Yo, sacerdote, confieso...

Respecto al tema de la pederastia en la Iglesia, los curas de a pie lo estamos pasando mal, nos da mucha tristeza. A veces hasta parece que nos sentimos culpables ante esta avalancha de golpe, que no sabemos digerir y elaborar

JOSÉ MORENOPárroco en Badajoz

Recientemente nuestro diario nos ha dado cuenta de la situación actual de nuestra iglesia diocesana con respecto al tema de la pederastia ('Carlos Torres: «Es doloroso, pero la Iglesia debe afrontar los abusos a menores para ser creíble»', HOY, 16/03/2019), después de la asamblea del papa Francisco con los presidentes de las conferencias episcopales de los distintos países del mundo.

Se entiende que hay unas directrices claras y concisas para atajar lo que puede haber actualmente de este problema en cada iglesia, sobre todo en lo que se refiere a los casos que han podido darse y ocultarse, a pesar de haber sido expuestos de una manera u otra ante la autoridad civil o eclesiástica. Se quiere acabar y rescatar todo lo que haya sido ocultamiento de los culpables y defender a las víctimas que han sido calladas y olvidadas.

El periodista (Evaristo Fernández de Vega) hizo el artículo con objetividad y respeto, dando datos y yendo a las fuentes, como el secretario canciller del arzobispado, donde han de ser claros y respetuosos a la vez que obedientes a las indicaciones que han traído de Roma para todos, en orden a purificar la Iglesia. Las preguntas del periodista fueron profesionales y las respuestas del secretario fueron, como habían de ser, institucionales.

Pero en todo este proceso está también la vivencia diaria de los sacerdotes de a pie, de los que vivimos en medio del pueblo. Hace unos días un buen amigo y compañero me decía que por qué no escribía acerca de lo que es nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestros deseos, retos y esperanzas. Entendí que me lo pedía en medio de esta tormenta y bandazos de olas que mueven nuestra barca eclesial y que da la sensación de que se hunde, mientras que nuestro maestro Jesús parece que está dormido en la proa.

Me lo pedía porque lo estamos pasando mal, nos da mucha tristeza. A veces, hasta parece que nos sentimos culpables ante esta avalancha de golpe, que no sabemos digerir y elaborar.

Me explico: aquí el que más y el que menos pasó más de una decena de años en el seminario de San Antón de Badajoz, esa institución que hace poco recogió, merecidamente, la medalla de Extremadura. Recibimos una formación, adecuada a sus tiempos sociales, culturales, políticos, económicos y eclesiales. Algunos antes del Concilio, ya la mayoría con el Concilio y el Postconcilio, con lo que eso supuso de apertura y de cambio en la concepción del mundo.

Recuerdo el ambiente del seminario. Era de normalidad, muy sano, lleno de inquietudes y de alegrías, así como de esfuerzo, superación y ganas de formarnos en lo humano, lo intelectual –filosofía y teología– , así como en la espiritualidad en orden a ser hombres del pueblo y de Dios.

Nos enamoramos de la misión y nos emocionamos en nuestro compromiso personal y apostólico por ser servidores de los demás y acompañar al pueblo en los ámbitos que nos eran propios, formación en la fe, acompañamiento personal en los proyectos de vida, iluminación del pueblo y su vida a la luz del Evangelio, celebrar la fe en sus momentos más vitales y sagrados.

Nos duele este momento porque realmente somos personas bastantes satisfechas y felices en nuestra labor y en nuestra comunión con la gente y los pueblos, nos sentimos unos más del pueblo, sabiendo que hoy no tenemos un reconocimiento social como antaño, pero que tiene totalmente sentido lo que hacemos y vivimos, que merece la pena y nuestro servicio es muy importante en la vida de la sociedad.

Hoy más que nunca, necesitamos, lo sabemos, mirar fijamente a Cristo que nos pide ir hacia él sobre las aguas, que no nos miremos nuestros pies y las caídas de algunos hermanos, que renovemos nuestra alegría y aquel amor primero con el que dábamos nuestros primeros pasos.

Hoy se nos pide despojarnos de toda seguridad, también de la institucional y la del reconocimiento social, para volver a la autoridad propia del Evangelio de Jesús, la que viene por la vida de cada día, por el compromiso auténtico, por la profundidad de nuestra unión con el Dios despojado de estima y reconocimiento en Nazaret y en Jerusalén.

Ahora más que nunca nos sentimos llamados a ser realmente sacerdotes comprometidos y entregados, hacerlo en total gratuidad y arriesgando. Porque sabemos que no duerme, y que este momento si lo vivimos con fe y lo leemos creyente, será sin duda un momento de renovación y conversión para todos nuestros corazones y para nuestro presbiterio con nuestro arzobispo a la cabeza.

También hoy, más que nunca, necesitamos el cariño y la compasión de nuestras comunidades creyentes. Gracias a todos los que nos seguís mirando con ojos de bondad y amistad, dándonos vuestra confianza.