OTRO LOPE HA DE HABER

LUIGI GIULIANI

Fuenteovejuna es una obra ejemplar para entender cómo cada época lee y reinterpreta (legítimamente, lo aclaro desde ahora) los textos que hereda del pasado. Publicada en 1621 y rápidamente olvidada durante dos siglos (sólo volvió a editarse un par de veces en el s. XIX), su fortuna creció durante la Segunda República, cuando la comedia, que ensalza el vínculo positivo que une al monarca (los Reyes Católicos) con sus súbditos, empezó a ser leída como un alegato por la rebelión del pueblo contra sus opresores. Y desde entonces, manteniendo esa visión progresista del texto, los montajes de la obra han ido convirtiendo al pueblo andaluz de Fuenteovejuna en una metáfora más o menos transparente de distintas conyunturas políticas y sociales contemporáneas.

En esta línea ya tradicional se coloca el montaje de Mefisto Teatro, compañía que reúne lo más granado de la escena cubana, y que desde hace un año está de gira con el patrocinio del Ministerio de Cultura de Cuba. Lo novedoso del montaje dirigido por Liuba Cid, pues, no está tanto en su interpretación política (que de todas formas aquí se amplifica con la inserción de pasajes de obras de José Martí), sino en la contaminación de la trama (que en lo esencial no se altera) con las tradiciones de la santería cubana y, más en general, con la cultura popular de la isla caribeña. Así, el Comendador Fernán Gómez se presenta como emanación del terrible Changó, el dios del trueno, la guerra y la virilidad, mientras que un hechicera acompaña la acción practicando conjuros, profetizando el destino de los personajes y ejerciendo de coro con sus comentarios. Y hay que decir que -tras un cuadro inicial que hacía presagir un nada deseable tono panfletario-, el montaje se desarrolla sólida y felizmente, subrayando los contrastes entre los distintos episodios cómicos y dramáticos de la obra, aplicando ciertos recortes al texto de Lope (las escenas en que aparecen los Reyes) y retocando algo la versificación.

A pesar de la poca familiaridad del público local con el sincretismo religioso cubano (y de la lluvia con que el dios Changó intentó sabotear la representación en la plaza de San Jorge), la adaptación de Liuba Cid consiguió atrapar a los espectadores gracias a una notable claridad de ideas a la hora de estructurar los espacios y dirigir a los actores. En un escenario neutro en que se manipulan pocos objetos escenográficos, y al ritmo marcado por dos percusionistas, trece actores realizan un trabajo de conjunto muy destacado por ritmo, gestualidad y, sobre todo, recitado. Sus voces sorprenden por su fuerza y expresividad, por la precisión y musicalidad con que hacen intelegible cada verso, añadiéndole los matices dulces de su acento. Sus cuerpos evocan plásticamente la geografía 'exótica' en que se sitúa esta relectura intercultural de un texto canónico del teatro del Siglo de Oro.

Un Lope que sale refrescado de una operación de mestizaje que nos hace mirar con otros ojos nuestra herencia cultural de europeos.