«Hay vetas 'guerracivilistas' pero son, afortunadamente, minoritarias»

Contrario a la división de la historia entre «buenos y malos», cree que en Extremadura la guerra se desarrolló con una violencia inusitada Enrique Moradiellos Historiador y catedrático de Historia Contemporánea de la Uex

«Hay vetas 'guerracivilistas' pero son, afortunadamente, minoritarias»

Para el gran rescatador de la figura de Negrín, el último presidente de Gobierno de la II República, el estallido de una guerra civil exige dos circunstancias clave: que se considere aceptable el recurso a la violencia y que el ejército actúe desunido, por facciones. Y previene contra un riesgo actuar: hacer lecturas 'presentistas' del pasado.

-Cuando murió Franco usted tenía 14 años. ¿Qué recuerda de esa fecha?

-Sobre todo, que tuvimos una semana entera de vacaciones. Y tenía ya, no digo que conciencia política, porque estaba en 1º de BUP y con 14 años no creo que se pueda decir tal cosa, pero al ser el último de cuatro hermanos y mis tres hermanas ya universitarias en Oviedo, en aquella época éramos, por decirlo así, tibiamente antifranquistas. Todos. La familia no, pero sí mis hermanas.

-¿Estudió en un colegio religioso?

-Empecé en un colegio religioso, El Amor de Dios, de monjas. Pero enseguida me cambié y pasé a un colegio público que tenía buena fama en Oviedo, el 'Leopoldo Alas Clarín'. En ese colegio había otro aire; eso se notaba enseguida.

-¿A qué edad leyó 'La Regenta'?

-Ya en el Bachillerato, cuando tenía catorce años. Primero, porque tuve una profesora magnífica de Literatura, doña Adela Palacios, una institucionista, (de hecho ella era madrileña y su marido, Lorenzo Rodríguez Castellano fue el creador del sistema de Bibliotecas Públicas en Oviedo y había sido alumno de Tomás Navarro Tomás). Fue una de mis primeras lecturas. Y además en Oviedo era obligada. Es una ciudad marcada por 'La Regenta', está presente en todos los sitios. Hay dos 'oviedos', el Oviedo más clariniano, más librepensador, más abierto al mundo, mirando siempre a Inglaterra como modelo y un Oviedo del obispo Martínez Vigil o del magistral de Vetusta. Y conviven de alguna manera.

-¿Y por qué estudio Historia?

-Tuve siempre muy clara la vocación de estudiar. Me gustaban mucho las cosas del pasado.

-¿No le atraían las ciencias?

-Nada. De hecho siempre aprobé todas las asignaturas de ciencias, porque era buen estudiante, pero no porque me saliera natural el gusto por las ciencias o las matemáticas. Me gustaba todo lo que tuviera que ver con el pasado. La catedral de Oviedo, los monumentos prerrománicos... Recuerdo incluso que cuando llegó a España el Templo de Debod, que debió ser por el año setenta, mi padre me llevó a verlo a Madrid porque yo quería ser egiptólogo. (Risas). Y excavar. Me parecía muy atractivo.

-¿Su familia pertenecía al bando ganador de la guerra civil?

-Tengo de los dos bandos. Por parte de mi padre eran del bando republicano. No otra cosa que republicanos. El abuelo (al que yo no conocí) había sido alcalde republicano de un pequeño pueblo. Y fue inhabilitado. Tenía la cartería y la perdió. Nada de sangre. Porque era una persona 'de orden'; lo que eran los republicanos de Azaña. Y por parte de mi madre, no; eran empresarios de Oviedo, de la CEDA, y mis tíos maternos fueron combatientes con Franco. Hubo las dos Españas. Eso lo descubrí con la edad del Bachillerato. Hubo una anécdota. Recuerdo decirle a mi abuela materna que a mí me gustaba Largo Caballero y ella montar en cólera como nunca la había visto, porque era bondadosa y apacible. Y se volvió horrorizada diciendo «vuelve otra vez el comunismo», realmente espantada.

-¿Obras como las de Pío Moa han sido un intento de reescribir la historia?

-Yo creo que sí. A mí me parece que Pío Moa es el exponente de una lectura interesada del pasado reciente de España, en clave del presente. No tiene voluntad de conocimiento de la verdad, por dura que esta sea, sino que es una actividad inquisitorial que pretende buscar el culpable de los males con pretensiones inmediatas de legitimación de opciones políticas y deslegitimación de otras. Un historiador no utiliza esos recursos estilísticos. Un historiador no busca el culpable, sino comprender por qué suceden los hechos. Y Pío Moa es maniqueo en su uso selectivo de fuentes, en su lectura parcial de fenómenos, en su olvido bibliográfico de otras contribuciones que considera de partida prorrepublicanas o filosocialistas o liberales, cómplices útiles del comunismo. Y también hubo un intento del otro lado. Las dos partes están ahí.

-Durante años el recuerdo de la guerra civil fue una especie de antídoto contra las soluciones a través de la violencia. ¿Está dejando de ser efectivo ese antídoto?

-Existe el riesgo de que en algunos sectores sociales de los más jóvenes esté dejando de serlo, porque las lecciones extraídas de la guerra (que fueron a partir de los cincuenta como una inútil carnicería y una contienda fratricida, «vergonzosa para todos» como diría Juan Simeón Vidarte, autor de 'Todos fuimos culpables'), aunque hay grados de responsabilidad. Porque eso es lo que hace la historia frente al maniqueísmo. No dice aquí los buenos, aquí los malos; sino la gradación: estos más que otros. Unas personas tienen más responsabilidad que otras, porque su decisión puede comprometer a miles, incluso a veces a millones de personas. Un general en jefe puede comprometer a una estructura jerárquica donde el principio de obediencia hace que tú te subleves. Un dirigente sindicalista, con 700.000 personas afiliadas, diciendo tal cosa, como Largo Caballero, puede comprometer a muchos otros. Por tanto, no es lo mismo aquel pequeño minero de Mieres o el jornalero de Badajoz que un Largo Caballero, un Ricardo Zabalza, un general Franco o un teniente. Hay grados de responsabilidad. Y todos tuvieron alguno, desde luego.

-¿Y ese riesgo cree que ahora se puede reproducir?

-Creo que hay algunos sectores sociales, unos de orden nacionalista, otros de reivindicación familiar, otros de relectura del pasado después de lo que interpretan que ha sido el desvelamiento del 89, con la caída del bloque soviético, que tienden a hacer lecturas presentistas del pasado reciente. Por ejemplo, yo pienso que esta tradición furibundamente antisocialista, antiizquierdas, que pretende que el general Franco es el vencedor de una situación de caos social que devenía en anarquista o comunista, olvida que el general Franco era anticomunista, pero también antiliberal. Y son las dos facetas que hay que ver. Aquel proyecto nacionalcatólico, franquista y filototalitario no era solo contra el comunismo y sus secuaces, era contra la democracia, era contra el liberalismo asociado a la masonería y los judíos.

-¿La historia siempre la escriben los vencedores?

-No. Afortunadamente, y desde hace mucho tiempo, la historia la escriben muchos y muy distintos. Por ejemplo, los vencedores escriben una versión de la guerra civil, y aunque tiene matices, no es lo mismo la falangista que la carlista o la nacionalcatólica. ¿Pero qué hay entre los republicanos? La versión de un Manuel Azaña sobre lo que pasa en la guerra no tiene nada que ver con la de Diego Abad de Santillán, que lo escribe el mismo año 1939, en el exilio, o con la misma historia oficial del Partido Comunista que dirige la comisión que preside Dolores Ibárruri . Son versiones muy distintas en campos muy cruciales. La versión de la guerra como conquista de Euskadi por Castilla o de Cataluña por Castilla no tiene nada que ver con la versión republicana.

-Hace diez años dijo en HOY: «Después de la guerra no vino la paz, vino la victoria». ¿Sigue pensando lo mismo?

-Sí, sin duda. Además, no es que yo lo diga de una manera peyorativa, es que hace falta ver los textos de la época. Lo que se hace en el Desfile de la Victoria es el desfile de la victoria sobre la anti-España. La alerta que da Radio Nacional en su programa del 1 de abril después de leer el parte de guerra es aquel: «Alerta, españoles, España sigue en pie de guerra contra el enemigo». Un enemigo interno que se reconoce que es media España. Porque media España tiene raíces anarquistas y comunistas que hay que extirpar por el medio que sea.

-¿Negrín ha sido el político más difamado de la II República?

-Creo que sí. Y se puede demostrar, porque otros son difamados por un bando, pero ensalzados por el otro.

-¿Y qué gana España recuperando la imagen de Negrín?

-Yo no me planteo tan altas funciones. Creo que la labor de la historiografía era explicar la incógnita y el misterio de una figura que externamente tenía un enorme prestigio, porque eso es lo que en principio me llevó a su estudio. Los servicios secretos británicos y fuentes del Gobierno británico, que son no intervencionistas, consideran que Negrín, como dice uno de los textos, es «el hombre de España», es el Churchill de España. Ese es un adjetivo que tú no puedes despreciar, el mejor dirigente. Y luego se exilia en Gran Bretaña y tiene correspondencia incluso con Churchill porque al final decide contestar a sus cartas. Esa figura no encaja con la visión franquista de que era el hombre de Moscú, «servil esclavo de los deseos del Kremlin» o con una visión filorrepublicana, azañista, de que es un desastre que no supo llevar adelante la política militar, que torpedeó los intentos de mediación... No cuadra.

-¿La crisis económica es siempre un buen caldo de cultivo para el 'guerracivilismo'?

-Hombre, la crisis económica es un caldo de cultivo para posiciones que creen que vienen a dar solución a algo que es más complejo que una mera medida regeneracionista o arbitrista y que puede tener eco en personas que hayan perdido concordantes y serenidad precisamente por la inmensidad de la crisis. Aunque yo creo que no tiene nada que ver esta crisis con aquellas. Una crisis en el Estado del bienestar es otra cosa. Aquí y en Grecia. Situaciones parecidas a las de 1929 o 1931 no se han dado. Estamos en el 19% de paro. De acuerdo. En 1930 estaba Alemania en el 32%, pero entonces ser parado quería decir pasar hambre, y no tener con que cobijarte en medio de un invierno germano. No es lo que pasa aquí. Hay algunas vetas guerracivilistas (solo tienes que ver ciertos periódicos y mirar alguna prensa) pero son, afortunadamente, minoritarias. Se contemplan por la población a veces como 'granos de sal', que dicen en inglés, con una distancia crítica. No hay un peligro de que vayan a buscarte a casa. Estamos en un nivel muy diferente. La crisis lo que hace es subir el voto xenófobo. «Un hombre hambriento», según la máxima, «es un hombre muy descontento». Es lo que pasó en la Alemania de Hitler.

-¿Cree que en Extremadura el recuerdo de la guerra civil está más vivo que en otras regiones?

-Creo que en Extremadura hubo una guerra civil de más intensidad. Pongo solo el ejemplo de la provincia de Badajoz, donde los cálculos más fidedignos (Sánchez Marroyo) cifran en 12.000 los muertos a cargo del bando franquista. ¿Dónde encuentras en alguna provincia del norte, incluso demográficamente superior a Badajoz en aquella época, que haya habido tantos muertos? No en Asturias, no en Bilbao, no en Vizcaya, no en Álava, no en Navarra... Doce mil muertos son muchos muertos. Inicialmente el paso de las columnas tuvo un carácter de guerra colonial. Se comportaron como se habían comportado en el Protectorado. Y el terror es un arma (moralmente no lo condeno, no tiene sentido, no es mi función) digo que era un arma de control. Se había aplicado. El terror destruye al enemigo y paraliza al potencial enemigo. Y es lo que hizo la Legión -para eso son fuerzas de choque- en las razzias contra las cabilas y en la guerra de África. Y aquí pasó lo mismo. Me parece que hubo un componente de guerra de clases muy duro, que no lo encuentras tanto en otras zonas.

-Por cierto, ¿se llevan mejor los de Oviedo con los de Gijón que los de Badajoz con los de Cáceres?

-(Risas). Pues es algo parecido... Estas dinámicas bipolares dentro de un marco son la sal de la tierra. Pero creo que quedan eclipsadas por el afecto que tienen al terruño las dos.

-¿Se imagina en la política activa?

-No. De joven fui muy político, en los años del Bachillerato y la facultad. Fui representante de distrito en Oviedo en las movilizaciones del 79-80 contra una ley que, visto lo que vino después, era magnífica. Pero, bueno, cosas de la juventud. No me imagino porque a mí me gusta mucho más el análisis retrospectivo que el prospectivo. Eso no lo puedes hacer como político.

-¿Qué personaje extremeño le parece lo suficientemente atractivo para haberle dedicado una biografía?

-Godoy. Hay una magnífica biografía de La Parra (además de las cosas que está haciendo Miguel Ángel Melón) que descubren otra figura de la que se nos presentaba desde los fernandinos. Y luego, como intelectual, aunque está en las antípodas de lo que yo pienso, Donoso Cortés. Verdaderamente tuvo impacto en Europa.