El doblao

JOSÉ JOAQUÍN RODRÍGUEZ LARA

ESTÁ visto que la Biblioteca de Barcarrota tiene querencia al misterio, a las desapariciones y a los doblaos, por más que la Real Academia Española no reconozca la palabra doblao, dicha así, como bacalao y Bilbao. Acepta la voz doblado, a la que considera un andalucismo que significa desván. La docta casa debería incluir en el diccionario la palabra doblao, aunque fuese como extremeñismo. Si el hecho de que, en buena parte de Extremadura, se llame doblao al doblao no fuera motivo suficiente para ello, la Academia podría tener en cuenta que en un doblao extremeño fue escondida y estuvo emparedada -al menos 435 años- la Biblioteca de Barcarrota, un auténtico tesoro bibliográfico, y que en un doblao fue hallada a golpes de picocha en un alumbramiento que estremeció al mundo de la cultura.

La desaparición y el mágico hallazgo de una de las piezas de esa biblioteca -la nómina, a la que hay quien llama 'momia', tal vez por la pertinaz querencia que tiene el amuleto a perderse bajo el polvo del olvido-, parecen integrar otro capítulo de su singular peregrinaje de doblao en doblao.

Evidentemente, la Consejería de Cultura no es un doblao, ni un doblado ni tampoco un desván, aunque después de lo ocurrido con el amuleto de Fernão Brandão tampoco se puede negarle cierto parecido. Uno de los muchos usos que se le da al doblao es servir de trastero. Lo que no se necesita en la casa, pero tampoco se quiere tirar, se sube al doblao. Allí se acumula con otras muchas cosas diluyéndose su existencia entre el polvo y la desmemoria. En el doblao nada se pierde, todo lo más, desaparece de la vista, pero no es menos cierto que, muchas veces, nada se encuentra, por más que se busque. «Debe de estar por ahí, en el doblao». La gestión privada de lo que hay en un doblao no suele brillar precisamente por la profesionalidad y por la precisión.

Todo lo contrario ocurre habitualmente en el sector público. La Administración sabe lo que ganas, lo que pierdes, a qué hora te acuestas y a qué dedicas el tiempo libre. Sabiendo tanto, cómo no va a saber lo que tiene entre manos. Pero la profesionalidad de la maquinaria administrativa no puede evitar que se produzcan accidentes. Si se dieron instrucciones precisas por escrito ordenando que el amuleto de la Biblioteca de Barcarrota se depositase en la Biblioteca de Extremadura, su extravío pudo ser accidental. Lo que no tiene pinta de accidente es que se busque durante años un objeto tan singular como la nómina de Brandão y no se encuentre hasta que su desaparición salta a la portada de HOY, apareciendo entonces como por arte de magia.

Aunque la pieza desaparecida siempre haya estado en la consejería de Cultura, aunque no haya corrido peligro en ningún momento, aunque aceptemos pulpo como animal de compañía, lo cierto y verdad es que a la nómina se le perdió la pista durante años. De lo contrario, ¿por qué la buscaba la Consejería y estaba dispuesta a llevar el caso a los tribunales si no aparecía?

Si perder algo valioso siempre es preocupante, tenerlo y creer que no se tiene debe preocupar más incluso, pues induce a sospechar que tal vez también haya desaparecido algún otro bien, igualmente importante, que aún se cree tener.

Si no hay un inventario de lo que se tiene o no se comprueba periódicamente que se tiene todo lo que refleja el inventario o no se confirma cada cierto tiempo la autenticidad de las piezas inventariadas, no se necesita una Administración. Basta con tener un doblao.