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Los premios literarios aguantan

LITERATURA

Los premios literarios aguantan

Habían dado síntomas de debilidad por la crisis, pero siguen siendo una vía eficaz para da a conocer títulos comerciales

17.10.10 - 00:18 -
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Que toda la vida es premio, y los premios premios son. Se podrían trocar las palabras del famoso fragmento de 'La vida es sueño', para ilustrar la abundancia de galardones literarios que, con más incidencia durante el mes de octubre, concitan el interés de los medios de comunicación.
La crisis económica no ha menguado la presencia ni la dotación de los distintos premios. El año pasado, los organizadores del Nadal, la editorial Destino, decidieron prescindir de la figura del finalista y saltaron las alarmas: la recesión podría acabar con los certámenes literarios. Entonces, la decisión obedecía más a criterios literarios que a económicos: el finalista quedaba eclipsado por la sombra del ganador, oscureciendo así la difusión que se le pretendía brindar. Por ello, se creó el premio Francisco Casavella, en memoria del escritor fallecido en 2008, con la intención de dar visibilidad a autores noveles. El pasado 1 de octubre, Pablo Sánchez y su crítica al capitalismo 'El alquiler del mundo', se hizo con los 6.000 euros del galardón, en su primera edición. Una dotación que suena incluso ridícula al lado de los 601.000 del Planeta fallado anteanoche o el millón de euros del Nobel que recibirá Mario Vargas Llosa.
Los jurados de cada convocatoria sólo pueden elegir un nombre de entre los distintos candidatos -este año hubo un nuevo récord de aspirantes al Planeta, 509- pero son varios los agentes que se benefician de la existencia de los premios. Más aún en un país muy bien surtido de premios de todos los niveles, como ilustró con humor Fernando Iwasaki en 'España, aparta de mí estos premios', particular homenaje a esos 'premios búfalo', término acuñado por Roberto Bolaño, necesarios «para la supervivencia del piel roja». Autores, pero también editores, libreros y lectores se benefician de un fenómeno que, amaños y polemicas aparte, aún conserva el magnetismo de los sueños.
Promoción
Que los premios son un buen recurso, tanto económico como para granjearse un nombre en el panorama literario, no es ningún secreto. En la correspondencia entre Miguel Delibes y su editor Josep Vergés se podían encontrar frases como ésta: «Este año no se ha publicado mucho y, si conseguimos neutralizar las intrigas madrileñas, no sería difícil conseguir el premio». Los premios como estrategia para ganarse el parnaso, para hacerse notar entre tanta competencia. «Un premio permite captar el interés del público lector durante un tiempo, el suficiente para que el libro no pase inadvertido», dice Eduardo Iriarte, ganador de la anterior edición Premio Logroño de Novela, uno de los más cuantiosos que entrega un organismo público, con 90.000 euros de dotación, impuestos incluidos. En su caso, confiesa Iriarte, los premios le daban las alegrías que no siempre le concedían las editoriales. «Yo opté por el camino de los premios porque, aunque no sé muy bien a qué se debe, me resulta más fácil convencer con mis textos a los jurados que a los lectores de algunas editoriales que, tal vez, buscan novelas más accesibles», renococe el autor de 'Las huellas erradas'.
Para Iriarte, los premios son una «herramienta» más de la que dispone el escritor para lograr una estabilidad económica, aparte de un considerable balón de oxígeno que permite olvidarse, durante algún tiempo al menos, de la tiranía de las facturas. «En mi caso, he calculado que tendría que haber traducido entre ocho mil y nueve mil folios para alcanzar esa suma [los 90.000 del Premio Logroño de Novela] y eso son años enteros de traducir», comenta este escritor nacido en Pamplona.
Prestigio
Algunos aportan dinero y otros, con cuantías menores, como el Nadal -18.000 euros-, confieren un prestigio al autor que puede incluso ser más beneficioso, y traducirse en colaboraciones en prensa, invitaciones a actos culturales, contratación de conferencias, etc. El bilbaíno Fernando Marías, que logró el Nadal, el premio comercial más antiguo de España, en 2001, con 'El niño de los coroneles', define así el hecho: «Fue un chispazo, el comienzo de todo, la lotería de la vida regalándote un pleno. Es un premio con un prestigio enorme, hay que vivirlo para saberlo, y a mí me lanzó. Más que consolidarme diría que me lanzó, me dio esa oportunidad que todos anhelamos». Porque un premio lleva otro, y desde aquel 2001 Fernando Marías ha recogido otros, como el Premio Primavera de Novela, con 200.000 euros por su 'Todo el amor y casi toda la muerte', el pasado febrero.
Marta Rivera de la Cruz quedó finalista del Planeta en 2006 y, además de embolsarse 150.000 euros, entró, como ella dice, en otra liga. «Este es un premio que sirve para ganar lectores, y eso fue lo que hice yo: dejé de ser una autora desconocida para el gran público». No obstante, advierte de que, en literatura, no se puede vivir de las rentas de un éxito.
Un prestigio que hay que ganarse. Si bien es cierto que a veces se reconoce a autores desconocidos, pero que apuntan maneras, como Juan Manuel de Prada o Espido Freire, que lograron el Planeta a edades muy jóvenes, lo habitual es que se premie a escritores con trayectorias contrastadas. Esto puede interpretarse como una actitud conservadora por parte de las editoriales, que desperdician la oportunidad de allanar el camino a jóvenes autores con talento. La editorial Anagrama solía ampararse en esa filosofía, y concedía su premio Herralde a autores que despuntaban, pero al que un premio de prestigio podía aupar definitivamente. En la última edición, se otorgó el reconocimiento al cineasta Manuel Gutiérrez Aragón y afloraron ciertas suspicacias.
Porque, ¿deben las editoriales premiar la calidad literaria en detrimento de la expansión comercial? No es descabellado pensar que, para premiar la calidad están los certámenes públicos y que las editoriales, entidades privadas que sobreviven con las ventas de los libros, se aseguren cierta presencia en los mercados con autores más mediáticos. El narrador venezolano, residente en Madrid, Juan Carlos Chirinos, aporta esta reflexión: «Pensemos que un arquitecto no se hace con el proyecto de la Villa Olímpica en su primer año como profesional. Menos humos y más trabajo, le diría yo a los que empiezan». Y pone como ejemplo de «gran acierto» el reciente fallo del premio Tigre Juan, por 'Bajo el influjo del comenta', de Jon Bilbao, «un libro de relatos extraordinario».
Hay buen nivel de premios en España, observa Chirinos, que lamenta que uno de los certámenes más prestigiosos de su Venezuela natal, el Rómulo Gállegos, peligre bajo la actual dirección del país de Hugo Chávez. «Espero que los encargados de organizarlo no dilapiden este prestigio en beneficio de los favores políticos o de la ideología más ramplona». Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Roberto Bolaño o Isaac Rosa figuran en el palmarés de este galardón que se entrega cada dos años.
Estrategia editorial
Así como para los escritores los premios son una «herramienta» más, para las editoriales también son un recurso más, dentro de su estrategia de márketing. A la vista está, en casas como Planeta, Espasa, Alfaguara, Seix Barral, Destino o Anagrama, aunque sigue habiendo quienes no cuentan con premios como parte de su política promocional. La editorial Siruela, que publica a autores como Herta Müller -Nobel en 2010-, Jesús Ferrero o Jostein Gaardner, no cuenta con un galardón en su haber, aunque sí editan, en exclusiva, al ganador del premio Café Gijón, que hasta hace tres años editaba Acantilado. Su apuesta por Herta Müller, que se debió a estrictos motivos literarios, aclaran en la editorial, fue recompensada con un importante incremento en las ventas, con la posterior concesión del Nobel. Hay premios que conceden jurados al margen de los grupos editoriales, como el de la Crítica o el Nacional de Narrativa, que acaba de lograr Javier Cercas con su 'Anatomía de un instante', pero es un hecho que acaban beneficiando a estos últimos, poseedoros de los derechos. También a los autores, que encuentran un nuevo estímulo a sus ventas.
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