Al rescate de Gandiol

Las embarcaciones tradicionales de pesca de Gandiol, varadas en una playa de la población senegalesa. :: r. c./ FOTOS:
Las embarcaciones tradicionales de pesca de Gandiol, varadas en una playa de la población senegalesa. :: r. c. / FOTOS:

Una cooperante española y un emigrante africano retornado luchan por salvar un pueblo de Senegal azotado por la tragedia humana y medioambiental

GERARDO ELORRIAGA

El océano se presume al fondo, inmenso y bronco, separado del último tramo del río Senegal por una franja de arena que se extiende 30 kilómetros, como la última frontera entre las aguas dulces y las mareas. Cualquiera que, desde las playas infinitas de la localidad de Gandiol, observe esta barrera, conocida como la lengua de Barbaria, pensaría que este es uno de esos paisajes que han de incluirse forzosamente en las listas de lugares excepcionales del planeta. Pero el tumulto de olas que llegan hasta la arena revela que, en realidad, nos encontramos ante un desdichado desastre medioambiental. Hace dieciséis años, las autoridades provocaron un corte de cuatro metros en ese parapeto para aliviar la presión de las crecidas fluviales y el resultado, hoy en día, es una apertura de siete kilómetros de longitud que ha provocado la invasión del mar y la salinización de la tierra.

Los pescadores locales han de esquivar este escollo, convertido en una trampa fangosa, para salir a faenar. Cuando las capturas comenzaron a escasear, tuvieron que abandonaron el litoral y se dirigieron mar adentro en pos de los bancos de peces. Pero las embarcaciones de factura artesanal no podían competir con las grandes naves de arrastre y se desplazaron hacia el norte, en busca de caladeros menos saqueados. La crónica, o la leyenda, dice que esa travesía les llevó a descubrir las costas profusamente iluminadas de Canarias e imaginar otro futuro menos incierto.

Los soñadores emplearon los cayucos tradicionales en un viaje de ida, a menudo hacia ninguna parte. La belleza de Gandiol encubre, como en otros escenarios africanos, la falta de oportunidades para sus gentes, despojadas de sus recursos tradicionales, y explica que la emigración se haya convertido en la opción habitual para los jóvenes. Pero sus carencias, la ilusión de algunos emprendedores y el azar también provocan caprichosas relaciones.

En 2006, más de cien jóvenes del pueblo murieron al naufragar el cayuco en el que viajaban

«Somos fruto de los movimientos de población y nos enriquecemos con ellos»

No parecía que los destinos de la vasca Ainhoa Pérez-Arrospide y del senegalés Mamadou Dia pudieran entrecruzarse. A la joven getxotarra, de origen acomodado, las puertas laborales se le abrieron de par en par tras cursar estudios de Derecho y Administración de Empresas en la Universidad de Navarra. Su trayectoria profesional comprende estancias de trabajo en Irak, Hong Kong y Bruselas, donde, según reconoce, formuló con fondos europeos proyectos de cooperación para países que ni siquiera conocía.

El muchacho senegalés estudió en su tierra Trabajo Social y, como otros compañeros, aspiró a un futuro mejor en Francia, la metrópoli colonial, pero sus solicitudes de visado fueron repetidamente rechazadas. En 2006 se embarcó en un cayuco para llegar a España. Mamadou arribó a la Península, pero tras descubrir el cemento, el ruido y la prisa desaforada de Occidente, decidió retornar, tal y como describe en '3052. Persiguiendo un sueño', relato de esa peripecia que comienza en una barca y acaba con el regreso a Gandiol, su pueblo natal.

El autor dice que, a lo largo de ese tiempo, hubo de todo, desde los momentos duros iniciales, desconocedor del idioma, sin amigos ni trabajo, a otros de responsabilidad, como la publicación del libro, que le permitió volver con los suyos. «Pero eres un eterno emigrante, ya no eres la misma persona que salió hace quince años de casa», alega. «Hay muchas preocupaciones que pasan por tu cabeza, y tu forma de ver la juventud, a los niños, a la mujer, son diferentes. Y estos son los grandes retos de África».

Dos vidas dispares y una causa

Gandiol atrajo a ambos. Esa población de luz cegadora, de salinas y palmeras, reunió dos vidas dispares en una causa común. «Podría ser algo similar a Punta Cana», apunta Ainhoa. Sabía de ese lugar por su hermana, arquitecta y cooperante en la región. Ambas compartían similares inquietudes sociales, aunque sus destinos fueran social y geográficamente muy dispares. «Yo tenía la inquietud de ir al terreno, pero no veía cómo y, de repente, todo cambió», explica. Ese brusco viraje tuvo lugar un fin de semana, hace cuatro años, cuando la llamaron por teléfono para notificarle que Nerea no había sobrevivido a un accidente de tráfico pocos días antes de que concluyera su trabajo en Senegal.

La economista volvió de inmediato al hogar familiar y durante los días previos al funeral se cruzó con muchas personas de las que había oído hablar, pero no había visto nunca. Una de ellas era Mamadou, empeñado en crear en su pueblo un espacio comunitario al que Nerea había dado forma. «El proyecto me dio fuerza, fue el motivo para estar centrada en algo y, además, estaba relacionado con mi hermana», recuerda Ainhoa. Fue entonces cuando abandonó la cómoda capital belga y decidió partir hacia un lugar desconocido en pos de una ilusión compartida que ella también asumía. «Hasta mucho tiempo después no fui capaz de pensar en el mañana. Mucha gente tenía miedo de que estuviera dejando mi vida para vivir la de ella, pero nunca caí en eso. Creo que por primera vez, a los veintiséis años, tenía claro que estaba haciendo lo que tenía que hacer».

El centro Hahatay se encontraba en embrión. Nerea había aportado sus conocimientos de arquitectura sostenible para dotar a un páramo de un centro cultural en el que iban a urdir numerosos proyectos. Mamadou es su actual director y Ainhoa acaba de recibir el premio Ciudadanía Comprometida en el área de Acción Socioeducativa, reconocimiento que otorga la Fundación Esplai de Madrid a la juventud más solidaria. La cooperante vasca recuerda aquel tiempo de trabajo, de echar raíces. «Ni siquiera fue consciente del choque cultural», asegura. Habla de Thaisa y Anita, arquitectas, Doudou, ingeniero... «Convivía con personas que acababa de conocer y sentía algo tan intenso por dentro que ni me enteré. ¿Si buscaba a mi hermana? Sí, y creo que sigo haciéndolo. Al principio, en aquellas cosas que ella hacía, nadaba por donde a ella le gustaba, pero, con el tiempo, me di cuenta que no podía buscarla en esas pequeñas cosas, sino de otra forma, en su compromiso».

Entonces había ilusión y pocos medios. Dotar a un pueblo de 30.000 habitantes de un lugar donde formarse y debatir se convirtió en el objetivo de muchos. «Al final, se implicó hasta Sangüesa, el pueblo navarro de mi madre, que montó carpas y organizó conciertos para obtener fondos». La iniciativa fructificó y generó dos entidades, la ONG Aminata, radicada en el País Vasco, y Hahatay, en Senegal. Esta nació con una filosofía singular que empapa toda su labor. «Tenemos dos lemas: uno, que todo el mundo posee el derecho a viajar y nuestra finalidad es luchar contra las migraciones inseguras abriendo vías legales con fórmulas de intercambio y becas; y el otro, que Gandiol es Eldorado, es decir, que vamos a viajar pero aquí hay capacidad para el progreso», explica Mamadou. Con ese propósito de crecimiento propio, han identificado diez sectores de desarrollo que van desde la educación a la agricultura o la mejora de la cabaña ganadera.

La filosofía de esta iniciativa descansa en la capacidad de los nativos para asumir la dirección de sus vidas. El trabajo de Hahatay, que significa risa en idioma wolof, persigue la formación de los jóvenes para que no arriesguen sus vidas mediante cursos, una radio comunitaria y experiencia de convivencia. Un nativo recibe a una delegación de políticos y periodistas llegados desde España y mira al cielo, dice que siempre soñó con cruzar el firmamento en un avión y que, cuando lo logró, fue el hombre más feliz, y que sueña con volver a sentir la sensación de volar, pero que su futuro está ahí, en África. «Los jóvenes nunca dejarán de soñar con la emigración, quieren encontrarse con el mundo, conocer a otros como ellos y otros proyectos, y ahora se conectan con muchachos de muchos orígenes. Estas relaciones han permitido desmitificar Europa, no embarcarse en un cayuco para jugarse la vida, saber que en su pueblo todo es posible. Muchos trabajan, tienen una vida digna, viajan y vuelven a casa convirtiéndose en embajadores», añade el responsable de la iniciativa.

Ainhoa alaba la capacidad de Mamadou para plantear una visión estratégica que supera el habitual cortoplacismo de muchos proyectos de la cooperación al desarrollo, así como su esfuerzo por alentar la interculturalidad. La vida parece jugar de una manera caprichosa con ella, encadenando desdicha y fortuna. En un audaz giro de 180º, abandonó un despacho y se desplazó hasta el Golfo de Guinea tras la muerte de su hermana, y ha regresado hace unos meses a la capital vizcaína porque allí conoció a quien es ahora su marido, otro expatriado de origen bilbaíno. «¿Dónde puedo estar mejor que aquí con los 'tuppers' de mi madre?», bromea, aunque admite que nunca pensó en residir permanentemente en su ciudad natal. «Siempre me ha atraído lo exótico, lo raro, y, curiosamente, en la lejana Senegal encontré el camino de vuelta a casa, aunque sigo trabajando diariamente para encontrar financiación y alianzas para Hahatay. Seguiré yendo y viniendo».

Los sádicos y sus muros

¿Y los muros que algunos proclaman como recurso para impedir la llegada de extranjeros hasta el Mediterráneo? «Cuando oigo algo así, por un momento siento ganas de irme de este mundo», confiesa. La respuesta de su compañero africano de fatigas resulta aún más contundente. «Estos sádicos atentan contra la Humanidad», acusa. «Somos frutos de los movimientos y nos enriquecemos con ellos. Utilizar la crisis creada por estos mismos sádicos, que han robado y siguen robando, me parece injusto. La migración aporta mucho a España, al igual que España aporta a los migrantes. En Senegal hay muchos españoles y tenemos que hacer que se sientan como en casa. Estos son derechos humanos y no se pueden violar ni jugar con ellos».

La migración clandestina no es un problema, en su opinión, sino «la consecuencia de las relaciones enfermas entre el norte y el sur. No olvidemos que los más perjudicados son los países de origen, que, después de formar a sus mejores jóvenes, los pierden en estos peligrosos caminos o gastando sus fuerzas para desarrollar a los países de acogida». Hahatay también ha impulsado proyectos que cuentan lo que queda atrás, el impacto de la partida en el seno familiar, el cambio de roles, la esperanza inculcada en el que se va y el dolor que genera la constatación de la pérdida irreparable. En 2006, más de cien jóvenes del pueblo perecieron en un naufragio.

El espíritu pacífico y cosmopolita de Gandiol resulta una excepción en una región crispada donde avanzan el yihadismo, la violencia y la represión institucionalizada. Senegal, un país de impoluta historia democrática, constituye la excepción en una región convulsa donde se suceden los golpes de Estado, las protestas populares y los atentados radicales. En este contexto, Ainhoa es consciente de que su sueño, el de Mamadou, Nerea y otros muchos, tiene sus limitaciones. «Creo que debemos centrarnos en lo que podemos abarcar», explica. «Somos muy pequeñitos, pero defiendo que una acción muy concreta en un sitio muy concreto y con personas muy concretas puede generar muchos cambios. Y este mensaje tiene que llegar a todos, a la opinión pública y las autoridades de aquí y allá».