Enrique Díez-Canedo, el desterrado

JOSÉ IGNACIO RODRÍGUEZ HERMOSELL
Enrique Díez Canedo. ::
                             ÓLEO DE JOSÉ MORENO VILA/
Enrique Díez Canedo. :: ÓLEO DE JOSÉ MORENO VILA

En septiembre de 1944, la revista Litoral (fundada en Málaga en 1926 por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre y continuada en México después de la Guerra Civil) le dedicó un monográfico especial a este extremeño de Badajoz, nacido en 1879. Acababa de fallecer en Cuernavaca, su última morada en el exilio mexicano, al que había llegado en 1938 con su familia. Colaboraban en dicho número hasta dieciocho figuras de las letras hispanas, fundamentalmente exiliados españoles, como Max Aub, Francisco Giner de los Ríos, León Felipe, José Moreno Villa, Alfonso Reyes o los citados poetas de la Generación del 27, Altolaguirre y Prados. Todos habían tenido una relación cercana con nuestro paisano, lo que da una idea clara de su dimensión intelectual e importancia en el contexto de la Edad de Plata de la cultura española, como se conoce al periodo que transcurre entre 1898 y 1936.

Aunque licenciado en Derecho, Díez-Canedo cultivó en esencia la poesía y la crítica literaria y teatral. Desde las primeras décadas de la pasada centuria, ocupó un lugar destacado en el entramado cultural madrileño e impartió su magisterio en instituciones señeras como la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Central de Idiomas, el Ateneo y otras; siendo elegido en 1935 miembro de la Real Academia Española de la Lengua. Con el paréntesis de 1909 a 1911, cuando desempeñó el cargo de secretario del embajador de Ecuador en París -lo que enriqueció su formación intelectual al asimilar las vanguardias europeas-, no dejó de escribir reseñas de autores y obras literarias o de estrenos teatrales (que eran, por su prestigio, avales para un reconocimiento general) en las mejores publicaciones de su tiempo: El Liberal, Renacimiento, La Lectura, El Sol, El Globo, Revista de Occidente, España, La Revista Latina, Hora de España, etc. Además, figura como traductor y editor de libros en inglés, francés, alemán y catalán.

Hombre muy vinculado con Iberoamérica, en los años de la Segunda República ejerce como ministro de la legación española en Uruguay (1933-1934) y embajador en Argentina (1936-1937). Es autor de una ingente obra. Publica antes del exilio: 'Versos de las horas' (1906), 'La visita del sol' (1907), 'La sombra del ensueño' (1910), 'Sala de retratos' (1920), 'Algunos versos' (1924), 'Epigramas americanos' (1928; edición aumentada en 1945) y 'Los dioses en El Prado: estudios sobre el asunto de mitología en el Museo de Madrid. Confrontaciones literarias' (1931). Desde 1939 ven la luz 'El teatro y sus enemigos' (1939; reedición en 1963; y recientemente en la Editora Regional de Extremadura, 2008); 'El desterrado. Poemas' (1940; reeditado en 1991), 'La nueva poesía' (1942, reedición de 2001); 'Juan Ramón Jiménez en su obra' (1944; reedición de 2007) y 'Las letras de América: Estudios sobre las literaturas continentales' (1944).

Un tercer grupo de su obra lo constituyen las ediciones póstumas, sobre todo en Joaquín Mortiz, la editorial mexicana creada por su hijo: 'Conversaciones literarias' (1964; 3 volúmenes), 'Estudios de poesía española contemporánea' (1965) y 'Artículos de crítica teatral: El teatro español de 1914 a 1936' (1968; 4 volúmenes). Con posterioridad han aparecido en España 'Antología poética' (1979), 'La crítica literaria: Selección antológica de artículos' (1993), 'Poesías' (2001) y 'Obra crítica' (2004).

Acogido en el mundo periodístico y académico mexicano (Excelsior, el Colegio de México), el profesor extremeño apenas sobrevivió a la posguerra española. Sí tuvo tiempo de sentirse exiliado, o desterrado, como llamó a un poemario suyo que culmina con este canto de rebeldía: «Nadie podrá desterrarte; / tierra fuiste, tierra fértil, / y serás tierra, y más tierra / cuando te entierren. / No desterrado, enterrado serás tierra, polvo y germen».