«Perdí el miedo la primera vez que me torturaron»

Ahmed Ettanji, en el centro de Valencia. :: R. C./
Ahmed Ettanji, en el centro de Valencia. :: R. C.

Cuando era más joven, Ahmed Ettanji temía a la Policía. Había oído muchas historias sobre las comisarías de El Aaiún. A sus 30 años, no duda en responder a las provocaciones. «Cuando los agentes me amenazan con llevarme a una, insisto en que lo hagan; perdí el miedo cuando fui torturado por primera vez», asegura tranquilo.

Cada noche que pasó retenido llenaba su estómago con un mendrugo de pan. «Me daban lo justo para que no me desmayara», recuerda. Ettanji permaneció cuatro días en un centro policial de la capital, sometido a interrogatorios constantes. Su familia desconocía su paradero. De nuevo, los ojos vendados. Atado de pies y manos, obligado a golpes a quedarse quieto. También estuvo mucho tiempo desnudo. Cuando pensaba que no había nadie, movía el cuerpo y sentía los puños por todas partes. No sabía cuántos hombres había en la celda, pero siempre solía haber vigilancia. Ettanji se ha encontrado en numerosas ocasiones con los policías que lo torturaron. No los identifica por sus rostros, pero sus voces se le quedaron grabadas.

Ahmed fue cuestionado por su papel en organizaciones que apoyan la independencia. A la Policía le interesaba cómo contactaban, sus puntos de reunión y nombres completos. Por aquel entonces formaba parte de un colectivo que repartía folletos sobre la causa saharaui y coordinaba protestas. Suele viajar por Europa, especialmente por España, para informar sobre el sufrimiento en su hogar. Este año ha organizado entrevistas y conferencias en Madrid, Pamplona, Valencia o Vitoria. «No me planteo vivir aquí -confiesa-, el trabajo está en las zonas ocupadas». Quiere dejar un legado a las generaciones futuras por medio de la lucha pacífica.

Domina el castellano, pues estudió Filología Española en la Universidad de Agadir. En el Sahara no hay ningún centro de estudios superiores, el más cercano de la capital está allí, a 640 kilómetros. Esto favorece la diáspora del pueblo. Ettanji nunca ha trabajado, aunque es licenciado y habla tres idiomas con fluidez. Con triste calma, habla de su vida plagada de marginaciones. Lo que más le pesa es sentirse sitiado y la sensación constante de ser perseguido.