La otra guerra de los cirujanos

El doctor Martín Sánchez dejó un legado gráfico que documenta la labor de quienes como él lucharon en la Guerra Civil... por salvar vidas. Ahora sus descendientes lo publican en un libro

Ed. Lunwerg/
Ed. Lunwerg
PILAR MANZANRESmadrid

Decía Gregorio Marañón que «el médico en la guerra es el único que no quiere matar, el único para quien no existe el enemigo, porque no hay enemigo capaz de esconder dentro de un hermano». Y salvo vergonzosas excepciones habidas a lo largo de la historia, ¿por qué no creer tan hermosas palabras?

Y en parte es así como comienza esta historia, protagonizada por el doctor Martín Sánchez, uno de esos médicos que durante la Guerra Civil trataron como pudieron a los heridos en combate y a los afectados por la penuria que rodea a estos.

Este médico y odontólogo asturiano, que fuera ayudante del catedrático de Odontología y fundador de la cirugía oral y maxilofacial en España, el doctor Bernardino Landete, documentó con dibujos y fotografías sus trabajos como cirujano maxilofacial en un hospital de sangre, el llamado Médico-Popular de Chamartín de la Rosa, en Madrid. En él trataba las patologías de los heridos por armas de fuego y allí permaneció hasta el final de la guerra.

Acabada ésta, solicitó en 1939 al Colegio Oficial de Odontólogos de la Primera Región la entrega de las preparaciones de carioplastia hechas por él mismo, pero éstas pasaron a ser propiedad del Ejército Nacional, quien recuperó y reivindicó todo lo que hubiera pertenecido al ejército rojo. Lo que no perdió fueron los excelentes documentos que ahora se publican en este libro, La otra cara de la Guerra Civil, gracias al mimo con que sus familiares, y sobre todo su hija, los guardaron.

Suturas a base de botones

Fueron ellos quienes se presentaron con estos documentos ante la sede de la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial (SECOM): «No solo dejó reflejado en ellos el tratamiento primario de los pacientes, sino las secuelas devastadoras que quedaban tras estos tratamientos iniciales», explica el doctor José Luis Cebrián Carretero, vicepresidente primero de esta sociedad.

«La petición de los familiares del doctor Martín Sánchez fue que diésemos a conocer su obra. No sabíamos muy bien qué hacer, una exposición, una presentación durante un congreso Al final decidimos editar este libro que, a la vez que honraba la figura del doctor, también podía ser la imagen de nuestra sociedad científica, de manera que pudiésemos regalarlo a nuestros invitados en cursos y congresos. También nos gustó la idea de destacar el papel del médico en la guerra, que introduce elementos conciliadores en el 75 aniversario del fin de la contienda», explica Cebrián, quien junto al doctor Arturo Bilbao, presidente de la SECOM, coordinó esta edición.

Para hacernos una idea, las condiciones en ambos frentes no se parecían a las actuales. Carecían de antibióticos, la anestesia era fundamentalmente local y a menudo se suturaban heridas con botones, un modo de evitar que la tensión volviera a abrirlas. Además, estaban los llamados hospitales de sangre. «En el frente de Madrid hubo multitud de ellos, la mayoría en el bando republicano. El 22 de agosto de 1936, el Gobierno facultó al Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión para de nominar como hospitales de sangre a 14 de los que se consideraban hospitales de derivación de los heridos de guerra desde los hospitales de campaña. También se enumeraban los hospitales de convalecencia para heridos leves y enfermos de guerra con patologías diversas. Lo cierto es que en los hospitales de sangre se trataban todas las patologías y su dotación era muy variable, así como el número de camas. Algunos llegaron a tener cerca de tres mil, hospitales como La Paz o el Gregorio Marañón hoy habilitan alrededor de mil camas y aseguraban una atención que permitía devolver a un gran porcentaje de soldados de nuevo al campo de batalla», cuenta el doctor Cebrián.

A estos hospitales de derivación normalmente llegaban los heridos tras una primera atención en los hospitales de campaña y del frente. «El triaje o selección de enfermos para la evacuación funcionaba bastante bien, de manera que se intentaba derivar pacientes con posibilidades de tratamiento y por tanto de sobrevivir. No obstante los mayores problemas se encontraban en la evacuación desde el frente. Hoy la modernización de estos sistemas es uno de los aspectos que más ha evolucionado en la cirugía de guerra», comenta el doctor.

Reconstrucción facial

No es la única mejora, por supuesto, ya que entre otras hoy los médicos pueden pensar en llevar a cabo reconstrucciones faciales bastante precisas. «Durante siglos el traumatizado facial fue marginado por una mentalidad en la que una cara desagradable se asociaba con una aberración. Mutilar la cara era la forma de robarle a un paciente su identidad. Hoy, la obsesión de los cirujanos que atendemos a pacientes que sufren traumatismos faciales o mutilaciones por cirugía oncológica es reconstruirles, es decir, devolverles un aspecto lo más parecido al previo al acontecimiento patológico. La verdad es que vivimos en la era de la cirugía reconstructiva. Yo, que me dedico a la cirugía oncológica, no concibo extirpar un tumor sin luego reconstruir la zona afectada».