Cuando Khruschev conoció a Marilyn

El líder soviético, a la izquierda, con su séquito, ante el monumento a Lincoln, en Washington. :: afp/
El líder soviético, a la izquierda, con su séquito, ante el monumento a Lincoln, en Washington. :: afp

El viaje del líder soviético a EE UU en 1959 fue un esperpento, que acabó con un monumental enfado porque no pudo ir a Disneylandia. El periodista Peter Carlson lo cuenta en un libro

CÉSAR COCA

El día más importante en la historia de la industria del cine fue el 19 de septiembre de 1959, pese a que en esa jornada no se rodó ninguna escena de una gran película, ni se estrenó uno de esos títulos grabados en letras de oro en la memoria de los cinéfilos. En esa jornada, todas las estrellas de Hollywood asistieron a un almuerzo organizado por la Twentieth Century Fox en honor del primer ministro de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, que estaba en mitad de una gira en la que recorrió de punta a punta la geografía del gran enemigo en aquellos años de la Guerra Fría.

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Durante su estancia de diez días en EE UU, Kruschev se autoproclamó amante de la paz, pero no escatimó bravatas. Todo eso quedó olvidado cuando al final de aquel almuerzo, al líder soviético le presentaron a la mujer que el séptimo arte había entronizado como la más sexy del planeta. «Es usted una jovencita muy pero que muy encantadora», le oyeron decir numerosos testigos. Luego, al regresar a casa, la actriz confesó a su asistenta que el político le había parecido un hombre feo y gritón, pero estaba segura de que ella le había gustado. «Apretó mi mano durante tanto tiempo y con tanta fuerza que llegué a pensar que quería rompérmela», añadió. Y en conclusión: «Me miró como un hombre mira a una mujer».

El viaje del primer ministro soviético fue presentado al mundo como un hito histórico, pero la realidad se aproximó más a un sainete. Lo cuenta con todo detalle Peter Carlson en 'Kruschev se cabrea' (Ed. Machado Libros), construido a partir del relato de los periódicos de la época, declaraciones de testigos -incluido el hijo de Kruschev-, memorias de quienes lo vivieron y documentos oficiales ya desclasificados. En realidad, Carlson habla de tres viajes, porque poco antes del que llevó por primera vez a un líder soviético a EE UU se había producido una visita del vicepresidente Nixon a la URSS y justo un año más tarde fue la intervención de Kruschev en la Asamblea General de la ONU que dejó como fruto la inolvidable imagen de este golpeando su mesa con un zapato.

«Es usted una jovencita muy pero que muy encantadora», dijo a la actriz

Para Nixon su viaje fue una pesadilla. Primero, porque debió preparar sus intervenciones como si fuera un escolar. Como le habían dicho que Kruschev utilizaba con frecuencia viejos refranes rusos para las réplicas, él memorizó centenares de dichos estadounidenses. Ya en la URSS, se dio cuenta demasiado tarde de que todo lo que su anfitrión decía tenía una intención propagandística, de manera que se vio arrastrado a una secuencia de eslóganes vacíos pero efectistas en la que fue derrotado por aplastamiento. Cuenta Carlson que ya en el Kremlin, a cuenta de esos refranes, Kruschev y Nixon se vieron enredados en una discusión acerca de si huelen peor los excrementos de caballo o de cerdo. Alta política.

El nivel del debate subió algo horas después, durante una visita a una feria que se celebraba en Moscú. Allí, mientras contemplaban los adelantos de la cocina de una típica familia de clase media estadounidense, Nixon se puso práctico y lamentó las ingentes sumas que ambos países gastaban en armamento. Con lo que cuesta un misil, dijo, podrían pagarse 150.000 televisores o zapatos para siete millones de niños. A lo que Kruschev respondió con sus propios cálculos: según sus expertos, todos sus objetivos en EE UU y las bases estadounidenses en Europa y Asia podían ser destruidos por 50 millones de rublos, apenas una décima parte del presupuesto anual de Defensa de los soviéticos. Un apocalipsis de ganga.

Durante su viaje a EE UU, Kruschev tenía preparado milimétricamente cada discurso. Horas antes de pisar suelo estadounidense, los rusos lanzaron un cohete a la Luna, humillando de esa manera a la superpotencia capitalista. Por supuesto, no fue casualidad. Washington jugó sus bazas propagandísticas centrándose en la libertad y la abundancia de bienes de consumo al alcance de todos los bolsillos. De ninguna de las dos cosas disfrutaron demasiado los miembros de la delegación soviética, a quienes solo entregaron 30 dólares por persona para sus gastos durante la estancia.

Kruschev se sometió a ruedas de prensa en las que mostró su gran capacidad para escapar de las preguntas más incómodas y torcer los argumentos hasta ponerlos a su favor. También prodigó los golpes de efecto. Ante la Asamblea de la ONU propuso un desarme completo de todos los países en cuatro años. Un sueño, si no fuera porque nadie, salvo la prensa de los países de la Europa oriental, creyó en su sinceridad.

Atrapado en un ascensor

Lo más extravagante del viaje sucedió fuera de las miradas del mundo. Cuando tenían que desplazarse de un lugar a otro, Kruschev exigía siempre que un alto cargo del Gobierno de EE UU fuera en el mismo avión o helicóptero, tal era su miedo a que lo asesinaran derribando el aparato. Sin embargo, cuando se canceló el viaje a Disneylandia por las dificultades para garantizar su seguridad, montó en cólera. Se lo comunicaron durante la comida con la gente del cine, y comenzó a gritar: «¿Qué pasa? ¿Es que hay una epidemia de cólera allí? ¿Es que los gánsteres se han hecho dueños de aquello?»

Dos días antes, había quedado encerrado en un ascensor en el Waldorf Astoria por un apagón de luz y había tenido que salir aupándose hasta el piso con la ayuda de un taburete. Casi nadie se enteró. En cambio, su paseo por un supermercado de las afueras de San Francisco -lo llevaron hasta allí para que viera con sus propios ojos la abundancia de la oferta alimenticia- derivó en algo parecido a una catástrofe cuando una multitud de compradores quiso acercarse a verlo y los policías trataron de impedirlo con poca sutileza.

Antes de regresar a Moscú, Kruschev regaló a los nietos de Eisenhower unas insignias con la estrella roja. «Tiene una personalidad enérgica y cautivadora», dijo el presidente cuando le preguntaron por la visita. «Es un adversario duro, astuto y preparado», sentenció 'Newsweek'. Fueron juicios más positivos que los que se hicieron en su propio país, donde fue relevado de su cargo por sus compañeros en 1964. Sus memorias se publicaron en EE UU en 1970. Los rusos debieron esperar veinte años hasta poder leerlas. En ellas hablaba de su almuerzo con la crema de Hollywood, en aquel día que Marilyn Monroe calificó como «el más importante en la historia de la industria del cine». El mismo día en que la actriz aguantó sin alterar el gesto aquel apretón que casi le rompe los huesos de la mano. Claro que, como ella misma dijo, «peor habría sido tener que besarlo».