento, no hay nada más condicionado por el azar que este simple dato. Si son los estilos literarios o la temática, también estos son elementos intercambiables en el tiempo: la lírica, la épica, la poesía abstracta y hasta el surrealismo han sido interpretados por distintos poetas -y en ocasiones por el mismo- en diferentes periodos de la historia, en contradicción incluso con las corrientes imperantes. Y sin pretender abusar de un reduccionismo ramplón, creo que no es suficiente hablar del «dónde», «cómo» y «cuándo» de un autor o de una obra literaria, sino también, y sobre todo, del «qué» de dicha obra.

Por eso no podemos resignarnos a esa especie de determinismo estético que condiciona toda realidad artística, cuando a menudo no es más que un juego de artificios, algunas veces conveniente, pero otras muchas caprichoso, al estar movidos por intereses dominantes que establecen unos cánones de valor que a su vez desaparecen en cada cambio de circunstancias. No podemos admitir como coartada lo que frecuentemente solo sirve como registro normativo, sin otro valor identitario, pero, eso sí, repleto de valiosas constataciones mediáticas y de fuerzas tan desiguales que en ocasiones pueden marcar toda una obra.

No quiero basar estas reflexiones en los, a veces, hermetismos estériles (como los llama Juan Luis Alborg en su voluminosa obra sobre Crítica y críticos) de los diversos sistemas de la crítica literaria, pero sí aprovechar algunos elementos de la lingüística que nos sirvan de ayuda en estas reflexiones. Porque dentro de la subjetividad inherente a cada acto de creación, es necesario hacer un esfuerzo de objetivación, despojándolo de cualquier adherencia espuria que lo desfigure y lo condicione. Porque, como dice un reputado teórico, «el fijar un texto en su origen, atendiendo a confines geográficos, filosóficos, históricos o a circunstancias particulares, lo reduce a mero documento» (Jauss). Las circunstancias nunca son las que van a dar valor completo a una obra, si acaso ayudan a explicarla. Porque la literatura no es una mera estructura de significados, ni un objeto estático que pueda ser fijado por un sistema rígido, sino la expresión de un estado de conciencia, «un delirio estructurado», como decía recientemente Lobo Antunes, una palabra que va actualizando su existencia despertando en cada experiencia resonancias nuevas. Y «a medida que el horizonte cambia y se ensancha el camino de la historia, la recepción de la obra propone y justifica otros modos de interpretarla»(Jauss).

Sabemos que la personalidad individual determina la percepción de una obra y su respuesta. El crítico que somete a juicio una obra lo hace a través de su propia identidad, por lo que esa percepción se convierte al mismo tiempo en un acto de creación, porque está imprimiendo en su mente los datos que le van ofreciendo los sentidos y por eso, a la hora de emitir un juicio, se está apoyando más o menos conscientemente en sus propias sensaciones. Así, en ese proceso que ha sido denominado como de la «transacción», el acto de comunicación entre autor y lector debe producirse con la sinceridad de quien se habla a sí mismo sin presiones que obstaculicen cualquier resultado, porque la esencia de la comunicación es precisamente poder trasladar la obra del creador a un interlocutor libremente. Si en ese proceso se produjera un rompimiento, fallaría la esencia de todo acto creador.

Concluimos pues, que el lector y el crítico es parte activa en la interpretación y valoración de un texto, por eso es necesario emitir juicios de valor objetivos que sean capaces de situar o resituar correctamente a un escritor en la parte de la historia que le corresponda. Sabemos que al lector le llega lo que le es enviado. De aquí la importancia que adquiere cualquier actor de la intermediación. Visto con esta perspectiva, donde la complejidad implica profundizar en nuevos espacios, nos daremos cuenta de las carencias que encierran juicios tan prematuros y conclusiones a veces tan incompletas, derivadas quizás de la constatación de algunos elementos fácticos (complicidades cautivas, intereses económicos y de grupo, exaltación de ídolos de barro, ocupación mediática del vacío) que pueden poner en cuestión la existencia misma del hecho literario. Con todo ello no pretendo matar al mensajero pero sí redimir el mensaje. Ya es hora de dejar hablar a la palabra porque el eco y las concesiones bastardas solo producen ruido. Más aún, hay que dejar hablar a la historia, porque cuando otros hablan de ella a menudo queda contaminada. Hay que dejar revivir, en fin, la obra literaria con perspectiva histórica, porque siempre encierra una infinidad de lecturas posibles.

Termino con Gamoneda «lamentando la pérdida de esa prodigiosa serenidad existencial y poética» porque la única verdad cierta es reconocer que esa ausencia prolongada en el tiempo solo conduce al olvido. Espero que este sea el punto de partida para que se cumpla el deseo de Bagué; «Que la poesía de José Antonio abandone la Tierra de nadie para ocupar un lugar excepcional».

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