Sostiene Boadella

No hay un 'régimen', pero un grupo político lleva gobernando casi tres decenios y eso puede propiciar una concepción patrimonialista del poder. No se sacraliza a ningún 'conductor del pueblo', pero Ibarra fue considerado poco menos que el fundador de Extremadura y a Vara le traen en palmitas

JESÚS GALAVÍS REYES
Sostiene Boadella

APARTE de ser un excelente dramaturgo, Albert Boadella escribe estupendamente. He leído hace poco, aunque algo tardíamente, su libro 'Adiós Cataluña' (premio Espasa de Ensayo). En él se superponen dos narraciones paralelas, una es la historia de su amor por Dolors, su pareja, y otra, que es la que aquí se comenta, la de su 'autoexilio' de Cataluña, disgustado y desencantado ante las transformaciones que el nacionalismo ha venido imponiendo en esta región. Como se suele decir, la obra no tiene desperdicio, y a lo mejor sus críticas al nacionalismo rampante pueden servirnos de advertencia a otros territorios de España. Por ejemplo aquí, donde, sin llegar a tales excesos de fervor patriotero, nos afanamos por encontrar, o imaginar, señas de identidad que, al tiempo que nos cohesionen, nos diferencien de los demás.

Pues bien, sostiene Boadella (como sostenía aquel Pereira de la novela de Tabucchi) una serie de interesantes apreciaciones sobre la forma en que el nacionalismo ha ido apoderándose de las estructuras políticas y culturales catalanas. Y describe su habilidad para implantar desde el poder un modelo unidireccional de ser catalán, fuera del cual o se te margina o se te excluye de la categoría de patriota auténtico. Dicho más claramente: si no comulgas con ese modelo oficial de catalanidad, se te anula, especialmente si eres un creador o un intelectual. Claro que este sistema lleva emparejada una reacción interesada de muchos que, acomodándose a la doctrina oficial, ven recompensada su adhesión con prebendas o con dinero. Son las martingalas de siempre, tan viejas como los intereses creados de cualquier sociedad en la que, por una 'razón superior', se fomenta la adhesión fingida o simplemente la falta de escrúpulos.

Según Boadella, son muchas las formas de evidenciarse este trabajo de 'catalanización' y, así, sostiene que allí se ha generado una patología endogámica y que hay que andarse con cuidado para no aparecer como desafecto a la causa. Da fe del reparto de miles de sinecuras administrativas, innecesarias aunque nacidas bajo nombres altisonantes. Habla del alumbramiento de un auténtico régimen, incluida la «sacralización del conductor del pueblo» (en este caso se refería a Pujol), en el cual lo esencial no es solventar los problemas de la Cataluña real, sino mantener el sistema para medrar en él «a base de alimentar la ficción general con cargo al contribuyente». Explica cómo en los medios audiovisuales un nuevo linaje de periodistas «asume la función de guardianes de las esencias étnicas», y así dejan de estar al servicio del ciudadano, para servir a quien manda, a la causa nacional en suma.

Fustiga a una sociedad, la catalana, en la que se mezclan quimeras históricas, complejos de persecución, culto a supuestos mártires, y se adoba el conjunto con la «exaltación de esencias trilladas pero de alto contenido sentimental». Ridiculiza la apología de los rasgos diferenciales al uso y da fe de otras variopintas necedades, cuyo relato sería muy largo para un artículo.

Por supuesto hay que plantearse hasta qué punto la denuncia de Boadella es fruto de una rabieta personal, y por tanto, al estar preñada de subjetividad, queda invalidada, o es una lúcida percepción de cómo el nacionalismo contemporáneo es idéntico al de otras épocas y puede gestar un régimen aberrante en aras de la construcción de la nación. Y esto sería posible incluso dentro del armazón de unas instituciones democráticas, que se aprovechan para diseñar un paradigma unificado y exclusivista de una sociedad y de una cultura. Pero con que sólo sea verdad un cuartillo de lo que cuenta, de lo que sostiene Boadella, es como para preocuparse bastante.

¿Y en Extremadura, qué? Hombre, como aquí no somos nacionalistas, pues nada, no hay problemas de ese tipo.

¿De verdad? Bueno, aquí no hay un 'régimen', pero hay un grupo político que lleva gobernando casi tres decenios ininterrumpidamente y eso, no nos engañemos, puede propiciar una concepción patrimonialista del poder. Aquí no se sacraliza a ningún 'conductor del pueblo', pero a Ibarra algunos le consideraron poco menos que el 'fundador' de la Extremadura actual, y ahora a Vara los medios de comunicación le traen en palmitas. ¿Hay sinecuras innecesarias? Digo yo que alguna habrá; rebusquen en las consejerías y en las direcciones generales y verán cosas curiosas. Por otro lado, se sigue fomentando todavía el victivismo histórico de nuestra 'olvidada y marginada región' (secuela del maldito centralismo, ogro de nuestros males), pero no acabamos de salir del atraso con nuestro propio esfuerzo, ni con el concurso de millones de euros regalados. Respecto a nuestras señas de identidad, vagamos dando bandazos entre las reivindicaciones de una Guadalupe en diócesis extremeña, la asimilación del flamenco por ósmosis transfronteriza, la exaltación de la patatera y la perrunilla, el Principito en castúo y otros afanes identitarios muy localistas, o muy endebles, pero nadie acaba de saber con certeza qué es eso de la extremeñidad. A lo mejor es simplemente sentirse extremeño y habitante de una región bellísima que puede prosperar si de verdad nos lo proponemos todos. Pero esta no es más que una frase más o menos adornada. Lo difícil es echarse a andar, para hacer el camino, que diría el poeta.

Ya ven lo que sostiene Boadella. Y nosotros quedamos avisados.

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