«El Sahara no es desierto gracias a Marruecos»

Mientras su plato llegaba, Mourad apuraba el cigarro en la terraza de su restaurante favorito. Los precios eran populares y, según él, tenían «la mejor sopa con dátiles del centro de El Aaiún». La oferta en los locales de esta pequeña calle junto al estadio de fútbol era variada, pero el tipo de comida, único. Todos los restaurantes servían platos tradicionales marroquíes. No había ni un solo comercio saharaui. Tampoco clientes de este origen.

Mourad tiene 51 años y ha pasado casi media vida en el Sahara Occidental. Se trasladó a El Aaiún hace veinte por los beneficios que ofrecía Marruecos y por la facilidad con que encontró trabajo en uno de los yacimientos de fosfatos cercanos a la capital. Aunque ha viajado mucho por Europa, si debe elegir una ciudad, se queda con la natal, Agadir. «Es el verano eterno», ríe. Su francés es envidiable; cuenta que lo aprendió en la escuela con enseñantes muy severos. Como alumno, también aprendió una lección clara: «El Sahara es marroquí».

Conforme la charla se centraba en la autodeterminación, la tensión aumentaba. «No hay debate sobre la independencia -aseguraba tajante-. No se habla de ello en los cafés o en los diarios». Afirmaba con seguridad que las protestas «secesionistas» eran minoritarias y que, «gracias a Marruecos, el Sahara dejó de ser desierto».

Esa misma noche no fue una jornada agradable para algunos vecinos de la capital, como Khalil Bella y su colectivo. Bella protestaba en el centro de la ciudad reclamando el fin de la discriminación en el sector laboral. Era una manifestación pacífica en favor del derecho a trabajar con independencia de su origen. La veintena de asistentes tuvo que enfrentarse a tres furgones de Policía que disolvieron el encuentro con la fuerza como bandera. El momento fue grabado por uno de sus compañeros desde un edificio colindante. Lo cierto es que la convivencia forzosa con los colonos no es problemática. El conflicto detona cuando actúan las fuerzas de seguridad.