Vegetarianos

El hombre es el único animal que reúne en su dentadura todos los tipos de dientes necesarios para cualquier función, el único adaptado para consumir cualquier tipo de alimentos

EUGENIO FUENTES
Vegetarianos

DESDE que lo aprendí en la infancia, nunca he olvidado el poemilla de Calderón de la Barca que comienza: «Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba / que sólo se sustentaba / de unas yerbas que cogía.». Quizá por el recuerdo de ese soniquete siempre había tenido la idea de que los vegetales eran comida para pobres y que la carne era comida de ricos. Cualquiera podía recolectar libremente en el campo unas hierbas o unos espárragos o unas frutas silvestres, pero resultaba más arduo conseguir carne. Incluso la caza estaba restringida por cotos, multas y privilegios.

No sé por qué, pero nunca me había detenido a cuestionar esa creencia hasta que hace unos días me invitaron a cenar unos amigos, antes omnívoros, que de un día para otro se hicieron vegetarianos. Decidieron abandonar la carne porque, me dijeron, aporta una dieta hipercalórica que provoca digestiones largas, siestas modorras, sobrepeso. Con los vegetales, en cambio, se sienten más ligeros, delgados y sanos y, también, más apacibles y moderados. Un hombre, aseguraron, es lo que come.

En su caso se cumplen sus creencias, y mis amigos son gente pacífica, tranquila, educada, risueña e incapaz de matar una mosca. Están convencidos de que las plantas salvan al hombre y son la parte de la biota fundamental para la vida, puesto que los animales no podrían sobrevivir sin las plantas, pero las plantas sí podrían sobrevivir sin animales. Además, no pueden olvidar que quienes se llevan un pedazo de carne a la boca están comiendo un trozo de cadáver... Pero es que hay cadáveres exquisitos. Y si no, que se lo pregunten a los amantes del jamón ibérico.

No crea nadie que el vegetarianismo es un invento caprichoso de los años veinte del siglo pasado, en paralelo a la moda femenina de las faldas de talle caído y a los tipos lechuguinos. Ya hace veinte siglos que Ovidio criticaba con firmeza a los carnívoros en unos versos muy hermosos, 165-175, del libro XV de las Metamorfosis: «Todo se transforma, nada perece (.) que la sangre no se alimente de sangre». Su discurso, basado en las ideas de Pitágoras, usaba los mismos argumentos que los de los hindúes: como el alma es inmortal y, al morir el cuerpo, cambia de morada, al comer carne de un animal de algún modo se está agrediendo al alma que la habitaba. Sus adeptos han continuado creciendo y hoy son más numerosos que nunca.

Sin embargo, yo no estoy muy seguro de esa relación tan directa entre estómago y alma, entre comida y carácter. Creo que el hombre no es tanto lo que come cuanto lo que piensa. Con todo respeto hacia otras creencias, conozco tipos admirables en ambos bandos gastronómicos. Vegetarianos eran Leonardo da Vinci y Montaigne, el poeta romántico Percy B. Shelley y su hermana Mary Shelley, la creadora del monstruo de Frankenstein, el ruso Lev Tolstoi, J. M Coetzee e Isaac Bashevis Singer, a quien le repugnaba matar a un animal para comer su carne. Pero también tenía esas preferencias gastronómicas Adolf Hitler, que no compartía con ellos las mismas cualidades.

Me parece que, a pesar de todos los desequilibrios de plagas y catástrofes naturales que se producen, subyace un cierto orden de fondo en la naturaleza. Ese orden natural permite la continuidad de la vida en salud y hace que los leones devoren la carne de sus víctimas sin que nadie intente ponerlos a dieta vegetal, y que no haya herbívoros que coman carne, como los caballos de los nómadas de Franz Kafka o como las vacas locas a las que el hombre envenenó a fuerza de cebarlas con harina animal. Dicho sea de paso, el escritor checo aparece en las listas de escritores vegetarianos, pero no estoy tan seguro de esa filiación: en la entrada del 7 de julio de 1912 de sus Diarios escribe: «Buen almuerzo vegetariano. A diferencia de los demás dueños de restaurantes, a los vegetarianos no parece sentarles muy bien su propia dieta. Gente temerosa, que se le acerca a uno de lado.» En ese ten con ten alimentario, el hombre ha encontrado un acomodo natural entre los omnívoros y con esa condición ha sobrevivido hasta ahora a todos los desastres y se ha adaptado con solvencia a todos los climas.

Yo no tengo ningún problema en compartir mesa con amigos vegetarianos que prefieren a la salsa de la carne los jugos de la savia, a la fibra de los músculos la fibra vegetal, a la sustancia de los guisos de reses la fortaleza de las legumbres y el cereal a cualquier comida que lleve huesos. El hombre es el único animal que reúne en su dentadura todos los tipos de dientes necesarios para cualquier función, el único adaptado para consumir cualquier tipo de alimentos. En sus maxilares se alinean con igual eficacia los incisivos del roedor, los caninos del carnívoro y los molares del rumiante. Que unos prefieran el trigo y las lentejas y otros la carne y el pescado no tiene mayor importancia. Que cada cual haga con sus dientes lo que le apetezca siempre que no los utilice para morder a sus semejantes.