«Mi madre decía de mí: 'Este nos va a sacar de la pobreza'»

Alfonso Guerra, durante la entrevista. :: j. m. serrano/
Alfonso Guerra, durante la entrevista. :: j. m. serrano

No siente nostalgia del poder, confiesa sus dudas y matiza la imagen que proyecta:«La gente piensa que tengo una seguridad de la que carezco»

CÉSAR COCA

La primera huelga en la que participó fue en su colegio porque no les dieron un día de fiesta tras haber ganado un concurso radiofónico. Luego, la primera multa se la puso un municipal por besar a una chica en el parque de María Luisa. Y la primera ficha policial, en la que se le acusaba de filocomunista, la rellenó un crítico teatral a cuenta de una función de 'Eurídice' de Anouilh que él dirigía.

-¿Y, al margen de la ficha, qué escribió en el periódico?

-Me puso fatal.

Alfonso Guerra se ríe al recordarlo. El segundo político más poderoso de España en los años de la gran transformación del país (aunque no pocos sostienen que en el fondo era el primero) se define a sí mismo como «el último romántico que camina por esta tierra», asegura que su «convicción más firme es la duda» y cita a Machado: «En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad». Llueve en Sevilla y en el despacho de Plácido Fernández Viagas, presidente del organismo preautonómico de Andalucía -donde tiene lugar la entrevista-, se escucha levemente el rumor del agua mezclado con el de la multitud de turistas que se detienen ante la Giralda. Con ese fondo, este político ya retirado, famoso por su afilada dialéctica y su capacidad de maniobra entre bambalinas, va desgranando aspectos de su vida más allá del personaje público. Ese 'romántico' que puede parecer inverosímil a quien solo lo conoció en la tribuna del Congreso o en el calor de los mítines. Y, sin embargo, es cierto: hay otro Alfonso Guerra.

-Usted aparece en la famosa fotografía 'de la tortilla' con un grupo de jóvenes socialistas, en 1974. ¿Qué habría dicho si alguien le hubiese anunciado entonces que ocho años y medio después sería vicepresidente del Gobierno?

-Que quien me lo decía estaba loco. Fui a la política por la cerrazón de la dictadura, pero no era más que un joven provinciano a quien le interesaban el teatro y la poesía.

-Me gustaría empezar por el principio. Por la infancia de un niño que era el número 11 de una familia humilde de 13 hijos.

-Muy humilde. Mi padre había cuidado una piara de cerdos en su infancia, y aprendió a leer y escribir en el campo, con un 'catón'. Se vino desde Utrera y entró a trabajar de fundidor.

-Ese padre que les decía que los zapatos debían ir siempre muy limpios, aunque las suelas estuvieran desgastadas. Les inculcó normas de urbanidad.

-Teníamos un respeto excepcional por mi padre. Cuando murió, uno de mis hermanos, para entonces casado y con cinco hijos, me dijo: «Ahora me podré comprar unos zapatos de color». Era una persona muy cuidadosa de la urbanidad, que hoy se ha perdido.

-Ha comentado en ocasiones que en su infancia y adolescencia hizo numerosos trabajos para ganar dinero. ¿Cuáles?

-Con tanta gente, los medios eran escasos. Buscábamos chatarra y la vendíamos, atendí la cantina de un cine de verano y un quiosco de chucherías. Todos los veranos salía a trabajar. Con 19 años, pinté la Sorbona.

-¿Pintó la Sorbona?

-Literalmente: las rejas de la Sorbona.

«A quien más daño produce el rencor es a quien lo siente, no a quien se dirige»

«Estando en el Gobierno, llamaba a gente que me escribía. Algunos no creían que fuera yo»

«En la caja fuerte de mi despacho solo encontré un papel: las instrucciones»

-Machado escribió que su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla. ¿Cómo fue la suya?

-Muy divertida. En una familia con tantos alguien siempre daba el espectáculo. Al llegar la noche había que montar las camas por toda la casa, y por la mañana, desmontarlas. Todo era una fiesta. El 26 de julio, santa Ana, íbamos a Coria en tranvía para festejar el santo de mi madre. Cuando ya éramos mayores y se sumaban novias y novios, más alguna abuela y primos, llegamos a ser casi cuarenta. Comíamos en el campo. Mi padre hacía un arroz maravilloso.

-¿Cómo era de niño?

-Muy buen estudiante. Sacaba muchas veces 10, y cuando era un 9 me enfadaba. Fui el primero de los hermanos que no fue a trabajar a los diez años. Estaba muy bien considerado por los profesores y tenía un sentido de la responsabilidad excesivo para mi edad.

-¿Por qué?

-Por lo que oía en casa sobre mí. Mi madre decía: «Este nos va a sacar de la pobreza». Eso pesa mucho.

-¿Cómo fue su adolescencia en aquella Sevilla de los cincuenta?

-Mis primeros recuerdos son de una ciudad gris, mediatizada aún por la guerra. Luego tengo la imagen de los chicos que nos subíamos a la 'jardinera' del tranvía para dar vueltas y charlar con libertad. Y no olvido las películas que veíamos en el cine de verano, subidos a un árbol.

-Les salía barato.

-Eran programas dobles, así que aún más barato. Íbamos contando los besos de las películas.

-¿Ligaba mucho?

-¿Ligar? Era distinto a lo de ahora. Y muy difícil. Eso de conocer a una chica y en horas llevártela a la cama... era imposible. Lo más que conseguías era besarla en el cine.

Una librería en Sevilla

Cuenta cómo empezó a estudiar Ingeniería Técnica por otro ejercicio de responsabilidad y por satisfacer el deseo de su padre. «Él quería que fuera ingeniero, pero la carrera no existía en Sevilla y, por razones económicas, era imposible irme a Madrid». Al acabar, se matriculó en Filosofía. Mientras tanto, daba clases. Luego fue profesor en la Universidad Laboral y en la Escuela de Arquitectos Técnicos.

-Antes de eso había abierto una librería. ¿Cómo se le ocurrió?

-Mi padre nos inculcó la afición por la lectura. Nos leía 'Los miserables', 'Pablo y Virginia'... Ya de mayor vi que no tenía el dinero suficiente para comprar los libros que me interesaban. Y junto a un amigo decidí poner una librería.

-Así, para leer libros gratis.

-La idea era leerlos y venderlos después. Fuimos a un banco pidiendo un crédito y nos lo negaron. En la Caja Rural nos preguntaron si tenía alguna relación con la agricultura... «Con la agricultura, no; con la cultura», les dijimos. «Ah, bueno, con eso sirve». Nos dieron 50.000 pesetas y alquilamos el garaje de un Seat 600.

-Una librería pequeña.

-Sí. La abrimos en 1969, y luego cogimos el piso de encima y unimos las dos plantas con una escalera de caracol metálica que encontramos en las ruinas de una casa. Trabajé allí hasta 1976 y la librería, que luego ya fue solo mía aunque la atendía mi mujer, estuvo abierta hasta 2005.

-¿Qué hacían en el local?

-Montábamos espectáculos. Por allí pasaron la 'Nova cançó', Paco Ibáñez, música country... Organizábamos viajes a Faro para ver películas prohibidas aquí; también era el foco de las protestas estudiantiles. La gente se sentaba en los peldaños de la escalera de caracol y hablábamos de todo.

-Todo eso lo compaginaba con su actividad política, ya como militante clandestino del PSOE.

-Al principio lo llevábamos todo tres amigos, tres 'alfonsos': Fernández Torres, que era el presidente; su hijo Fernández Malo, tesorero; y yo, secretario general. Éramos el PSOE, la UGT y las Juventudes Socialistas (se ríe). Y no teníamos contacto con la dirección de Toulouse, hasta que fuimos a hablar con ellos y empezamos a trabajar de manera conjunta.

-Es también cuando conoce a Felipe González.

-Hicimos un buen dúo: él tenía un gran carisma aquí y yo conocía bien la organización.

-Al entrar en la política activa decidió que no sufriría con los golpes que llegaran. ¿Cómo se racionaliza algo así?

-Llegué a la conclusión de que el rencor a quien más daño produce es a quien lo siente, no a quien se dirige. Por eso decidí que no dejaría que la amargura se instalara en mi corazón ni que nadie me pusiera de rodillas. Y lo he llevado a rajatabla.

-Pero quería retirarse en 1977.

-Sí, porque yo veía aquello de una forma transitoria. Y luego quise dejarlo en 1982, pero Felipe insistió durante un mes y terminé por aceptar la vicepresidencia.

-¿Qué sintió la primera vez que entró en el Congreso?

-El presidente Hernández Gil nos llamó a los portavoces días antes de la sesión inaugural. Acababa de entrar y vi venir de frente a Fraga Iribarne, a quien en 1962 había organizado un boicot durante una conferencia. Al cruzarnos nos saludamos de forma un poco esquiva. Entonces, pensé: «Aquí vamos a poder hablar de todo».

Amistades y Gobierno

Habla con una cierta melancolía de sus relaciones con los políticos de aquellos años, de la amistad con Abril Martorell -«el día que murió me di cuenta de que era mi principal rival político y un gran amigo»- y con el recientemente fallecido Pérez Llorca. Y de Adolfo Suárez. «Durante su enfermedad, solo recibía visitas de tres personas. Es sabido que una era el Rey; yo era otra», explica. Recuerda entonces que cuando fue nombrado presidente del Gobierno, en julio de 1976, todos los periódicos criticaron en mayor o menor medida la elección. Paradójicamente, el editorial de 'El Socialista' decía que era una oportunidad para la democracia. «Lo escribí yo».

-En esos años, hizo algo insólito: puso de moda a Mahler.

-Mi relación con Mahler viene de mi época universitaria. Tenía entonces una hermana de 16 años con tuberculosis. Mi padre le compró una radio, y por la noche yo cogía el aparato y lo llevaba a la cocina. Allí estudiaba escuchando Radio Miramar de Lisboa y 'Café y concierto', de Radio Nacional. En la emisora portuguesa conocí a Mahler. Y en ese programa de Radio Nacional daban la oportunidad de pedir piezas y ellos te regalaban el disco.

-¿Se propuso popularizarlo o fue algo inesperado?

-Al principio no tenía ninguna intención de hacerlo. Luego sí la tuve. Incluso intercambié algunas cartas con aficionados.

-¿Contestaba las cartas?

-Siendo vicepresidente, dedicaba las mañanas de los sábados a contestar cartas y también hacía llamadas a gente que me había escrito. Muchas veces no se creían que era yo. «Buenos días, soy Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno». «Pues entonces yo soy el rey Juan Carlos», me contestó alguno.

-¿Qué sintió cuando se sentó en el despacho de vicepresidencia?

-El día de la victoria electoral salí al balcón con Felipe y le dije que no había que dejarse llevar por la euforia. Al llegar al despacho lo primero que hice fue poner una foto de mi hijo en la mesa y me convencí de que tenía que ser humano antes que político. Luego vi que allí no había ordenadores, ni archivos... En la caja fuerte había solo un papel: las instrucciones de la caja fuerte.

-¿Pudo mantener sus aficiones estando en el Gobierno?

-Mantuve muchas, porque las noches son largas y duermo poco. Eso me permitía leer.

-¿Y otras aficiones? Sabemos que le gustan el cine, los toros, la Semana Santa... pero no se le vio ni se le ve en esas actividades.

-Es que no me ponía, y sigo sin hacerlo, donde sacan las fotos.

-En la política actual lo tendría difícil. Todo se exhibe.

-La exhibición es prueba de poca convicción. Yo no he permitido que entren en mi intimidad.

-¿Cómo pasó de tener tanto poder a ser un diputado más y luego a estar fuera de la política?

-Siendo vicepresidente hacía una vida ordinaria. Seguía conduciendo mi coche para las cosas particulares, recogía a mi hijo en el colegio. Ahora no siento ese vacío que algunos dicen tener cuando nadie les llama. A mí me saludan más que antes en la calle. No tengo nostalgia del Gobierno ni del Parlamento. Quizá algo de melancolía.

-De usted se ha dicho que es afable en la distancia corta pero que sus subordinados lo temían.

-Suárez me decía que cuando subía a la tribuna del Congreso y me pasaba la mano por el pelo todos se echaban a temblar. Y otros creían que, si me quitaba un segundo las gafas cuando estaba en el despacho, era porque quería que se fueran las visitas. La gente piensa que tengo una seguridad de la que carezco. Era un cliché que me venía muy bien.

-Cuando le operaron en un pie le llamó la duquesa de Alba. ¿De dónde le venía una amistad así?

-Ella iba mucho al cine en Sevilla y solíamos coincidir. Luego, cuando se casó con Jesús Aguirre, a quien yo conocía, se acostumbró a ir a las presentaciones que hacíamos en mi librería.

-Ha dicho que solo tiene miedo de tener miedo. Cuesta creer que cuando le diagnosticaron un cáncer no pensara que podía morir.

-Tenía ya la sospecha de cuál iba a ser el diagnóstico. Cuando me lo dijeron no sentí nada. Retrasé la operación unos meses porque estábamos en plena campaña electoral. Cuarenta y ocho horas después de salir del hospital presidí una sesión de la Comisión Constitucional.

-Escribe poesía todos los días, ha dicho. ¿Cómo son sus poemas?

-Hago poesía intimista, mezclada con poesía de la experiencia. Soy lector de Machado, Hernández, Cernuda, Guillén, Aleixandre, Cavafis, Salinas, Hölderlin, Gil-Albert... Tengo la convicción de que un gran poeta debe escribir bien en prosa.

-«Mi corazón espera/ también hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera», escribió Machado. ¿Qué espera su corazón?

-A mi edad no tengo horizontes de vida, salvo para mis hijos y mi patria. Yo sé que a la izquierda no le gusta decir estas cosas, porque son bobos. Indalecio Prieto decía: «Amo la libertad y a mi patria». Lo que quiero es que mis hijos sean felices y mi país esté ordenado.

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