«Ya me retirará la vida cuando no pueda más»

Julieta Serrano, en la cocina de su casa. :: VIRGINIA CARRASCO/
Julieta Serrano, en la cocina de su casa. :: VIRGINIA CARRASCO

Actriz especializada en papeles dramáticos, y luego 'chica Almodóvar', advierte a los actores de hoy: «A veces se dejan enajenar por la fama»

CÉSAR COCA

Jovial. Es la palabra. Julieta Serrano está sentada en el sofá de su casa, contando cómo debutó con 13 años en un 'Don Juan' organizado para recaudar fondos para el Club Natación Montjuic, que tenía la oficina debajo de su casa, y se le ilumina la cara. «Mi padre hacía de don Juan y yo era doña Inés, con trencitas». El teatro, en la Barcelona de 1946, era la posibilidad de imaginar otra vida, de escapar al tono gris de la sociedad, a la represión y la medianía establecidas como norma. Setenta y tres años después, su carrera como intérprete continúa y da la impresión de que la escena, da igual que sea ante el público que frente a una cámara, le resta años. «Soy una anciana, lo sé», dice en un momento de la conversación, pero el DNI parece el único aval a esa afirmación porque ni su apariencia física ni su agilidad mental son las que corresponden a los 86 años transcurridos desde su llegada al mundo en Barcelona. Para esta mujer, que se define como muy tímida y pudorosa -y muy discreta sobre su vida sentimental-, haberse metido en la piel de tantos personajes del mejor teatro desde la Grecia clásica hasta hoy mismo y de unos cuantos en el mejor cine español en medio siglo ha sido lo más parecido a un elixir de la juventud.

- En su familia la afición a la escena venía de lejos.

SU TRAYECTORIA

Nació
Formación.
En el teatro.
Cine.
Premios.

- Sí, por parte de mi padre. Mis abuelos, que eran valencianos, tenían una compañía de zarzuela aunque yo nunca los vi actuar. En mi casa había un piano y mi tía era cantante. Y mi padre, que trabajaba de administrativo en Barcelona en el tren de vía estrecha, era actor aficionado.

«Almodóvar sabía muy bien lo que quería, pero quería tantas cosas a la vez que en ocasiones se desmadraba» «En los ochenta había una gran alegría de vivir. Y libertad. La movida fue fantástica» «Prohibieron 'Las criadas' el día del estreno. Núria Espert y yo llorábamos mientras desmontaban el escenario»

- ¿Y su madre?

- Era una modista maravillosa que cosía para fuera para ganar algo más de dinero. Además, mi padre estuvo delicado siempre, no sí si lo estaba también antes de ir a la guerra o fue después de eso. En casa me apoyaron en todo momento en mi vocación teatral.

- Debutó bien joven, con solo 13 años.

- Sí, en un 'Don Juan', con mi padre. Pero antes de eso, desde muy pequeña, ya jugaba a ser actriz. Aprendía de memoria poemas y cuando había una fiesta me subían a una silla y recitaba.

- Pero pese a esa vocación, estudió Dibujo en la Escuela de Artes y Oficios. ¿Por qué?

- Mi padre dibujaba muy bien y a mí también me gustaba. Yo era muy tímida, y lo sigo siendo, y mi padre me dijo que en Barcelona, hasta que poco después abrieron el Romea, no había nada de teatro profesional, así que había que mirar cómo ganarse la vida.

- Luego trabajó en una fábrica de esmaltes mientras hacía algunos trabajos relacionados con la escena.

- Era muy buena copista pero nada creativa. Vi un anuncio en el periódico para la fábrica y a modo de prueba pedían un dibujo. Hice una miniatura de 'Los borrachos' de Velázquez y me cogieron. Antes ya había trabajado para una película de dibujos animados. Fue entonces cuando me corté las coletas (se ríe).

- ¿Sacaba tiempo para hacer cosas en el teatro?

- Sí, hacía teatro aficionado, doblaje y radio. Incluso quisieron contratarme para el cuadro escénico de la emisora pero ganaba menos que en el taller y me pedían muchas horas. Aunque me sentía más viva en el escenario que dibujando.

- Se fue al Liceo para tomar clases y allí conoció a Núria Espert.

- Mi padre buscó la forma de que me desahogara haciendo algo como actriz. Se enteró de que en los altillos del Liceo había unas clases para niños y jóvenes. Me apuntaron y allí nos conocimos Núria y yo. Ella era mucho más baja pero luego cambió y creció de golpe.

Poco sueldo, gran felicidad

Sonríe risueña al hablar de esos años de formación, de jornadas interminables repartidas entre el taller y las horas de vida ganadas en el escenario. «Tuve dos descubridores: Miguel Narros y José Luis Alonso», explica. La suya es la historia de un ascenso progresivo vinculado a nombres de grandes de la escena con quienes empezó a trabajar: María Jesús Valdés, Berta Riaza, Alicia Hermida... Con estas dos últimas empezó una gira por España de un año, en una función sobre la vida de Ana Frank. «Ellas se repartían las funciones haciendo de Ana y yo era la hermana en todas. Casi al acabar me ofrecieron 'La rosa tatuada' y me vine a Madrid con Miguel Narros». Fue el comienzo de una carrera profesional que durante seis años la tuvo viviendo entre Barcelona, su ciudad, y Madrid, la capital donde había más oportunidades teatrales.

- Las giras era duras para mí porque no había salido nunca de Barcelona. Cobraba poco, trabajaba mucho y era feliz. Recuerdo que había una figura en los teatros a quien llamábamos 'el avisador'. Entre función y función te llevaba un bocadillo o un café y te buscaba sitios para dormir. Incluso cuando llegué a Madrid, a mí todo me parecía provisional. Por eso estuve años viviendo entre las dos ciudades. Y además seguía por temporadas trabajando en el taller, donde estaban encantados de que la 'actriz' volviera. Hasta que decidí instalarme aquí definitivamente, con la ayuda de Berta (Riaza) y Alicia (Hermida), que eran como dos madrecitas, porque yo era una niña perdida en el bosque.

- ¿Cómo sufrió la censura?

- Desde muy pequeña había notado la represión. Me acuerdo de 'La dama no es para la hoguera', que dirigía Narros y yo hacía de damita joven. Ensayamos tres meses, todos los días de 8 a 11 de la noche. Y nos la prohibieron porque salía un cura de manera bufa. A veces sabíamos que una obra se haría una sola vez porque la iban a prohibir. Núria (Espert) tuvo el valor de intentar hacer cosas por difíciles que parecieran. El censor nos prohibió 'Las criadas' el mismo día del estreno. Estuvimos llorando mientras desmontaban el decorado.

- Luego llegó al cine y en los ochenta se convirtió en una presencia habitual en las películas de Almodóvar. Pero ya antes había trabajado con Armiñán, Saura y otros aunque su trabajo en la gran pantalla era más intermitente.

- Antes el teatro era la base de todos los actores. Ahora la gente está muy preparada pero antes todo se hacía en el camino. En el teatro te sientes más segura, hay muchos ensayos y una relación de equipo, se habla. En el cine, el director manda y yo me dejo llevar. Tiene razón en lo que dice de la intermitencia. Tras 'Mi querida señorita' me pronosticaron un carrerón en el cine.

- Pero no fue exactamente así.

- Mis características eran de actriz dramática, y eso no iba bien con el cine español de los setenta, donde la mayoría de las películas iban sobre hombres desesperados por ligar con las guapazas. A mí me fueron encasillando en papeles dramáticos, aunque luego he hecho humor y me ha encantado.

- Y ahí entra en escena Pedro Almódovar, a quien conoció en unas funciones de 'La casa de Bernarda Alba'.

- Nos hicimos muy amigos durante la gira con esa obra. Nos proyectó unos cortos que había hecho; después me enseñó un guión y le dije que creía que no podría hacer el papel que me proponía. Luego terminé por pedirle a Carmen Maura que hablara con él para que me diera un papel en 'Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón'.

- De las ocho películas que hizo Almodóvar en esa década usted trabajó en cinco. ¿Cómo eran los rodajes con él entonces?

- Había una gran alegría, una alegría de vivir, que es algo imprescindible. Y libertad. La movida fue fantástica. Pedro sabía muy bien lo que quería, pero quería tantas cosas a la vez que en ocasiones se desmadraba.

- Con él fue a Hollywood por la candidatura de 'Mujeres al borde de un ataque de nervios'.

- Ya habíamos estado ante en Venecia con 'Entre tinieblas'. Los periodistas hacían cola para estar con él. No nos podíamos creer que estuviéramos en Hollywood. Estábamos Rossy (de Palma), Chus (Lampreave), Loles (León) y yo en un apartamento y nos pusieron un coche para ir por Los Ángeles. Qué bien nos lo pasamos. Incluso nos fuimos a Disneylandia.

El gran cambio

Eran los años en que todo cambió. La dictadura quedó definitivamente atrás, política y socialmente, y un nuevo estilo de vida echó por tierra el puritanismo obligatorio duranto tanto tiempo. Lo cuenta mientras posa para las fotos sentada ante una mesa en la cocina de su casa, un inmueble de techos altos situado a menos de doscientos metros del Teatro Español. «Aquí estudio mis papeles», comenta. Y la conversación deriva hacia el efecto de liberación personal que para ella tuvo el teatro. «Mis padres eran republicanos, pero cuando me vine a Madrid les preocupaba el qué dirán, que era como una cruz. La represión lo inundaba todo, todo estaba prohibido. Aquí viví e hice cosas a las que quizá en Barcelona no me habría atrevido por el qué dirán y mis padres».

- A usted la envidiarían por su carrera. Hubo unos años en los que estaba en todos los sitios: teatro, cine y televisión. ¿Cómo lo lograba?

- Trabajábamos muchísimo, sí. Recuerdo que en 1982 estaba rodando 'Entre tinieblas' y al terminar me iba al teatro a hacer dos funciones de 'La señorita de Tacna'. Casi no me atrevo a decirlo, pero aprovechaba para aprender un papel teatral o para la televisión entre toma y toma de una película. Nos gustaba mucho trabajar y no queríamos dejar nada.

- También montó su propia compañía, pero lo dejó enseguida. ¿Por qué?

- Nunca tuve esa ambición, pero había una obra que me apetecía mucho, 'Viaje de un largo día hacia la noche' de Eugene O'Neill, y la puse en pie. Quería hacer sobre todo un equipo, que el trabajo fuera muy placentero.

- ¿Y salió así?

- Sí. Era una obra muy difícil, incluso por su duración, y aunque el resultado económico fue neutro me animé a hacer otras cosas. Hicimos un Bernard Shaw ('La profesión de la señora Warren') con Bieito y no funcionó. Y como me estaban llamando para otras cosas, lo dejé.

- Cuando cumplió los 65 años pensó que iba a jubilarse, pero luego ha hecho algunos de sus mejores papeles. ¿Una actriz, un actor, no se jubila nunca?

- Hace dos años cumplí 60 en el teatro de manera profesional. Pensé dar una fiesta y anunciar que lo dejaba. Pero luego reflexioné y decidí que ya me retirará la vida cuando no pueda más. Me gusta lo que hago y tengo ilusión.

- Alguna vez ha dicho que no necesita trabajar para vivir, así que con esa tranquilidad elegirá muy bien los papeles para hacer solo lo que le gusta.

- Ahora elijo con más precisión. Algo que no me entusiasme no lo hago. Es cierto, he comentado que no necesito trabajar para vivir. Llevo una vida normal, sin lujos, y para eso no tengo ningún problema. Así que tienen que ser cosas interesantes para que acepte. Y una vez que empiezo disfruto con todo, porque me encantan los ensayos y estar con los compañeros.

- ¿Qué es mejor y qué es peor en el teatro que se hace hoy respecto del que se hacía en los primeros años de su carrera?

- Lo mejor, que ahora se trabaja de otra manera. Antes era casi inhumano, había dos funciones diarias, prácticamente sin descansos... Lo que me resulta peor es esta necesidad de ser mediático que anula algo la perspectiva de querer ser mejor. Los actores de hoy están muy preparados pero a veces se dejan enajenar por la fama.

- ¿Le gustaría despedirse de la escena con un drama o, quizá incluso para romper en esa última función, con una comedia?

- Me gustaría hacer algo de humor y pasármelo bien.

el 21 de enero de 1933 en Barcelona.

Estudió Dibujo en la Escuela de Artes y Oficios en su ciudad natal. Muy joven, trabajó para una película de dibujos animados y como dibujante en una fábrica de esmaltes, empleo que compatibilizó durante un tiempo con el teatro.

Hizo su primera obra, en teatro amateur, a los 13 años. A los 18 ya trabajó en obras de Sagarra y Guimerá. A partir de ahí ha interpretado a Shakespeare, Tirso, Williams, Lope, Calderón, Anouilh, Lorca, Giraudoux, Turgeniev, Molière, Gorki, Genet, Ibsen, Miller, Shaw, Brecht, O'Neill, Mishima, Vargas Llosa, Pirandello, Camus, Valle-Inclán, Chéjov, Eurípides y otros.

Ha trabajado en media docena de películas de Almodóvar, y también con Saura, Armiñán, Fons, Gómez Pereira, Querejeta, Herralde, etc.

Ganó el Nacional de Teatro en 2018, el Gaudí de Honor (2014), Sant Jordi de Cinematografía (en tres ocasiones, 1972, 1983 y 2011) y Fotogramas de Plata (1970, 1986 y 2004). Ha sido candidata al Goya en dos ocasiones.