«Mi madre dice que yo siempre fui un buen chico hasta que viajé a la India»

Ha navegado en petroleros, ha sido agricultor, ha pintado con tiza en la calle y publica la historia de Extremadura en cómic

J. R. ALONSO DE LA TORRE
«Mi madre dice que yo siempre fui un buen chico hasta que viajé a la India»

Su madre tenía una farmacia en Madrid y su padre, una empresa de estructuras metálicas. Pero los cuatro hijos salieron artistas. Uno es músico profesional y toca, por ejemplo, con Miguel Bosé. Dos llevan una empresa internacional de miniaturas militares. Él, Miguel Gómez Andrea, 'Gol' para los amigos, hace comics y teatro, pero ha sido un poco de todo.

-Capítulo uno de su biografía: marino.

-A los 17 años era un esclavo de la mística de la aventura. Me encontré a un amigo en COU. Me dijo que iba a hacer Ciencias Náuticas, marino mercante. La historia me llegó: viajas, conoces mundo... Conseguí lo que pretendía: salir del ambiente en el que me había criado y entrar en otro totalmente distinto. Yo no había visto un barco en mi vida. Con 21 años ya era piloto de la marina mercante y ganaba entonces 150.000 pesetas al mes en el año 80 sin compromisos, sin novia... En los barcos trabajabas cuatro o cinco meses y tenías dos meses de vacaciones.

-¿Por dónde navegaba?

-Estuve primero en compañías trasatlánticas que iban mucho por el Caribe. Cargábamos café o tabaco en puertos pequeños. Era fantástico: la República Dominicana, Colombia. Navegué más tarde en un barco de contenedores haciendo la línea de Estados Unidos. Y luego en petroleros: íbamos a Arabia Saudita, al Golfo Pérsico. En plan aventura, la verdad, tenía poco. En este petrolero, salíamos de Irán y hasta llegar a La Coruña estabas navegando 45 días. Sin pisar tierra. Tenías un camarote que era como un hotel de cinco estrellas, con tu gimnasio, tu cine, pero 45 días en el hotel sin poder salir... A los 21 años desembarqué con dinero y me fui a la India con unos amigos.

-Ese viaje iniciático suele cambiar a las personas.

-Yo no esperaba nada. Mis amigos tuvieron decepciones porque habían leído, pero yo no sabía nada. Me dio una visión de la existencia distinta. A nivel profesional, conocí al editor Álvaro Enterría, que también estaba allí y se casó en la India. Mi madre dice que yo siempre fui un buen chico hasta que fui a la India.

-¿Por qué decía su madre que era un buen chico hasta que volvió de la India?

-Hasta que me fui a la India, era el hijo modelo, el que mejor notas sacaba de casa, nunca tuve espíritu rebelde, no daba problemas. No tenía espíritu de enfrentarme a algo: si no me gustaba, me iba. He sido, por timidez o lo que sea, poco rebelde. Al volver de la India, me sentí libre de mis compromisos y empecé a comportarme como yo era.

-¿Y cómo era?

-Aunque soy madrileño de ciudad, siempre he dicho que soy un urbanista renegado, lo que ahora se dice un neorrural. En aquel entonces éramos hippies. Como diría Paco Martínez Soria: la ciudad no es para mí. Mi padre era falangista de derechas a tope y si salías al campo era para ir a la OJE o nada. Ese rollo paramilitar no me iba demasiado. El caso es que vuelvo, me asiento con la madre de mis hijos en Guisando, un pueblo de la provincia de Avila. En plan hippie. Vivíamos en un higueral, sin luz ni agua corriente. La madre lavaba los pañales en un arroyito. Yo me movía en bici, trabajaba en el campo. Era una casa alquilada. Empiezo a hacer escarceos para ganarme la vida dibujando. También pintaba en el suelo con tiza y con eso ganaba bastante dinero.

-Para la gente de orden, los hippies eran unos vagos.

-Yo me metí en el mundo hippie por encontrar una alternativa, un modo de vida, pero me di cuenta de que la mayor parte de quienes estaban en ese mundo lo que querían era eludir responsabilidades. El porro, la litrona, el bon vivant. Pero yo buscaba una alternativa diferente. Ahí empecé a trabajar con mis hermanos pintando miniaturas. Ya había nacido mi hijo, no quería volver a embarcar.

-Marino, agricultor, pintor de miniaturas. ¿Y el cómic?

-Viviendo en Poyales del Hoyo, cerca de Candeleda, empecé en el mundo del cómic, que es de lo que llevó viviendo hace 25 años. También empecé a hacer teatro con un grupo de Arenas de San Pedro. Andaba en zancos. Hice con un socio, Nico Roa, las historias en cómic de Arenas de San Pedro, Candeleda y Oropesa. Aquí hay un filón, me dije. Era dedicarse al arte docente. Hicimos nueve o diez tebeos, pero presentamos unos 100 por toda España.

-¿Por qué llega a Hervás?

-Me separé de la madre de mis hijos hace 15 o 16 años. Tuve un romance con otra mujer, que era maestra y le dieron Hervás como destino. Este lugar me sedujo. Durante ese año en Hervás hicimos el cómic sobre su historia. Gustó mucho, aunque también tuvo sus problemas porque un erudito local, que no mencionaré, se sintió ofendido porque el ayuntamiento destinara su dinero a alguien de fuera. El cómic de Hervás se envolvió en un halo de mal rollo, todo originado por este hombre. Nunca he vuelto a conseguir nada en Extremadura. Ahora, con la 'Historia de Extremadura contada los jóvenes', me he quitado una espina. Pero es una iniciativa privada de Todolibros, no pública. La relación con esta mujer de Hervás no funcionó y me volví a Poyales del Hoyo sin curro. Aquel hombre que había conocido en la India, Enterría, me encargó un cómic sobre la ciudad donde vivía, Benarés, con viaje incluido.

-¿Es agradable trabajar como dibujante?

-En esto se gana como un jornalero, lo que pasa es que estás en tu casa, con música, a gustito, con tu café. Al volver a Arenas de San Pedro, vuelvo a engancharme con el teatro. Mi socio del teatro, Luis, era muy alto y delgado y yo estaba gordo. Montamos un espectáculo de don Quijote y Sancho. Esto se convierte en una mina de oro para nosotros. Al llegar el año 2005, la Junta de Castilla-La Mancha nos tomó como mascotas de don Quijote y Sancho, nos llevaron a Tokio, en 2005 hice casi 250 bolos. A todo esto, padre soltero. Fue un trabajo enorme y hace un par de años me dio un infarto. Trabajaba los fines de semana con el teatro y entre semana haciendo comics. En ese tiempo publico mis 'best seller': la historia de Madrid contada a los niños, una historia sobre los templarios y otra sobre San Pedro Alcántara. Un best seller para mí son 6.000 ejemplares. En teatro, monto en Aguilafuente (Segovia) un espectáculo en torno al primer libro impreso en España, 'El Sinodal de Aguilafuente'. En Aranda de Duero hago el Concilio de Aranda y nos sale también otro espectáculo en Corcubión, en Galicia.

-Y regresa de nuevo a Hervás.

-Yo conocía a Lola, mi pareja actual, desde hacía años. Ella llevaba un año y pico separada. Las vueltas que da la vida, volvimos a encontrarnos. Vivía en esta casa, en Hervás, que estaba hecha un poco una ruina. Mis hijos estaban en Madrid estudiando o trabajando. Si mi amor estaba en Hervás y este pueblo me gusta tanto, pues debía vivir aquí. Lola hace vidrieras. La vida se me relaja bastante. Después del infarto, me estoy cuidando, salgo a caminar. Me encuentro bastante bien desde hace un par de años.

-¿Hervás es un pueblo particular?

-Hervás es un pueblo raro por varios aspectos. Hay un espíritu industrioso de la gente de aquí muy importante. En una comarca en decadencia demográfica, de pronto hay un pueblo donde crece la población, no hay paro. En Béjar, la industria textil se hunde, pero aquí la industria de la madera sigue adelante. No sé si será la sangre judía, pero eso se ve, se nota. La gente es trabajadora. El mundo rural se está hundiendo y Hervás es como un faro. Aquí hay tejido productivo: carpintería, jamones, piel, no sólo es el turismo rural. Otro punto destacable es su vida cultural muy activa.

-¿Y esta 'Historia de Extremadura contada a los jóvenes'?

-Tomás y María, mis editores de Cáceres, tienen la librería Todolibros, son gente joven y dinámica con espíritu emprendedor. Les enseñé lo que hacía. Hablamos de que hacer una historia de Extremadura estaría muy bien y para mi sorpresa, el tema fue adelante. Se lo tomaron en serio y hemos editado 2.500 ejemplares.

-¿En esta historia crea mitos nacionales como sucede en las historias para jóvenes de algunas autonomías?

-Conscientemente he intentado evitar crear mitos. Está Viriato, por ejemplo, que podría ser extremeño, portugués, vete tú a saber. No me gusta crear mitos, y si hay dudas, los obvio. Con los conquistadores hay en Extremadura un complejo de culpa que yo no comparto. La historia de la conquista es fascinante. Evidentemente es una historia de guerra como todas las conquistas. Lo bueno de ese complejo es que evita una mitificación excesiva de tipos como Pizarro. Los conquistadores tampoco se pueden convertir en un modelo a seguir.

-Presenta a Pizarro como un cuidador de cerdos que se va a América, pero eso de que era un pobre porquerizo parece ser incierto.

-Eso lo puse porque me lo dijo mi corrector histórico, la verdad.

-El siglo XIX está bien explicado en su libro.

-Yo quería saber por qué en Extremadura había tanta pobreza, de dónde venía esa emigración tan fuerte. El origen de todo está en que, al conquistar Extremadura, los reyes les dan grandes extensiones de terreno a las órdenes militares. En los siglos XVIII y XIX aparecen herederos tardíos de la Ilustración, que ya que no pueden expropiar a los ricos, procuran que las tierras municipales las explote la gente humilde. Pero al llegar las desamortizaciones, no pueden comprar tierras porque no tienen dinero. Se pierden muchas tierras comunales. Entras en el siglo XX y la piedra angular es la reforma agraria, que no se hace. Y en los tiempos modernos tampoco se ha hecho esa reforma agraria. Se ha comprado al jornalero con el PER. No se le da al jornalero una caña para pescar, sino cestos de peces y cuando se acaben los cestos de peces, que se van a acabar ya, pues veremos qué es lo que pasa.