La vuelta a la tortilla

Ingeniera, empresaria, psicóloga, economista..., todas ellas comparten «la inmensa fortuna» de tener en casa una pareja que las aplaude

ISABEL URRUTIA
La vuelta a la tortilla

Hay mujeres que les regalan una Harley Davidson a sus maridos. Otras pagan las cenas y encima dejan una buena propina. También se permiten costear las vacaciones en Roma o los fiordos noruegos. ¿Por qué no? Lo hacen con naturalidad, sin pedir permiso a nadie.

En España se calcula que casi el 10% de trabajadoras menores de 50 años cobra más que sus parejas o cónyuges. Son datos extraídos de la última Encuesta de Fecundidad, Familia y Valores (CIS) y la tendencia va en aumento. «Cada vez hay más jóvenes licenciadas, mejor preparadas que sus compañeros de promoción y, al final, es lógico que vayan dando la vuelta a la tortilla. ¡Poco a poco, eso sí!», matiza Teresa Jurado, profesora de Sociología de la UNED y coautora del informe 'Familia en transformación' (Fundación de Cajas de Ahorros).

En este colectivo nos encontramos con Svetlana Tchobotova, Ana Ayuso, Nuria Chinchilla y Ana Bujaldón. Un abanico de lo más variado: una ingeniera en Automática y Electrónica Industrial ruso-vasca, una psicóloga nacida en Soria pero residente en Palencia, una economista de Barcelona y una empresaria madrileña. Ni ocultan su poderío (ganan más que sus parejas pero prefieren no decir cuánto) ni se lo restriegan por las narices a nadie. «Surge de forma natural. Ambos tiramos del carro. Cada uno de acuerdo a sus aptitudes, y eso hace que la balanza se incline hacia un lado u otro según el caso. Yo cobro más y no pasa nada. ¿Qué va a pasar?», se pregunta Tchobotova, afincada desde hace 12 años en Bilbao, recién ascendida y socia en una empresa de instalaciones electrónicas.

A mediados de los años 90, conoció a Eugenio García-Salmones en Rusia, donde su futuro marido se encontraba«estudiando el idioma, porque le gustaba y por cercanía ideológica». Se casaron en 1997 y Tchobotova no dudó en trasladarse al País Vasco, aprender castellano «a marchas forzadas» en la Escuela de Idiomas y sacar un dinerillo como mujer de la limpieza en unos grandes almacenes. «Tenía que echar una mano, fuera como fuera. A él no le hacía ninguna gracia pero me daba igual. ¡Hay que ayudar!», se justifica con rotundidad. Su cónyuge trabaja en una firma de barnizados y capea la crisis como puede: de 14 negocios de su gremio en Bilbao, sobreviven cinco.

«Cosa que tiene mucho mérito, lo importante es aguantar. La tenacidad es una de las mejores virtudes», reflexiona la ingeniera. Así se lo ha transmitido a la pequeña Liudmila, de once años, que estudia con los jesuitas, juega de pívot en el equipo de baloncesto y disfruta a dos carrillos de la comida que le prepara entre semana el padre. «Sobre todo de las alubias y lentejas». Hace falta mucha energía para salir adelante y la unión hace la fuerza. Sin distinciones de sexo como en el caso de Svetlana y Eugenio. Uno para todos y todos para uno. Ese viejo lema de los mosqueteros, tan entrañable y eficaz en la ficción, que continúa patinando entre las cuatro paredes de la mayoría de hogares. No cala.

Marcando territorio

La realidad pura y dura es tozuda. Las estadísticas presentan -una y otra vez- un panorama demasiado familiar: las trabajadoras españolas dedican una media de entre 10 y 25 horas semanales a las tareas domésticas, mientras que los hombres se limitan a la franja que va de 5 a 10. «Y no se crea, la falta de cooperación se da en todos los estratos sociales, da igual cuál sea el perfil profesional. Es más, cuanto más dinero ganan las mujeres, ellos suelen ayudar todavía menos. ¡Una manera de marcar territorio y reforzar su 'masculinidad'! Esto es así lo mismo en EE UU que en el norte de Europa o España», aclara Juan Ignacio Martínez Pastor, profesor de Sociología de la UNED y autor de 'Nupcialidad y cambio social en España' (CIS).

Por regla general, las mujeres con pareja y salarios elevados se libran de esa batalla doméstica sin cuartel: un 87% de las que cobran más de 2.500 euros líquidos mensuales cuenta con una asistenta. A Nuria Chinchilla -directora del Centro Internacional Trabajo y Familia del IESE Business School de la Universidad de Navarra- le parece «imprescindible» repartir juego en la medida de lo posible. «Todo lo delegable, como planchar, lavar y cocinar, debería correr a cargo de una tercera persona. ¡No tiene sentido deslomarse si puedes evitarlo!», insiste la economista de Barcelona. Ahora bien, hay que reconocer que son pocas las mujeres que se resisten al deseo de acaparar las tareas del hogar, ya sean más o menos llevaderas.

José Emilio Ramos, cantante y guitarrista del grupo palentino Familia Iskariote, es un amo de casa que toca todos los palos domésticos (salvo planchar) y halla «mucha lógica en ese instinto dominante». Vive con una psicóloga con la que comparte «fifty-fifty» las cargas familiares -tienen un niño de seis años- pero a la hora de la verdad se siente en «clarísima» desventaja. «Las mujeres tienen una capacidad para la multitarea de la que carecemos casi todos nosotros», admite entre resignado y divertido. Un ejemplo: mientras le da vueltas a la letra de una canción, no puede pensar en qué color de calcetines le hace falta al pequeño Simón o si merece la pena preparar alubias para mañana.

A Nuria Chinchilla tampoco le falta el respaldo incondicional de su marido, Felipe Ferrer, un ex directivo del sector textil, que lleva cinco años retirado. «Su empresa cerró y ahora él se dedica a cazar y pescar. Le apasiona el campo y disfruta de lo lindo». Es decir, ni asomo de complejos o ansias de desquitarse cuando ella regresa de presentar su último libro en Italia o de ofrecer una conferencia en EE UU. «Tengo una inmensa fortuna... Podía haber elegido a alguien más estupendo, pero yo quería un hombre que compartiera mis valores. Alguien trabajador, caballero y que supiera cuidarme», enumera de corrido. Sin titubeos y con una seguridad aplastante.

Trabajo y hogar

En definitiva, una 'rara avis' que peleará duro en un país donde el número de hijos condiciona la actitud ante el 'igualitarismo' entre sexos. De acuerdo con el estudio 'Matrimonios y parejas jóvenes. España 2009', el 23% de las parejas con tres vástagos (o más) no ve muy claras las bondades de que ambos trabajen fuera del hogar. En un principio, solo el 4,6% de la población abogaría por el confinamiento de la mujer a las labores domésticas pero, claro, las convicciones progresistas del resto no son un dogma de fe. Las de algunos terminan flaqueando a la vista de la conversión del 'niño-llave' en 'niño-caracol'. ¿Qué hay detrás de esa mutación? ¿Qué significa?

Pues que del chavalín que entraba y salía de casa, calentaba la comida en el microondas y saludaba a sus padres cuando ya estaba en la cama, se ha pasado al crío autosuficiente que vive inmerso en un mundo virtual de redes sociales y juegos 'online'. «Cuando se tienen varios hijos y ninguno de los padres está en casa, hay que organizarse a la perfección. ¡No es fácil, por supuesto que no! Pero a ver... ¿cuál es la alternativa? ¿Por qué tenemos que renunciar nosotras a nuestra vocación profesional? Los hombres, por regla general, jamás experimentan esa renuncia», se queja Ana Bujaldón, presidenta de la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE). En su momento, esta empresaria madrileña cargaba con el bebé y lo tenía en el despacho cuando apenas superaba las tres semanas; e hizo lo mismo con el segundo hijo. Les dio el pecho hasta los tres meses y, como explica sin tapujos, «me los llevaba puestos para tenerlos a mano».

Mientras se abría camino en 1990 con su primer proyecto, ABS Publicidad, o cuando más tarde impulsaba Azul Comunicación, no pensaba más que en ir quemando etapas. En línea recta y con alegría. A estas alturas de la vida, con dos chicos adolescentes, de 19 y 14 años, se encuentra «más que satisfecha» pero sigue sin tirar la toalla. Desde muy jovencita, se acostumbró a valerse por sí misma -empezó a trabajar a los 16 años, al quedarse huérfana y con cuatro hermanos-, de modo que no se plantea bajar el pistón. Ni en sueños. Nació en 1964 y pertenece a una generación que «se niega a renunciar a nada».

Un futuro en femenino

La población activa femenina (que tiene trabajo o lo busca) ha pasado de 4 millones en 1982 a más de 10 millones en 2010 y con un 32% de universitarias entre 28 y 32 años, frente al 21% de chicos, el futuro se vislumbra en clave femenina. Otra cosa es que este panorama se traduzca -a todos los niveles- en un cambio de tornas. Los americanos llevan años escudriñando esta supuesta vuelta de tuerca y han llegado a un conclusión bastante desalentadora: «Las mujeres son como un equipo deportivo que tiene las mejores condiciones individuales y, sin embargo, pierde todos los partidos», en palabras del Pew Research Center, un prestigioso centro de investigaciones sociológicas con sede en Washington.

¿Cuándo cambiará el marcador? Quién sabe. Entre las dificultades para conciliar trabajo y familia, los prejuicios machistas y 'el club de chicos' encaramado al poder -así lo tildan en EE UU-, lo tienen muy difícil para darle la vuelta. De momento, habrá que seguir la pista a los talentos femeninos uno a uno. A la espera de que el 'dream team' que forman las nuevas hornadas de mujeres se haga realidad y meta goles por toda la escuadra.

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