«La crisis abre los ojos a la gente»

Carlos Taibo Profesor de la Universidad Autónoma de MadridInvitado por El Ateneo, habla esta tarde en el Centro de Profesores sobre el decrecimiento y advierte de que bienestar no es sinónimo de desarrollo

A. GILGADOBADAJOZ.
El profesor Carlos Taibo estará hoy en Badajoz. ::                             HOY/
El profesor Carlos Taibo estará hoy en Badajoz. :: HOY

Carlos Taibo es firme partidario del decrecimiento. Una tesis que critica duramente la lógica del crecimiento económico, desligándolo del progreso y del bienestar. Cree que la ecuación consumo igual a bienestar nos lleva a un modo de vida insoportable a medio y largo plazo. Sus planteamientos toman especial relevancia en el contexto actual de crisis. Esta tarde hablará en el Centro de Profesores (Avenida de Colón, a las ocho y media de la tarde) sobre su forma de encarar el futuro.

-¿El decrecimiento es más que un planteamiento social?

-En primer lugar es una propuesta económica. En un planeta con recursos limitados es absurdo que pretendamos seguir creciendo ilimitadamente. Al margen de esto, debemos preguntarnos si el crecimiento económico es esa fuente de bienestar y de felicidad que nos venden por todas partes, o más bien una proliferación de problemas a medio y largo plazo a través de las agresiones medioambientales, el agotamiento de los recursos o del asentamiento de un modo de vida que nos hace pensar que seremos más felices cuánto más consumamos.

-¿Es un postulado filosófico que va a contracorriente?

-Es un postulado filosófico con muchas concreciones materiales, en el terreno político y en el económico. Partimos de la base de que en el momento actual las reglas del juego las dictan las grandes empresas, interesadas en mover el carro de la producción y del consumo. A nosotros nos venden la idea de que necesitamos consumir más para ser más felices. Los propios gobernantes están muy subordinados a los intereses de estas empresas. Sin ir más lejos, los planes del Gobierno de promover la economía sostenible se sustentan en ayudas públicas a la compra de coches privados.

-¿Los ciudadanos entienden estos intereses subterráneos de la retórica política?

-Quizá la crisis hace que una parte de la población empiece a abrir los ojos y se planteen que quizá seríamos más felices sin estos niveles de hiperconsumo. Yo asumo que la mayoría de los habitantes se encuentran lejos de este planteamiento. Hemos sido educados en una percepción del mundo en la que la productividad y la competitividad son lo primero. Romper el chip mental no es una tarea sencilla. Pero la crisis abre oportunidades. Ahora el tránsito de vehículos se reduce considerablemente a finales de mes en los accesos a las grandes ciudades. Mucha gente no llega a fin de mes y no puede pagar el combustible. Tienen que ir en transporte público. Gracias a esto, descubren que un transporte público razonablemente eficaz es más barato, menos contaminante y más cómodo. Esto debe servir como metáfora, lo digo con toda las cautelas del mundo.

-Más allá de llegar a estos planteamientos, tampoco se intuye una actitud muy crítica. Con una tasa de paro que supera ya el 20%, muchos se sorprenden de la poca contestación social.

-Nuestros gobernantes son muy hábiles y han generado la idea de que estamos en una coyuntura, de que ya saldremos de esta situación y esto aplaca la contestación. De cualquier modo hay que prestar atención a lo que sucede en Grecia estos días.

-¿Cómo se articula un mensaje opuesto en una sociedad tan teledirigida por medios, partidos políticos y empresas?

-El círculo vicioso se rompe siempre que se articulen movimientos en la base de la sociedad. La gente descubre en su vida cotidiana que quizá no necesita tanto para vivir y que el bienestar no llega con la competitividad laboral. No hay que tener un alto nivel cultural para plantearse el sistema actual. Una de las claves pasa, precisamente, por recuperar las prácticas cotidianas. Los habitantes del campo, por ejemplo, siempre han mantenido una relación más equilibrada con el medio ambiente. Que es precisamente una cuestión que reclamamos.

-¿Por qué, si conocemos el daño que hacemos, no actuamos?

-Es la metáfora del Titanic. Todo los que van en el barco saben que se van a hundir, pero siguen con el champán, la música y las fiestas. Tendemos a pensar 'a mí no me va tocar' cada vez que alguien describe un escenario muy desolador a medio y largo plazo.

-¿Qué hace falta para dar un paso más?

-Hay que articular forma de organización social bajo reglas diferentes. Me refiero a empezar, por ejemplo, a dar más peso a la vida social frente a la lógica del consumo, fomentar el ocio creativo y no uno uno vinculado al dinero, reivindicar un reparto del trabajo, reducir estructuras administrativas, recuperar lo local frente a lo global y, en definitiva, comportarnos de una forma más sencilla y más sobria.

-Las organizaciones políticas articulan algunos de estos postulados de forma teórica, pero nunca los hacen efectivos

-Siempre hay retórica. Un ejemplo: el coche eléctrico. Está bien que los vehículos consuman menos, pero la primera pregunta que deberíamos hacernos es si realmente los necesitamos. Lo mismo digo de las energías renovables. No tiene ningún sentido el florecimiento de estos modelos para mantener el estilo de vida depredador y dilapidador que llevamos. Yo entiendo que en algunos casos digan que nuestras propuestas son utópicas, pero tengo claro que no podemos seguir viviendo como hasta ahora. Y esto no es un postulado teórico. Sólo basta con sondear las opiniones de los científicos.