El valor real de Harriet

El valor real de Harriet

Trump no quiere que la esclava que abrió el camino de otros negros a la libertad sustituya en los billetes de 20 dólares a su adorado Jackson, el presidente que expulsó a los indios

JAVIER GUILLENEA

De todos es sabido que al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le gustan los triunfadores, incluido él, que quizá sea la persona a la que tiene más aprecio y su mejor amigo. Uno de los modelos donde se mira es el séptimo presidente de Estados Unidos, Andrew Jackson, que lucía un tupé parecido y no le tembló el pulso a la hora de gobernar. Trump nunca ha ocultado su admiración por su predecesor, cuyo retrato mandó colgar en el Despacho Oval. «La suya es una historia de éxito absoluto», ha declarado el mandatario americano.

El presidente podría decir lo mismo de otra triunfadora, Harriet Tubman, pero no lo ha hecho ni se espera que lo haga. Ella también tiene una historia de éxito aunque, además de mujer, era negra, abolicionista y sufragista, lo que marca una gran diferencia con Jackson, que poseía una plantación de esclavos. Tubman fue 'conductora' del 'ferrocarril subterráneo', una red clandestina organizada para ayudar a esclavos afroamericanos fugitivos. Salvó centenares de vidas arriesgando la suya con un valor fuera de lo común y cuando murió, a muy avanzada edad, convertida en una leyenda viva, se le rindieron honores militares.

Los nombres de ambos personajes se han visto entremezclados por una polémica cuestión monetaria. En 2016, Harriet Tubman se convirtió en la primera mujer en 125 años y la primera persona afroestadounidense elegida para que su imagen figure en los nuevos billetes de veinte dólares. La Administración Obama, que quería incluir un rostro femenino -el primero, también el último, fue el de Martha Washington, entre 1891 y 1896-, tomó esta determinación después de que el nombre de la 'conductora' figurara en primer lugar en varias macroencuestas, por encima de candidatas como la luchadora por los derechos civiles Rosa Parks, la primera dama Eleanor Roosevelt y la líder feminista Betty Friedan.

Harriet figura entre las personalidades más reconocidas en la historia del país A Jackson se le recuerda como un arrogante populista

A Donald Trump, entonces candidato a la presidencia, no le gustó nada una decisión que achacó a un arrebato de «pura corrección política» y sugirió colocar la imagen de la mujer en los billetes de dos dólares, de poca circulación. Tres años después, ya como líder del mundo conocido, el mandatario ha retrasado la modificación hasta 2026, cundo el actual inquilino de la Casa Blanca ya no esté en el poder. La versión oficial es que, «por motivos de seguridad» y para evitar falsificaciones, primero se lanzarán los nuevos billetes de 10 y 50 dólares, y después los de 20. La versión real es otra.

La efigie de Harriet Tubman estaba llamada a sustituir a la de Andrew Jackson en los billetes, y eso es algo que Trump no podía soportar. Para empeorar la situación, el cambio había sido aprobado por Barack Obama, y si hay algo en lo que el nuevo presidente ha mostrado coherencia ha sido en su empeño por borrar el legado de su predecesor inmediato.

A Tubman y Jackon se les recuerda por dos vías de comunicación. En eso se parecen, pero solo en eso. Mientras que a él se le vincula con el 'sendero de las lágrimas', en el que murieron miles de personas, en el Palacio de Justicia de Auburn, la ciudad donde está enterrada la heroína americana, una placa recuerda la senda radicalmente distinta que siguió: 'Yo nunca conduje mi tren fuera de las vías'.

Deseo de libertad

Harriet nació esclava en 1821 en una plantación de Bucktown, Maryland. Su amo, Edward Brodess, le puso el nombre de Araminta y cuando era pequeña la llamaban con el diminutivo 'Minty'. Muy pronto, a los cinco años, la pusieron a trabajar en el servicio doméstico. Recibió sus primeras palizas a los seis años cuando, después de trabajar durante todo el día, por la noche tenía que vigilar a los hijos del amo para que no lloraran. Cada vez que uno de los niños se despertaba, la señora de la casa azotaba a la pequeña esclava con un látigo.

Su deseo de libertad parecía innato. Había cumplido siete cuando se fugó por primera vez cansada de malos tratos y palizas, pero no tenía un lugar para ir y tuvo que regresar a casa, donde la fustigaron sin compasión. A los diez le empezaron a llamar Harriet y la mandaron a recoger algodón. Tres años después, el capataz de la plantación le ordenó que le ayudara a azotar a otro esclavo, pero ella se negó. Hubo un alboroto cuando el hombre intentó escapar y ella recibió un fuerte golpe en la cabeza que le dejó secuelas de por vida.

Huyó en 1849. Durante tres semanas, caminó a pie 145 kilómetros hasta alcanzar la libertad que le esperaba en Filadelfia. En el camino recibió la ayuda de hombres negros y blancos contrarios a la esclavitud que habían creado un grupo llamado 'ferrocarril subterráneo', al que se unió cuando estuvo a salvo en Auburn. La red había establecido una serie de casas, graneros, cuevas y escondrijos para que los fugitivos se ocultaran de sus perseguidores durante su huida al norte. A través de rutas secretas que atravesaban pantanos, ríos y bosques, y siempre caminando de noche, familias enteras de esclavos viajaron hacia la libertad guiadas por los miembros de la red, que utilizaban términos ferroviarios para referirse en clave a sus actividades. Para los 'maquinistas', las casas particulares que servían de refugio eran las 'estaciones'; las rutas de escape, los 'raíles'; la jefatura del grupo, la 'estación central'; a los estados del norte los llamaban 'el destino' y a los guías de los esclavos, 'conductores'.

Harriet Tubman pronto destacó como 'conductora'. Regresó hasta 19 veces al sur para ayudar a escapar a Canadá a cientos de personas. Al poco tiempo ya era conocida por los sobrenombres de 'Moisés' y 'general Tubman'. Se calcula que la red salvó a 2.000 personas. De ellas, alrededor de 300 cruzaron el país guiadas por Harriet. Entre esos fugitivos, los miembros de su propia familia.

Era una mujer pequeña y de apariencia frágil, pero poseía una extraordinaria resistencia física y una gran fortaleza mental. Al estallar la Guerra de Secesión se unió como enfermera al Ejército de la Unión y pronto le pidieron que guiara a un grupo de exploradores. El último año de la contienda se convirtió en la primera mujer en dirigir un asalto armado, que culminó con la liberación de 700 esclavos.

Llegó la paz y volvió a Auburn, donde comprobó que la esclavitud había desaparecido pero el racismo, no. Para entonces ya era una mujer cuya fama había llegado a Europa; incluso la reina Victoria le envió un regalo y la invitó a viajar a Inglaterra, pero ella no se detuvo. Pese a su precaria situación económica, siguió trabajando sin descanso. Recaudó dinero para dar educación a antiguos esclavos y en sus últimos años trabajó por los derechos de la mujer y el sufragio universal. Harriet murió en 1913 rodeada de reconocimientos. En una encuesta realizada a finales del siglo XX, quedó situada en tercer lugar en la lista de las personas más famosas de la historia estadounidense.

El rifle y la Biblia

Esta es la mujer que Trump no quiere ver en los billetes de veinte dólares. Prefiere que se mantenga el rostro de Andrew Jackson, que, por cierto, tiene algunos puntos en común con él. Por de pronto, ambos fueron tachados de «estúpidos» por sus oponentes. El séptimo presidente de Estados Unidos era un hombre arrogante, difícil e imprevisible, un populista que se nutría electoralmente de los pioneros y colonos, la gente del rifle y la Biblia. La burguesía mercantil e industrial, por el contrario, le consideraba un «patán, demagogo e ignorante».

Jackson (1767-1845) era un hijo de irlandeses que se había hecho a sí mismo y se presentaba como un abanderado en la lucha contra la corrupción. De carácter autoritario, gozó de una gran popularidad por su origen humilde y capacidad para luchar. Tuvo una plantación de algodón con esclavos en Tennessee y cimentó su carrera en el Ejército, donde cosechó sonoros triunfos militares.

Su historia fue de éxito absoluto, aunque no todos piensan lo mismo. Jackson puso en marcha en 1830 la 'Indian Removal Act', que supuso la confiscación de tierras indígenas al este del Mississippi. Cerca de 15.000 indios fueron forzados a abandonar su territorio e iniciaron un largo peregrinaje que fue conocido como 'el sendero de lágrimas'. Se desconoce la cifra de nativos que murieron extenuados, pero se cree que fueron más de 4.000, aunque Jackson dijo que únicamente fallecieron 424. Trump visitó en 2017 la plantación donde su héroe era dueño y señor de centenares de esclavos. «Es increíble», dijo alborozado.