Un cagón de Cataluña

AGUSTÍN MUÑOZ SANZ

SI piensa, inducido por el coprológico título del artículo, que vamos a arremeter contra los catalanes en general como si uno fuera un nacionalista-periférico o un nacionalista-nacional cabreado con la humanidad, le advierto que no. Esto es un comentario puntual, que no puntilloso. Las relaciones entre el viejo condado de Barcelona con otras tierras de España han sido tensas históricamente. El condado perteneció al reino de los francos (desde el siglo VIII) y luego al de Aragón (hasta el siglo XV). A finales del XV, los católicos reyes unificaron los reinos de la península ibérica, incluido el condado, salvo Portugal. Durante el siglo XX (estatutos de autonomía de 1932, 1979) y en el XXI (año 2006), las relaciones entre la Cataluña autonómica (su gobierno democrático) y el Gobierno del Estado español han sido y son peculiares: presión político-mediática continua, demandas insaciables, prepotencia frente al resto de territorios, insoportable complejo de superioridad por un 'hecho diferencial' y 'realidad histórica' (¿) que ellos (sus autoridades) se atribuyen. Como si el resto del Estado hubiera surgido la semana pasada y por generación espontánea. El jefe natural del condado barcelonés sigue siendo el actual rey de España. Un borbón.

Sin datos estadísticos, tengo la impresión de que la mayoría del pueblo, de ambos lados de la frontera, sólo desea vivir en paz. Disfrutar de la vida. Tener un trabajo digno, una familia estable y unos amigos y sociedad sólidos que permitan conservar y extender los afectos. Compartir la felicidad y disfrutar de los usos, tradiciones y costumbres propios. Otra cosa diferente es la intención de los empeñados en acumular privilegios regalados, al amparo de sus poderosas organizaciones endogámicas. Perseguidores de fines poco loables que se protegen con el sagrado escudo de la democracia. La sábana de Turín de los espabilados. Todo bajo el lema de por, para y con el pueblo. Faltaría más. En esta tesitura, cuando llegan las elecciones del municipio, de la comunidad autónoma o del Estado, empieza el baile de disfraces. El territorio afectado se convierte en una especie de salón del Gran Hermano donde algunos gamberros compiten para ver quién dice la gilipollez de mayor repercusión mediática. La cosa está clara: si no se aprovecha la aglomeración de cámaras y de micrófonos, quién iba a saber de la existencia de estos fantasmas. Hemos dicho que no se debe generalizar y lo mantenemos: los políticos honrados, trabajadores y sensatos, que los hay, no se sentirán aludidos por la homilía que usted está leyendo ahora. No va contra ellos. Conocen bien el problema pues sufren muy de cerca a los pringados.

Volviendo al escenario electoral, de cuando en cuando desentona un bocazas a quien no conocen ni en su casa. El mirlo suelta un aullido para ver cómo reacciona el personal y así disfrutar durante unos días del protagonismo de los medios. Pase lo que pase. Caiga quien caiga. Luego viene el eco-cantinela del aria ya sabido: 'yo no dije eso', o 'se ha sacado de contexto', o 'han manipulado mis palabras'. Ha ocurrido ahora en el escenario electoral autonómico catalán con un catetillo; de cateto lo ha calificado el presidente Fernández Vara, haciendo gala de su proverbial generosidad con el prójimo. Ha sido, qué casualidad, uno nacido en el Mediterráneo. Como carece de detritos corruptos y apestosos que oler, en los aledaños de su histórica nariz, vecina del Palau, se ha dedicado a repartir estopa a otras comunidades. Sólo un milagro de la virgen de Monserrat -o de su colega, la tampoco extremeña virgen de Guadalupe- ha impedido que cite en esta ocasión a la subsidiada Extremadura. Da igual. El atropello contra Andalucía es como si nos golpease a los demás en la médula sureña: por falsa, por injusta, por improcedente y por canalla. Lo malo de la memez escupida por el pico sucio de un papamoscas ignorante es el tiempo y el espacio que se le dedica, con la de cosas importantes y la de gente interesante de las que nos privamos cada día. Así que, punto y pelota con este mentecato.

Terminemos con un villancico pacificador: desde hace años, las televisiones de todas las 'Españas' nos ofrecen, en torno a las fechas navideñas, una figura que resulta 'entrañable', según dicen (será porque sale de las entrañas), para muchos catalanes, aunque no es privativa (con perdón) de aquel extremo rincón ibérico. Me refiero a los 'caganer'. Como usted ha olido ya, un 'caganer' es un muñequino en actitud filosófica trascendente que no mira de cara a la Meca sino de espaldas a la caca. Desde el siglo XVIII se coloca en muchos belenes navideños. Decenas de personajes famosos, famosillos y famosotes han sido 'caganerados'. Ya forman parte de la historia de la defecación.

¡Qué habrían dicho los exquisitos y cultos latiniparlos, como el mirlo cantarín, si semejante tradición cuclillera hubiera sido inventada en las ignorantes estepas del sur, donde todavía -piensan los catetillos poco viajados- andan los guarros por las calles, con tirantes de colores autonómicos y cobrando el Per. Pero, eso sí, con el avispero limpio y bien protegido. En los últimos meses, sin saber por qué, las noticias televisivas sobre los cagones beleneros del condado nos invaden mucho antes de Navidad. Nos asaltan, como las malditas operadoras telefónicas, a la hora de comer, de cenar y de otras actividades no menos trascendentes para el intestino y para el alma. Entre deposición y deposición gacetillera, por si no hubiera bastantes boñigas televisivas, nos machacan con otras bostas como las (sus) elecciones o las ocurrencias conciliadoras del ex presidente del Barça, otro prenda. En medio de la 'catalanocatarata' informativa, ha resonado el roznido estrepitoso de un nacionalista ripollés -el mirlo de Ripoll-, acaso descendiente de Wifredo el Velloso, con su original idea filosófica: paradigma de la simpleza -una cagada- de un cagón de Cataluña.