Lágrimas de sal

Lágrimas de sal

Los salineros de Hon Khoi asisten con tristeza al declive de una industria que ha alimentado a generaciones de vietnamitas. El cambio climático y la tiranía del mercado tienen la culpa

IRMA CUESTA

Antes del amanecer, como llevan haciendo durante generaciones, los salineros de Hon Khoi buscan su sitio entre las piscinas de agua de mar poco profundas soñando con que esta sea una cosecha mejor que la anterior. Hace siglos que las salinas de Hon Khoi, en la provincia sureña de Khanh Hoa, 45 kilómetros al norte de la ciudad de Nha Trang, constituyen la única forma de ganarse la vida para muchos vietnamitas. Son, en su mayoría, mujeres de mediana edad que dependen para sobrevivir tanto de esos campos blancos como de los dioses a los que rezan para que el clima cambiante y el mercado, aún más cruel en ocasiones, les den una tregua.

En las llanuras de Hon Khoi se recogen entre enero y julio, justo la época en que el sol golpea inmisericorde, 740.000 kilos de sal. La imagen de los trabajadores transportando montañas de cristales salinos en canastas de bambú entre estanques reflectantes es bella, inolvidable. Pero sólo para quien la capta. Y son cada vez más, porque las agencias de viajes recomiendan vivamente a sus clientes que visitan Vietnam darse una vuelta por allí al amanecer si quieren presenciar algo «verdaderamente auténtico». La escena es más o menos así: decenas de granjeros protegidos con sombreros cónicos y mascarillas, arrastrándose penosamente por los estrechos bordes que separan parcelas rectangulares que se llenan de agua de mar, de la que luego se extrae el mineral.

Los reporteros de AFP Manan Vatsyayana y Jenny Vaughan han ahondado en la postal. Y no parece tan sugerente. «Tenemos que trabajar mucho al sol y luego, durante la temporada fría, estamos a la intemperie», les contó Nguyen Thanh Lai, que vende su cosecha a comerciantes locales que luego se encargan de pasarla por la cadena de valor hasta hacerla llegar a las mesas o las fábricas que preservan el pescado, elaboran la salsa picante tan popular en todo el sudeste asiático o producen agua de soda.

Vivir sin esperanza

El duro trabajo en las granjas de sal le ha permitido a Lai ir sacando adelante a sus cinco hijos. Pero las cosas están cambiando. Mucho, y a un ritmo acelerado. Ya ni la demanda ni el precio que impone el mercado son previsibles. Y eso equivale a vivir en la incertidumbre. «En el pasado no hicimos pérdidas en la producción, ahora las hay», confesó a los periodistas un empleado de 60 años, pertrechado con dos sombreros para protegerse de los rayos abrasadores de la mañana. Es supervisor técnico de la planta, así que puede ganar alrededor de 323 euros al mes durante el tiempo que dura la cosecha, más del doble de lo que la mayoría de los trabajadores se llevan a casa. Pero sus honorarios, como los del resto de los granjeros, zigzaguean según la demanda, que a su vez fluctúa en función de las importaciones.

Vietnam, según los últimos datos oficiales del sector, produjo en 2015 cerca de un millón de toneladas de sal, muy por encima de la cantidad precisa para cubrir sus necesidades internas. El país, habituado a disponer de excedentes, vendía tradicionalmente a China e India. Hasta 2017. Ese año cuantificó un sobrante de 147.000 toneladas, pero, aún así, el Gobierno aprobó la importación de otras 500.000 destinadas a uso industrial, algo para lo que la sal local no siempre resulta adecuada.

Mientras la demanda para perderse en sus paradisiacas playas y visitar sus misteriosas ciudades no deja de crecer (Vietnam acusó en 2017 el desembarco de casi trece millones de turistas, cuatro veces más que hace una década), los agricultores luchan contra la adversidad de unos números a la baja. Los cambios en los patrones climáticos, aseguran los expertos, han trastocado una industria que depende de días soleados y secos si aspira a obtener una producción máxima. Y ahora llueve cuando menos se lo esperan, los ciclones se multiplican... Las cosas pintaban tan mal, que las autoridades del país presentaron hace un lustro un plan a quince años para reformar el sector y rescatar de la probreza creciente a los granjeros de la sal. Cinco años después, pocos en Hon Khoi han oído hablar de él.