Malí no tiene quien le visite

Viviendas en Badiangara, el hogar de los dogones. En esta página, tres estampas de Malí. :: R. C./
Viviendas en Badiangara, el hogar de los dogones. En esta página, tres estampas de Malí. :: R. C.

La guerra ha arruinado el turismo del país con el acervo cultural más rico del África subsahariana

GERARDO ELORRIAGA

Hubo una África casi virgen que las agencias de viajes de aventura convirtieron en atractivo reclamo para los turistas más aventureros. Era un lugar sin resorts de lujo, grandes felinos adormilados en las llanuras y playas bañadas por mares azul turquesa, pero, en cambio, guardaba algunas de las esencias del continente anterior a la colonización, modos de vida ancestrales y escenarios naturales a caballo entre el desierto y la sabana. Ese excepcional vestigio se encontraba en Malí, país inmenso donde confluyen el mundo musulmán y el animismo tribal, un territorio del Sahel habitado por numerosas tribus, árabes, bereberes y negras, y bañado por el río Níger.

Hace diez años, José Delcán se propuso conocer la cultura de los dogones, uno de esos pueblos casi míticos que se encuentran en Malí. Este profesor universitario de Madrid aterrizó en Ouagadougou, la capital de la vecina Burkina Faso, y, desde allí, se dirigió a bordo de un Land Rover hasta la república vecina. Este visitante atravesó un paisaje verde plagado de pequeños lagos estacionales, fruto de la temporada de lluvias. «Fue un viaje tranquilo, sin ningún atisbo de inseguridad», asegura.

Entonces no lo podía imaginar, pero se trataba de un privilegiado, uno de los últimos turistas que podían disfrutar de ese espléndido recorrido durante la estación de lluvias. Hoy, el itinerario que llevó a cabo, desde la ciudad a la frontera maliense, resulta extremadamente peligroso.

Hace solo diez años se podía disfrutar del país con seguridad

Las agencias han excluido a Malí de sus catálogos turísticos

Miquel Barceló, que se inspiró en la belleza del país, no ha vuelto allí

A lo largo del último año, más de 500 personas han muerto en la región fronteriza y decenas de miles han abandonado sus casas ante la creciente actividad de los milicianos yihadistas, empeñados en arrasar iglesias y clausurar escuelas. La pareja formada por la canadiense Edith Blais y el italiano Luca Tacchetto desapareció el pasado mes de diciembre cuando se desplazaba en un vehículo particular por una zona cercana, teóricamente más segura.

Malí sufre las consecuencias de un largo proceso bélico. Ya había signos que anticipaban el ocaso antes de que Delcán llegara hasta el acantilado de Badiangara, hogar de los dogon. En 2008 se había suspendido el rally de Dakar, que atravesaba la región más occidental debido a la insurgencia islamista en Mauritania, aunque lo peor estaba por venir. En 2011, dos visitantes desaparecieron de su hotel en Tombuctú, tres fueron secuestrados y un cuarto, asesinado por guerrilleros de Al Qaeda del Magreb islámico. Un año después, el estallido de la insurrección tuareg en el norte de país supuso el final del sueño.

Fuera de la oferta viajera

La guerra excluyó a Malí de los más sugerentes catálogos turísticos, aquellos que ofrecen exóticas y caras expediciones fuera del circuito comercial. Tombuctú, la ciudad de los 333 santos, epicentro del islam africano, constituía su principal baza y, lamentablemente, regresó a sus orígenes, cuando era una plaza prohibida para los no creyentes. La conquista por los radicales la cerró al mundo y así permanece. Su festival del desierto, una cita con la música y danza de los hombres azules, se suspendió 'sine die', cientos de antiguos manuscritos fueron destruidos y varios de los característicos mausoleos del centro histórico cayeron víctimas del extremismo iconoclasta de la banda islamista Ansar Dine.

La estrategia oficial se vino abajo ante la expansión de las organizaciones extremistas en el Sahel, fenómeno fomentado por el acceso a los arsenales del difunto Gadafi. Esa divulgación se había intensificado desde mediados de los noventa, al abrigo de las nuevas demandas vacacionales. El Gobierno se había empeñado en obtener una proyección en el exterior acudiendo a todo tipo de ferias. Egipto constituía el ejemplo a seguir por las similitudes en el plano cultural e, incluso, físico. Malí posee el segundo patrimonio arqueológico más importante del continente, y el viaje en pinazas a través del Níger, contemplando los poblados ribereños de pescadores, recuerda al que se puede disfrutar surcando el Nilo.

El acantilado de Badiangara fue destino final de Delcán y sus compañeros de fatigas. Esta fractura geológica de paredes escarpadas se halla horadada por cavernas donde el pueblo dogon halló refugio en su huida de la dominación musulmana, en torno al siglo XV. «Fue muy costoso llegar hasta allí, una mezcla de caminata y escala con un calor brutal, pero mereció la pena. La vida era increíblemente tradicional. No estaba preparado para el turismo. Dormimos en la azotea de un edificio», recuerda Delcán.

El arte tradicional de esta comunidad ha conseguido proyección internacional gracias a su escultura religiosa, sus elementos domésticos como las puertas labradas, sus ritos y costumbres. «No había inseguridad, sino una pobreza tremenda y muy poca comida disponible. Había arroz con tierra y pollo sin carne», indica. «Las mujeres trabajaban en el campo, los niños cuidaban el ganado y los hombres permanecían bajo una palmera».

Por pisar una piedra sagrada

El grupo conoció el peso de las costumbres locales. «Nos habían advertido que no fuéramos por algunos sitios, pero una chica dio una vuelta por su cuenta y pisó una piedra sagrada. La enjuiciaron y a los demás nos encerraron en una estancia. La condenaron a pagar unos 20 euros, el precio de una gallina y una cabra, y nos soltaron. Pero en ningún momento tuvimos impresión de peligro», admite el profesor.

La realidad ha cambiado sustancialmente. La rebelión tuareg acabó con los acuerdos entre el Gobierno central, apoyado por tropas francesas, y los sublevados, pero las demás tribus, afectadas por la insurrección, también organizaron sus autodefensas y se armaron convenientemente. La chispa independentista del norte ha prendido en viejas rencillas interétnicas, como las que enfrentan a los pastores fulani con los campesinos dogon por el control de pastos y fuentes de agua. Ahora, las disputas no se dirimen con un puñado de monedas, sino con ataques a poblados enemigos y matanzas indiscriminadas.

La 'crisis', como es conocido este conflicto, amenaza con desestabilizar la región de Mopti, en el centro, allí donde se concentran gran parte de los atractivos turísticos del país. La Minusma, la misión local de Naciones Unidas, no puede controlar una superficie que dobla la española. Además, las diversas facciones islamistas que allí operan también se han implicado en estas antiguas rivalidades para aumentar sus adeptos. Ni siquiera Bamako, la capital, ha escapado a la violencia religiosa en un país conocido por su tolerancia, y ya ha sufrido varios atentados contra hoteles y restaurantes, frecuentados por los escasos occidentales que permanecen en la ciudad.

Kananga, Temps D'Oci, Paso Noroeste o Viajes Cathay, entre otras agencias de viaje especializadas en la aventura, ya no operan con Malí, a donde tampoco ha vuelto el artista mallorquín Miquel Barceló, que reconoció haberse inspirado en su «belleza sobrecogedora» para pintar. Pero el Ministerio de Turismo del país se resiste a perder uno de sus mejores recursos e intenta dar a conocer fuera de sus fronteras la mezquita de Djenné, cumbre de la arquitectura sudanesa saheliana con su característico adobe revocado.

La lejana China se ha convertido en el último intento de revitalizar la maltrecha industria turística de Malí con iniciativas como una invitación a touroperadores y periodistas chinos para que visitaran sus principales atracciones a lo largo del pasado mes de noviembre. La Agencia de Promoción del Turismo del país asegura que a lo largo de 2016 unos 173.000 osados expedicionarios recorrieron los lugares donde se erigieron los imperios de Malí, Shongai o Bambara. La cifra, posiblemente, incluye a hombres de negocios, políticos y personal adscrito a la cooperación al desarrollo, porque, aún hoy, los ministerios de Asuntos Exteriores de numerosos países, incluido España, desaconsejan adentrarse en la última 'África auténtica', según el eslogan acuñado por las autoridades locales, una tierra de cultura milenaria acosada por problemas contemporáneos.