Orinar sobre el fuego o el lenguaje inclusivo

El problema es que el uso inclusivo requiere inteligencia y dominio de la lengua, y tanto la una como el otro se echan en falta a menudo entre quienes lo defienden de modo más encarnizado

FRANCISCO J. VAZ LEALCATEDRÁTICO DE PSIQUIATRÍA. DECANO DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UEX

Para quienes, a la vista del título, se estén preguntando qué tienen que ver las bragas con la alcabala de las habas, voy a empezar mi reflexión con una pequeña reseña autobiográfica que, aunque a algunos pueda parecerles desafortunada por escatológica e intrascendente, tiene la fuerza de las revelaciones impúdicas que de cuando en cuando los que escribimos nos sacamos de la manga para ganarnos la atención de los lectores.

Lo que voy a contar sucedió hace más de 30 años, pero les anticipo que supuso un cambio en mis hábitos excretorios con el que a día de hoy me sigo deleitando. Acababa de llegar a Heidelberg, en la entonces República Federal de Alemania, donde un amigo me había acogido en el piso que compartía con media docena de compañeros de ambos sexos. Cuando fui al baño, encontré encima del inodoro un cartel que solicitaba cortésmente a los varones que se sentasen a la hora de orinar. La petición estaba hecha en nombre de la higiene y del respeto a los valores grupales, que defendían en aquella casa la igualdad radical entre hombres y mujeres. Reconozco que la norma me pareció chocante, ya que desde pequeño me habían enseñado que los chicos hacíamos pipí de pie y no veía yo que ello implicase ir contra ningún valor específico; pero como tengo tendencia a ser disciplinado y considerado (sobre todo en casa ajena), me acomodé a la solicitud. Y de ese modo, y aunque al principio el hecho de orinar sentado me pareció impropio de mi sexo y de mi edad y me provocó cierta sensación de incomodidad, el buen criterio acabó por imponerse a los prejuicios… y aquí me tienen ustedes, feliz de la vida, disfrutando en la edad provecta de una conducta que tuve que ir a aprender a tierras teutonas siendo un mozalbete.

En la línea de lo que acabo de contar, en 'El malestar en la cultura' argumenta Freud que el dominio sobre el fuego, una de las conquistas primordiales de nuestra civilización, solamente pudo producirse cuando los varones decidimos abandonar nuestro (ilusorio) dominio fálico sobre el mundo y reprimimos el impulso de apagar las llamas orinando sobre ellas. Esta renuncia llevó emparejada la delegación de la custodia de tan preciado elemento en las mujeres, condicionadas como estaban por razones anatómicas a no poder ejercer tan dudoso privilegio, lo que abrió las puertas a una nueva etapa en nuestro desarrollo y humanización.

Con la lengua parece haber sucedido algo similar a lo que pasó con el fuego, allá en la noche de los tiempos, aunque hemos tardado un poco más en ser conscientes de ello. Durante siglos la lengua española ha utilizado el masculino para hacer referencia a la totalidad configurada por ambos sexos, fenómeno este en el que se ha querido ver una acomodación del idioma al dominio persistente y paralelo del hombre sobre la mujer. Sea o no este el motivo, hemos hablado así durante mucho tiempo y creo que no es cosa de ir por ahí rasgándose las vestiduras (en nuestra lengua, además, el género viene señalado por el determinante y existe una gran cantidad de sustantivos con terminación femenina que sirven para hacer alusión a los hombres). No me parece, pues, que sea cosa de exagerar, y mucho menos se trata, en mi opinión, de generar una situación de imposición a machamartillo que acabe invirtiendo el proceso y reproduciendo la disfunción a la inversa. La decisión de promover la inclusión del mundo de lo femenino en el lenguaje me parece a estas alturas de mi vida una sugerencia tan sensata y saludable como la que campeaba sobre el inodoro de Heidelberg. Estaría muy bien y supondría un paso más en nuestro desarrollo como especie que nos pusiésemos de acuerdo para eliminar términos que sugieren desvalorización de lo femenino o primacía de lo masculino (me refiero a expresiones como «ser cojonudo» o «ser una nenaza»), y también los términos ostensiblemente excluyentes. Y esto debería hacerse no en nombre del oportunismo político, sino por convencimiento, por incorporación de los valores, del mismo modo en que un servidor asumió que orinar sentado no solo era más higiénico, sino que nos otorgaba a los hombres el privilegio de desarrollar una identidad como «guardianes del fuego» (entiéndase esto en el sentido más amplio posible), a la que hasta entonces habíamos tenido que renunciar condicionados por nuestra arrogancia fálica. El problema es que el uso inclusivo requiere inteligencia y dominio de la lengua, y tanto la una como el otro se echan en falta a menudo entre quienes lo defienden de modo más encarnizado. Quiero decir que evitar el uso restrictivo de los términos no puede suponer aferrarnos al empleo dual, recurrente y ramplón del masculino y el femenino («todos y todas», «españolas y españoles», «ciudadanos y ciudadanas»), que acaba por provocar en el que escucha una sensación de profundo aturdimiento, similar al estado hipnoide que induce la audición repetida de un mantra, cuando no aburrimiento mondo y lirondo. El uso inclusivo del lenguaje tiene que suponer una utilización creativa del mismo, la búsqueda continua por parte del hablante de términos que sirvan para hacer referencia a la globalidad cuando de hacer referencia a la globalidad se trate, la entrega persistente a piruetas lingüísticas complejas no excluyentes. Por ello, la incorporación al lenguaje de los valores que promueven la igualdad no será más que una tontuna favorecedora de la ignorancia y el empobrecimiento intelectual si no lleva emparejada una sólida formación lingüística y literaria que empiece en las familias y en las escuelas y esté presente en el día a día de nuestras vidas, una educación que permita a los hablantes dominar la lengua que hablan y utilizarla de forma adecuada y creativa. De otro modo, y por mucho que nos pese, estaremos cogiendo el rábano por las hojas.

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