«Me he sentido ninguneada muchas veces»

Carmen Iglesias, en la sede de la Real Academia de Historia. :: /ALBERTO FERRERAS
Carmen Iglesias, en la sede de la Real Academia de Historia. :: / ALBERTO FERRERAS

La primera directora de la Real Academia de la Historia no olvida lo que le decía su madrina: que las mujeres deben entrar en todas partes

CÉSAR COCA

Tuve conciencia de lo que era la soledad desde los 11 años, con un amago de crisis a los 17, una tarde de domingo. Me habían invitado a un guateque pero no fui porque me aburrían mucho los guateques y quienes iban a ellos. Así que me quedé en una especie de pensión para señoritas en la que vivía entonces y me vino una oleada victimista por estar sola. Un victimismo que nunca había tenido porque mi madrina me había advertido contra ello y contra quienes lo practican. No soy una persona religiosa, soy agnóstica, pero la Biblia siempre ha sido, junto a Cervantes y Shakespeare, un libro fundamental para mí. Aquella tarde, cogí la Biblia, que se abrió por el 'Libro de los Proverbios', y leí: 'Como la polilla al vestido y la carcoma al madero, así la melancolía daña el corazón del hombre'. Entonces reaccioné». Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia -acaba de ser reelegida con 28 votos a favor y tres en blanco-, miembro de la Española y una de las personas más respetadas en este país por gente de todas las ideologías, recuerda aquel momento crucial de su vida en el que asumió que iba a vivir pegada al presente, sin hacer planes para el futuro. Que nunca temería a la soledad y que siempre tendría muy claro lo que no quería hacer, frente a tantas chicas de buena familia, sus compañeras de clase, cuyo devenir estaba dibujado con todo detalle: conseguir un nivel cultural que les permitiera circular con elegancia por la vida social, tener un buen marido y criar a sus hijos. Ella se volcó en el estudio, ayudada por una educación en la que se postergaba la satisfacción ante la tarea del trabajo disciplinado, de la obligación ineludible. Revive la escena en su despacho de la RAH, en el corazón del Barrio de las Letras, cansada -lo confiesa abiertamente- después de unos meses en los que se ha volcado en la presentación y difusión del que ha sido el gran proyecto de estos últimos años en la institución que dirige: el Diccionario Biográfico electrónico, que incluye más de 45.000 personajes, muchos biografiados por primera vez.

- Ha explicado más de una vez que nació en el seno de una familia que quedó rota en la Guerra Civil.

- Sí, fui hija única de una familia de perdedores de la guerra, sobre todo mi padre, que murió cuando yo tenía 10 años. Mi madre era más tradicional, más de la época. Pero desde luego, no militaba en nada aunque su corazón estaba más bien en la izquierda.

«En el Instituto oí cómo un profesor decía: 'Lástima que Iglesias sea mujer, con la inteligencia que tiene'» «Sigo esa máxima griega del hombre más fuerte que el destino» «No soy monárquica, pero estoy contenta con un Estado que es una monarquía parlamentaria»

- ¿Qué recuerdos tiene de la infancia? Una niña sin hermanos ¿con quién jugaba?

- Mis recuerdos de esa época son maravillosos. Antes de mí, mis padres habían tenido una hija que murió con dos años. Ya había muerto cuando nací y me pusieron Carmen porque había sido su nombre. Oí hablar mucho de ella y veía fotos. Luego me enteré de que a mi nombre, por esa circunstancia, había dos cartillas de racionamiento.

- Eso permitiría mejorar su dieta.

- Yo no noté una postguerra dura. Recuerdo que comía muchos huevos fritos. Fui muy cuidada por mis padres durante la infancia. Ambos me decían que lo que aprendiera era lo único que me iba a llevar siempre conmigo. Mi madre era una gran lectora. Mi padre siempre me traía libros de donde estuviera.

- ¿Se movía mucho?

- Nos movimos mucho todos durante mi etapa de Primaria, porque mi padre estaba represaliado y tenía que hacerlo. Pero nunca quiso salir de España. Éramos una familia pequeñoburguesa de las que saben hacer la maleta en media hora para sobrevivir, como los judíos. Y siempre recuerdo la profunda solidaridad entre aquellas personas perdedoras y cómo se ayudaban entre ellas.

- ¿Tiene origen judío?

- En España todos tenemos algo, por el cruce que se ha dado. A saber.

- La infancia fue feliz. ¿Y la adolescencia? Para entonces, su padre ya había muerto.

- La adolescencia fue dura y difícil. Mi padre había muerto y mi madre estaba fuera. Hice el Bachillerato en un instituto que era como una universidad pequeña. Allí aprendí que sacar buenas notas me daba libertad, algo muy importante. Y como las sacaba, me permitía salir, caminar, ir a ver a mi madrina y escribir largas cartas sin censura a mi madre, que son los modelos que siempre he tenido.

- ¿En qué sentido?

- Mi madrina decía que las mujeres teníamos que entrar en todas partes. Eso lo viví muy de cerca. Luego conseguí una beca. Me daban 300 pesetas mensuales, que para entonces era mucho. Con eso me pagaba clases de inglés y francés y aún podía invitar de vez en cuando a mis amigas a un almuercito y a bocadillos de calamares en San Bernardo (risas).

- ¿Le gustaba el cine en esos años?

- Mucho. Iba con frecuencia por las mañanas, en las pausas entre unas clases y otras. Una película fundamental para mí, que vi muy niña, fue 'El mago de Oz'. Durante años tuve algunas pesadillas relacionadas con esa película: una niña en peligro a quien salvan sus amigos. Siempre he sabido que las cosas son así.

- En la Universidad formó parte de grupos de oposición, como el FUDE y los 'felipes'. ¿Tuvo problemas con la Policía alguna vez?

- Ponía bastante cuidado porque sabía que no tenía un 'colchón' detrás, como les pasaba a otros. Llevaba panfletos debajo del abrigo y solo tuve problemas en 1965, con un expediente disciplinario en el que nos jugamos la expulsión de la universidad varios estudiantes que fuimos tachados como subversivos según informes policiales.

- En esta misma serie de entrevistas, la científica Margarita Salas contó que cuando fue a hacer la tesis su director le recomendó un tema sencillo «por ser chica». ¿Tuvo alguna experiencia parecida?

- Algo así lo viví muy joven en el instituto. Un gran catedrático estaba hablando con el profesor de Historia Sagrada, que nos contaba la asignatura como un maravilloso cuento, y le dijo: «Lástima que Iglesias sea mujer, con la inteligencia que tiene». Lo conté a mi madrina y me dijo que no hiciera ni caso.

- ¿Y en la Universidad?

- Nada. Para mí fue un oasis. Encontré a gente con la que me podía entender, profesores maravillosos. Éramos la última generación de antifranquistas y creíamos profundamente en el valor del conocimiento. Tuve más problemas de profesora. Entonces te veían como una competidora y hasta viví algún pequeño caso de acoso que acabó pronto.

Ser mujer

Camina Carmen Iglesias por el palacete que alberga la Real Academia de Historia con ligereza. Va del salón de plenos (con sus libros y cuadernos colocados en el lugar de cada académico) a su despacho para posar para el fotógrafo, pide su bolso para coger una chocolatina con la que engañar al estómago hasta la hora de comer y comenta que ahora cuando no duerme siete horas lo acusa. Fue la cuarta mujer en entrar en la Real Academia Española y la segunda en la de Historia. Y cuando accedió a la dirección de esta última se convirtió en la primera -y, de momento, la única- al frente de una de estas entidades surgidas al calor del pensamiento ilustrado.

- Usted dirige una academia, es miembro de otra, consiguió joven una cátedra. ¿Se ha sentido discriminada alguna vez?

- Ninguneada, muchas veces. En las academias, en consejos, en la Universidad, en reuniones. Cada vez menos, eso sí. Con frecuencia se plasma de la siguiente forma: llegas a una reunión en la que casi todos son hombres, intervienes en algún momento sobre lo que se está tratando y como si no hubieras dicho nada. Unos minutos más tarde, un hombre dice lo mismo que tú sin citarte y a todos les parece muy bien y lo aplauden. Eso a mí me ha servido para vertebrarme por dentro. Siempre he procurado no hacer castillos en el aire ni mostrarme pesimista si algún proyecto no salía.

- Vivir al día y con realismo.

- Se trata de ir paso a paso, entusiasmándote con lo que haces. Sigo esa máxima griega del hombre más fuerte que el destino. Lo que haces lo asumes como propio, aceptas las cosas y sacas la parte buena que pueden tener. Así fue también cuando Gonzalo Anes me propuso para esta Academia.

- ¿Cómo fue? Solo había habido otra mujer antes.

- Me lo comentó y la idea me entusiasmó, claro. Le pregunté qué tenía que hacer y él me dijo que nada, que él y otros eran mis padrinos. Yo quería que saliera, pero también pensé que si no salía seguiría haciendo mis cosas como siempre. La única vez que no seguí esa norma fue en la oposición a cátedra unos años antes. Había tres hombres y yo, y ellos estaban convencidos de que uno de los tres la sacaría. Y yo pensé: «Dios mío, ¿tendré la misma falta de sentido de la realidad que ellos?». Aquella vez sabía que sacar la cátedra era ganar la libertad. Nunca me lo perdonaron, porque el tribunal me sacó por unanimidad públicamente en la primera votación, en un proceso que era largo, solemne y emocionante.

- ¿Nunca la ha tentado la política?

- Nunca. Tenía muy asumida la historia de mi familia al respecto. La política está reñida con la verdad, como decía Hanna Arendt, y a mí lo que me ha apasionado siempre no ha sido tanto la Verdad con mayúscula como el conocimiento. Siempre he pensado y sentido, eso sí, que debía estar frente a la arbitrariedad y la injusticia. Tienes lazos con los demás y debes estar ahí en esa lucha.

- Fue preceptora del Rey. ¿Cómo ve el debate, abierto de nuevo, sobre la conveniencia, incluso la necesidad, de un referéndum sobre la monarquía?

- Lo veo con mucha preocupación, porque están intentando tergiversar el problema. El tema no es monarquía o república, sino democracia o autoritarismo y dictadura. La monarquía parlamentaria que tenemos ha sido el mejor modelo de Estado que hemos tenido. Ahí está también la muestra europea. Eso de que el Rey no ha sido elegido no es cierto. Lo es por tradición, elección y ejercicio. En la Transición el Rey quedó legitimado y fue apoyado por el pueblo español al votar la Constitución. Una parte importante de políticos actuales están demostrando que solo les importa el poder y colocar a los suyos. Es bueno que haya una instancia fuera de esa lucha, con un poder moderador limitado por la Constitución.

- Antes había monárquicos y juancarlistas, y no siempre eran los mismos. Ahora no hay felipistas.

- Es que insisto en que el debate es artificial, como todo lo que sucede sobre Cataluña. Se ha llegado hasta aquí por pusilanimidad de los gobiernos. Hay un Estado perfectamente legitimado por una Constitución que se puede reformar siguiendo sus propios principios. Frente a eso, por un lado hay partidos anquilosados y por otro emergentes que solo se preocupan, algunos, por el cortoplacismo y la lucha por el poder.

- ¿Es usted monárquica?

- No lo soy por tradición, para nada, pero estoy contenta con un Estado que es una monarquía parlamentaria. Y aún más si pienso en alguno de estos políticos de los que hablo como jefe de Estado.

- En el contexto de este sistema, usted es condesa de Gisbert. ¿Cómo se siente?

- Pues como cuando me decían «tú eres famosa», y entonces miraba hacia atrás pensando que se dirigían a otra persona. Acepté el título como un reconocimiento generoso de personas e instituciones a las que quiero y respeto. Me ofrecían un marquesado pero dije que prefería el título de condesa porque está más cerca de mis señoras ilustradas. Escogí para ello el nombre de mi abuela, que era profesora, para convertirlo en un homenaje. Me han hecho un escudo precioso. Y aplico lo de nuestros clásicos: «Los honores no se piden, no se rechazan y no se hace ostentación de ellos».

Asuntos de Historia

Se arrellana en un sillón de su despacho mientras lo comenta. Exhibe una sonrisa amplia, más amplia aún de lo normal en esta mujer que siempre muestra una amabilidad sin el menor rasgo de artificio. A veces duda en una respuesta, sobre todo cuando la pregunta es muy personal: «No sé si quiero contar esto, no lo he dicho nunca a nadie», se excusa entonces. Pasa con rapidez con temas como su matrimonio y posterior divorcio. Y, como sucede con las personas sabias, no duda en confesar en algunas ocasiones que no tiene un criterio demasiado formado sobre algún asunto.

- A una historiadora, ¿qué le parece el traslado de los restos de Franco?

- No tengo opinión. Le diré que no he conocido el Valle de los Caídos hasta la época democrática. Estoy convencida de que hay que mantener cierta memoria de lo bueno y lo malo que nos ha sucedido. Y también de que, con la de problemas serios que tenemos, que se hable más de eso que de temas como qué va a pasar con los impuestos, o en Cataluña, es desviar la atención.

- Está echando la culpa a los políticos.

- Hay cosas que se podían haber hecho mucho mejor. Con Zapatero se rompieron algunos consensos que habían funcionado desde la Transición. Sucedió con el Estatuto de Cataluña y con la Ley de la Memoria Histórica. Ahora se está cayendo en verdaderos disparates.

- ¿Cuáles?

- La creación de una llamada comisión de la verdad me recuerda demasiado al nazismo y el estalinismo. La Historia es para que los historiadores la desbrocemos. Tiene que haber diferentes versiones, por supuesto, pero deben ser rigurosas a partir de una verdad de los hechos.

en Madrid en 1942.

Es doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid.

En 1984 ganó la cátedra de Historia de las Ideas y las Formas Políticas. Ese mismo año fue tutora de la infanta Cristina en la Facultad de CC. Políticas y Sociología. En 1988 inició su tarea como profesora del ahora rey Felipe VI. Es miembro de la Real Academia

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fue la cuarta mujer en esa institución a lo largo de su historia

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y de la Real Academia de la Historia, que dirige desde 2014, cargo para el que ha sido reelegida hace unas semanas.

Es especialista en Historia Moderna de Europa y ha publicado numerosos libros, entre ellos 'El pensamiento de Montesquieu', 'Nobleza y sociedad en la España moderna', 'Razón, sentimiento y utopía', 'Estudios sobre Historia de España' y otros. Ha recibido premios como el Nacional de Historia, Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, Montesquieu, Orden de las Palmas Académicas de Francia, etc.